EL CATOBLEPAS ALMIRON publicado en El Diario de Pereira Seccion LAS ARTES
EL CATOBLEPAS ALMIRÒN
Por: Oscar Seidel
Cuando el muchacho cocinó su dedo
del pie en un sartén, lo aderezó con cebolla y pimentón y comió su carne, se
sintió eufórico. Había sido el comienzo del auto canibalismo que le quedaría
gustando, y que tiempo después le haría digerir más partes de su cuerpo.
La obsesión de comerse a sí mismo empezó
desde el día que dejó de dormir. Sometido al matoneo en la escuela por ser
cabezón como un cerdo, hizo que el gordo Almirón encubara esa idea en el
cerebro. El profesor Julio Azar le decía que sus perniles estarían buenos para
un emparedado; el compañero flacuchento lo mortificaba con sus costillas
aduciendo que serían muy ricas tenerlas en un plato de fritanga, y no faltó la
sátira del bibliotecario Jorge Burgués que lo molestaba por sus obesos dedos de
la mano, aduciendo que servirían para un bife chorizo. La única arma que tenía
para repelerlos era fijando sus furiosos ojos en los de ellos, que los hacía
huir del lugar de manera fulminante.
El escarnio que sufrió el gordo Almirón
hizo que desistiera de ir a la escuela. Sus padres preocupados por el
comportamiento lo llevaron donde el psiquiatra Testaloca, quien después de un
largo diagnóstico informó que el paciente experimentaba insomnio y tenía
tendencias suicidas.
La obsesión del joven obeso no cambió.
Acudieron de nuevo donde el psiquiatra Testaloca, quien después de charlar con
el joven, concluyó que muchas veces hemos escuchado
acerca de los efectos nocivos de la falta de sueño y sin embargo no le ponemos atención.
Explicó el doctor Testaloca que una nueva consecuencia de este poco recomendado
hábito había sido divulgada en una revista científica recientemente, lo cual
determinaba que la privación de sueño estimulaba la actividad de los astrocitos, células que generalmente devoran las otras
consideradas como inútiles, lo que conllevaba a la destrucción de otras
conexiones en el cerebro.
Los padres quedaron
muy desconcertados con el diagnostico (no entendieron nada) y optaron por dejar
a la suerte la vida de su hijo; de todas maneras, al cerebro se lo iba a
devorar la falta de sueño, o el joven se iba a auto tragar por el complejo que
padecía. Fue entonces, cuando tomaron la decisión de acudir donde el
bibliotecario Jorge Burgués quien gozaba de buena fama de leído e instruido,
para que les recomendara que hacer con su rollizo hijo. El bibliotecario
presentó disculpas por haber bromeado con la obesidad del muchacho, y les
prometió que en una semana tendría la solución, después de consultar los libros
de historia.
Pasados los siete días, el bibliotecario informo a los padres que
lo único que había encontrado parecido a la enfermedad de su hijo era la
similitud con el Catoblepas. Dijo que el historiador romano Plinio “El Viejo”, había contado que en los confines
de Etiopía, no lejos de las fuentes del Nilo, habitaba el Catoblepas, fiera de
tamaño mediano y de andar perezoso. La cabeza era notablemente pesada y al
animal le daba mucho trabajo llevarla; siempre se inclinaba hacia la tierra. Si no fuera por esta
circunstancia, el Catoblepas habría acabado con el género humano, porque todo
hombre que le viera los ojos caería muerto. Con las mandíbulas entreabiertas
arrancaba con la lengua las hierbas venenosas humedecidas por su aliento. Una
vez, se devoró las patas sin advertirlo.
Los padres al oír la narración se
desmayaron, no pudieron soportar el karma de haber engendrado la reencarnación
del Catoblepas. Cuando despertaron, hicieron un pacto con el bibliotecario
Jorge Burgués para que nadie en el pueblo conociera la historia. Decidieron
enviar a su hijo a una finca cercana, en donde estuviese alejado de la gente
bajo el cuidado del tío ermitaño.
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