EL LICOR HACE BAILAR
EL LICOR HACE BAILAR
Por: Oscar Seidel
Ayer 28 de Diciembre, estuvimos compartiendo unos tragos con cuatro amigos muy queridos, con quienes cumplíamos el ritual de celebrar el Día de los Inocentes, desde hace cinco años atrás.
Nos citamos en la taberna de Mejía, un paisa simpático que ya conocía nuestros gustos etílicos, y por ende nos complacía con la música que le solicitábamos durante nuestra permanencia en dicho lugar.
En cierto momento, Mejía me llamó a la barra. Pensé que iba a cobrar un vale atrasado que le debía de la última francachela, pero mi sorpresa fue otra. Dijo que él había observado desde algún tiempo, que yo era el único de los cinco amigos a quien el licor no me ponía a bailar, sino más bien que me soltaba la lengua.
Expresó Mejía que prestara atención a la música que hacía sonar, y a las reacciones de mis amigos por salir a danzar con las mujeres que estaban en las otras mesas. Trató de convencerme con su teoría que«según el alcohol que se tome, la música y el baile se dan en igual proporción».
—Ponle atención al pastuso Chamorro, quien es el que más baila, ya que ingiere aguardiente Galeras de 36 grados de alcohol, y por ósmosis, la música que más se pone es la salsa, dijo el tabernero.
—Acuérdese amigo de la teoría del reflejo condicionado del fisiólogo ruso Iván Pàvlov, quien comprobó que los perros salivaban automáticamente con el sonido de una campana, ya que antes los habían estimulado mostrándole comida, y al mismo tiempo haciendo sonar el instrumento. Por eso sus amigos salivan más tragos con el sonido de la música, me reiteró el tabernero,
Volvió Mejía a corroborar su idea, llevándome al otro extremo de la situación etílica de mis cuatro amigos. Me dijo que observara al caleño Caicedo, quien degustaba pausadamente cerveza mexicana Corona de 4.5 grados de alcohol.
—Si ves, que aquí es muy raro que suene una ranchera cuando está la clientela en todo su furor. Solo la pongo de madrugada, cuando se van los últimos borrachos. Es en aquel momento cuando Caicedo se atraganta cataratas de cerveza, afirmó Mejía.
Ya me estaba convenciendo la teoría de Mejía que el licor hace bailar más, cuando observé al guajiro Daza que solía beber Whisky Johnny Walker Black Label de 40 grados de alcohol, y más conocido como Sello Negro. Pensé en ese momento en la música del vallenato, y analicé que cuando de las otras mesas solicitaban canciones de Diomedes Díaz, era cuando Daza más bebía, y se acababa rápidamente la botella.
Finalmente, vi al tumaqueño Rodríguez, y su metamorfosis cuando ingería ron Habana Club de 45 grados de alcohol. No había para él mejor música que la antillana. En la taberna, la charanga era lo más bailable, y como consecuencia, lo que más se consumía era el ron.
Dada mi tardanza en la barra, mis amigos cayeron en cuenta que yo no los estaba acompañando en la mesa, y urgieron mi presencia. Cuando me acerqué a ellos, estaban en la discusión bizantina de cuál de los cuatro era el que más chupaba y bailaba. Estuve a punto de explicarles la teoría de Mejía, pero estaban muy borrachos.
En el primer momento que tuve, escapé de la taberna sin despedirme. Iba caminando a coger un taxi cuando escuché que me llamaban. Por un momento, creí que era el paisa Mejía que me hacía señas para que pagara mi vale, pero no era él... Cuando se acercó, me di cuenta que era Johnny Walker con su sombrero de copa y bastón, quien se había bajado del sello de la botella de Whisky porque no aguantaba más esa discusión. Me dijo que desde 1865 cuando mezcló la primera botella en Kilmanock, Escocia, había tolerado hasta las borracheras de Wiston Churchill, y otros personajes, y que ahora no soportaba la del corroncho Daza.
Enseguida, expresó que nos fuéramos rápido en el taxi, porque el volcán Galeras que estaba impreso en el sello del aguardiente de Nariño también estaba furioso, y que ya iba a estallar de la rabia que tenía por ver "chumado" al pastuso Chamorro.
Por: Oscar Seidel
Ayer 28 de Diciembre, estuvimos compartiendo unos tragos con cuatro amigos muy queridos, con quienes cumplíamos el ritual de celebrar el Día de los Inocentes, desde hace cinco años atrás.
Nos citamos en la taberna de Mejía, un paisa simpático que ya conocía nuestros gustos etílicos, y por ende nos complacía con la música que le solicitábamos durante nuestra permanencia en dicho lugar.
En cierto momento, Mejía me llamó a la barra. Pensé que iba a cobrar un vale atrasado que le debía de la última francachela, pero mi sorpresa fue otra. Dijo que él había observado desde algún tiempo, que yo era el único de los cinco amigos a quien el licor no me ponía a bailar, sino más bien que me soltaba la lengua.
Expresó Mejía que prestara atención a la música que hacía sonar, y a las reacciones de mis amigos por salir a danzar con las mujeres que estaban en las otras mesas. Trató de convencerme con su teoría que«según el alcohol que se tome, la música y el baile se dan en igual proporción».
—Ponle atención al pastuso Chamorro, quien es el que más baila, ya que ingiere aguardiente Galeras de 36 grados de alcohol, y por ósmosis, la música que más se pone es la salsa, dijo el tabernero.
—Acuérdese amigo de la teoría del reflejo condicionado del fisiólogo ruso Iván Pàvlov, quien comprobó que los perros salivaban automáticamente con el sonido de una campana, ya que antes los habían estimulado mostrándole comida, y al mismo tiempo haciendo sonar el instrumento. Por eso sus amigos salivan más tragos con el sonido de la música, me reiteró el tabernero,
Volvió Mejía a corroborar su idea, llevándome al otro extremo de la situación etílica de mis cuatro amigos. Me dijo que observara al caleño Caicedo, quien degustaba pausadamente cerveza mexicana Corona de 4.5 grados de alcohol.
—Si ves, que aquí es muy raro que suene una ranchera cuando está la clientela en todo su furor. Solo la pongo de madrugada, cuando se van los últimos borrachos. Es en aquel momento cuando Caicedo se atraganta cataratas de cerveza, afirmó Mejía.
Ya me estaba convenciendo la teoría de Mejía que el licor hace bailar más, cuando observé al guajiro Daza que solía beber Whisky Johnny Walker Black Label de 40 grados de alcohol, y más conocido como Sello Negro. Pensé en ese momento en la música del vallenato, y analicé que cuando de las otras mesas solicitaban canciones de Diomedes Díaz, era cuando Daza más bebía, y se acababa rápidamente la botella.
Finalmente, vi al tumaqueño Rodríguez, y su metamorfosis cuando ingería ron Habana Club de 45 grados de alcohol. No había para él mejor música que la antillana. En la taberna, la charanga era lo más bailable, y como consecuencia, lo que más se consumía era el ron.
Dada mi tardanza en la barra, mis amigos cayeron en cuenta que yo no los estaba acompañando en la mesa, y urgieron mi presencia. Cuando me acerqué a ellos, estaban en la discusión bizantina de cuál de los cuatro era el que más chupaba y bailaba. Estuve a punto de explicarles la teoría de Mejía, pero estaban muy borrachos.
En el primer momento que tuve, escapé de la taberna sin despedirme. Iba caminando a coger un taxi cuando escuché que me llamaban. Por un momento, creí que era el paisa Mejía que me hacía señas para que pagara mi vale, pero no era él... Cuando se acercó, me di cuenta que era Johnny Walker con su sombrero de copa y bastón, quien se había bajado del sello de la botella de Whisky porque no aguantaba más esa discusión. Me dijo que desde 1865 cuando mezcló la primera botella en Kilmanock, Escocia, había tolerado hasta las borracheras de Wiston Churchill, y otros personajes, y que ahora no soportaba la del corroncho Daza.
Enseguida, expresó que nos fuéramos rápido en el taxi, porque el volcán Galeras que estaba impreso en el sello del aguardiente de Nariño también estaba furioso, y que ya iba a estallar de la rabia que tenía por ver "chumado" al pastuso Chamorro.

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