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El olor nauseabundo de Puerto Perla,sinopsis del escritor Jose Miguel Alzate publicado en el periòdico El Tiempo

El olor nauseabundo de Puerto Perla,sinopsis del escritor Jose Miguel Alzate publicado en el periòdico El Tiempo

Escrito por oscarseidel 06-03-2019 en CUENTOS Y RELATOS. Comentarios (0)

El olor nauseabundo de Puerto Perla

28 de febrero de 2019
POR JOSÉ MIGUEL ALZATE
El epígrafe es tomado de la novela “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Sintetiza el final de un pueblo donde el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo que invade todas las calles, que nadie sabe de dónde viene y que obliga al Gobierno Nacional a buscar la manera de contrarrestarlo. El dialogo de Rulfo que sirve de epígrafe al libro “El dulce olor de Puerto Perla”, escrito por Oscar Seidel, profesor de la Universidad del Valle, predice el final que en la novela tiene el pueblo. Un hombre pregunta por qué Comala se ve tan solo, como si hubiera sido abandonado. La respuesta que recibe es: “Así es. Aquí no vive nadie”. Desde ese mismo momento el lector identifica un pueblo que, por los asesinatos y los malos olores, es abandonado por sus habitantes.
Oscar Seidel necesitó noventa páginas para contar una historia intensa. Su prologuista, el escritor Fabio Martínez, advierte que “El dulce olor de Puerto Perla” es una novela minimalista porque su autor parte de un microcosmos para narrar esa hedentina que se riega por todo el pueblo. Con esto quiere decirle al lector que no obstante la novela no abarcar un universo amplio, muestra en pocas páginas cómo un pueblo del pacífico colombiano se resiste a convivir con un olor que impregna todo el ambiente. La narración se inicia con el llamado que le hace Jazmín, una vecina del barrio Las Flores, al personero municipal, para que trate de hacer algo en bien de la comunidad. “Hay un olor en Puerto Perla que nos tiene desesperados”, le dice cuando lo alcanza en la calle antes de llegar a su despacho.
Memo, Fausto y Manolo son tres ancianos que, por su lengua mordaz, en Puerto Perla todos les temen. Jubilados, con más de ochenta años cada uno, se reúnen en el parque para hablar sobre lo que pasa en el pueblo, y para recordar su historia. En los primeros capítulos indagan de dónde viene ese olor que transformó el medio ambiente, que según ellos provocó cambios en los estados de ánimo de las personas, ocasionó malestares estomacales en los niños y disminuyó el deseo sexual de los hombres. Manolo dice que en el pueblo la gente se acostumbró a convivir con los malos olores. Fausto, por su parte, reconoce que ahí siempre se ha vivido en emergencia sanitaria. Mientras tanto, Memo le echa la culpa de la hedentina a los productos químicos que en el terminal marítimo bajan de los barcos.
¿De dónde viene ese olor que invade las calles de Puerto Perla? El alcalde dijo en una reunión que podía ser algo arrastrado por un aguacero que había caído esa semana. El jefe de sanidad piensa que pudo haber sido ocasionado por una marea alta que se metió a las casas construidas a la orilla del rio. Los ancianos del parque dicen que pudo traerlo La Ñoca, una mujer que nunca se bañó, duró diez años sin cepillarse los dientes, y se caracterizaba por sus malos olores. La mujer había desaparecido desde hacía varios años. Pero ese hedor insistente le hace pensar a la gente que ha reaparecido. Fue una mujer a quien una infección le deformó la nariz. Dormía en una banca de la plaza. Debido a los olores que expedía una tarde se la llevó el carro de la basura. Desde ese día nadie volvió a saber de ella.
Para estructurar la historia Oscar Seidel recurre a la oralidad, construyendo el relato a través de diálogos donde los ancianos cuentan cómo fueron esos hedores que por temporadas se despertaron en el pueblo. En una conversación, el Jefe de Sanidad le recuerda al alcalde cómo combatieron la peste del mal olor de las axilas que en un tiempo vivió la población. Le recomienda entonces a una mujer, según él, doctorada en aromaterapia, para que les brinde una “asesoría odorífica”. La dama sacaba la hedentina fumigando las casas “con la quema de una mezcla de enebro, tomillo, bálsamo y ámbar”. Contratada por veinticinco millones de pesos, organizó hogueras que fueron encendidas en puntos estratégicos. El olor nauseabundo no se fue. Pero el alcalde se echó al bolsillo el diez por ciento del contrato.
El mal olor que se mete por las narices de los pobladores de Puerto Perla debe interpretarse en la novela como una metáfora de su realidad. El narrador que esporádicamente aparece en el texto cuenta que, en las noches, las ánimas deambulan por sus calles. Según lo narra Oscar Seidel en una prosa que no obstante la economía narrativa retrata con pincelazos afortunados su ambiente, el último agente viajero en visitar a Puerto Perla se vuelve loco “por el silencio que reina en el lugar”. El hedor que obliga a la gente a abandonar el pueblo lo produce también la corrupción. El alcalde se enriquece adjudicando contratos a sus amigos sin el lleno de los requisitos legales. Y un fiscal recibe seiscientos millones de pesos para fallar un proceso a favor de un narcotraficante.
Puerto Perla es un pueblo a orillas del mar pacífico, reconstruido después de un incendió, que sobrevivió a la amenaza de un tsunami, pero no pudo sobrevivir al mal olor. Esa población puede ser Tumaco, el pueblo donde nació el autor del libro, que se formó al vaivén de las olas, sin que nadie lo descubriera ni lo fundara. De pueblo humilde pasa a convertirse en población próspera. Todo debido al auge que toma el cultivo de hoja de coca. Con el crecimiento vive la desgracia. Atraídos por esa bonanza llegan los actores armados. Paramilitares, guerrilla y delincuencia común lo convierten en un escenario de muerte. Chango, un muchacho que jugaba billar, se enrola con la guerrilla, y se convierte en jefe del frente que produce cocaína. El gobierno desplaza mil hombres para darle captura, pero no lo atrapan.
“El dulce olor de Puerto Perla” es una novela que narra la desesperación de los habitantes por el mal olor. El único que no siente esos hedores es el Raja-muertos, un hombre que tenía anestesiado el olfato de tanto convivir con los muertos. Durante varios años fue el encargado de realizar las autopsias a las víctimas de la violencia, que enterraba en su propio cementerio, acondicionado en un lote del municipio del cual se apropió. Seidel dice que hasta el Papa se quejó de la hedentina cuando visitó a Puerto Perla. “Estoy muy extrañado con el olor del pueblo”, dijo. Olor que también los ancianos chismosos le adjudican a Merejo, un personaje que un día se encontró una guaca. Tenía en la pierna una llaga purulenta que emanaba un mal olor. Había sido enterrado esa semana en el cementerio del Raja-muertos.



“El personaje 10 del día”

Escrito por oscarseidel 27-03-2019 en CUENTOS Y RELATOS. Comentarios (0)

Escritor Tumaqueño, Óscar Seidel Morales, es “El personaje 10 del día”

CULTURASPor Página10 En Mar 22, 2019  367
Óscar Seidel Morales nació en 1952 en Tumaco-Nariño. Es Ingeniero Industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira (1977), especialista en Finanzas de la Universidad EAFIT (1980). Fue colaborador de los periódicos: El País y Occidente de Cali, El Puerto, La Batalla, y El Chimbilaco de Buenaventura. Igualmente, ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, en donde le han publicado cuentos y relatos, y de La Tarde y el Diario del Otún sección Las Artes de Pereira.
Seidel es autor de los libros: En el mar de sus recuerdos, Max Seidel El Pedagogo Alemán, y El dulce olor de Puerto Perla. Coautor de los libros: Que todo el mundo te cante, “100 palabras” del taller Palabra Mayor de Cali.
Durante su actividad estudiantil, Óscar Seidel, recibió la Medalla a la Excelencia al mejor alumno del Liceo Nacional Max Seidel de Tumaco en 1968. En su vida profesional fue condecorado como el Mejor Ejecutivo del Año (Cámara Junior de Colombia de Buenaventura, 1986).
Por: Jorge Luis Congacha Yunda
Los personajes 10 del día son ciudadanas y ciudadanos que trabajan por un mejor Nariño, desde diferentes sectores de la sociedad. Con esto se quiere reconocer su esfuerzo, compromiso, dedicación y sentido de pertenencia con la región.

PAROLA HIDRAULICA

Escrito por oscarseidel 26-03-2019 en CUENTOS Y RELATOS. Comentarios (0)
PAROLA HIDRAULICA
Por: Oscar Seidel
El puerto fluvial de Barbacoas tuvo fuerte afluencia de inmigrantes europeos en el siglo XIX; quienes atraídos por la riqueza aurífera del río Telembì, llegaron a forjar un patrimonio económico, sólido como el oro de 24 quilates que extraían de sus minas. Se destacaron las familias italianas Andreotti, Escruceri, Manosalva, Valente, Mancini y Cosanostra. Estos empresarios del precioso metal hacían sus exportaciones de lingotes por el puerto de Tumaco. Con el correr del tiempo, entablaron buenas relaciones con las familias Marqués y Benito, cuyos antepasados habían nacido en Barbacoas, y quienes debido al auge comercial que tenía el puerto marítimo decidieron trasladarse de la selva al mar. Fue así como se dio la segunda ola inmigratoria de los italianos, quienes lograron abrir casas comerciales de fuertes nexos con Europa.
Pero no todos los ascendientes de italianos quisieron dedicarse al comercio, y más bien, algunos jóvenes sugirieron a sus padres que los enviasen a estudiar al país de sus abuelos. Uno de estos jóvenes fue Giacomo Manosalva, quien se decidió por los estudios de medicina en la Universidad de Palermo, y viajó hasta ese puerto del mediterráneo en el buque alemán «Durazzo», que cada tres meses viajaba de Tumaco hacia Europa.
En el año 1912, se propagó en Tumaco la malaria, enfermedad tropical que casi diezma la población nativa, ya que no existían médicos ni antibióticos en el pueblo, y el incipiente hospital no daba abasto para atender la epidemia. Aprovechando que Giacomo Manosalva ya había terminado sus estudios de medicina, debieron comunicarse con él a través del famoso telégrafo Marconi, para que regresara de urgencia al puerto y ayudara con sus conocimientos a disminuir el flagelo.
Cierto día, estando en su consultorio el doctor Manosalva tuvo la visita de su prima Gina Cosanostra, quien manifestó que su problema no era la malaria, sino la disfunción eréctil de su marido, el boyacense Parmenio Siachoque, personaje del altiplano que había llegado al puerto como Auditor de la Aduana Nacional. Confesó Gina Cosanostra que su marido echaba la culpa de su caída sexual al fuerte calor, y al abundante espagueti que comían todos los días. No demoró mucho la consulta, puesto que el médico recetó a la prima que suministrara al marido todos los días un vaso de agua antes de acostarse, y eso sería santo remedio de La Madonna, puesto que «la preciosura» se pondría como un riel del ferrocarril de Nariño. Terminó recomendando mucho juicio, y que al día siguiente le informara el resultado del tratamiento.
Amaneció. Muchos estaban esperando que hubiese noticias positivas, dado que el pueblo entero estaba enterado de la receta formulada. A eso de las nueve de la mañana, y en vista de que Gina Cosanostra no se presentó al consultorio del médico Manosalva, éste decidió ir hasta su casa. Cuando arribó al domicilio, encontró al par de esposos trasnochados y compungidos. No tardó el médico en preguntar qué había pasado. Gina Cosanostra narró que la noche anterior, trató de asegurar una buena faena conyugal, y dio de beber a Parmenio una jarra completa de agua, y no el vaso de agua formulado. Como consecuencia, él no había tenido erección alguna, por estar orinando en el baño hasta el amanecer.
La noticia se propagó muy rápido. Los tres personajes fueron la burla de toda la comunidad, y sus enemigos ingleses los Pratt llenaron de panfletos el puerto con el cuento que acababan de inventar «La Parola Hidráulica».Para evitar el escarnio público, las dos familias decidieron irse a vivir a Italia. En la primera oportunidad que se presentó, emprendieron la tercera ola inmigratoria italiana en el buque alemán «Cerigo», que por esos días estaba anclado en la bahia.
La imagen puede contener: bebida

LA ÚLTIMA SERENATA

Escrito por oscarseidel 11-03-2019 en Cuento. Comentarios (0)
LA ÚLTIMA SERENATA
Por: Oscar Seidel
La noche de aquel verano tan intenso, Jacob Lema se levantó de una manera intempestiva. Escuchó afuera de su casa el ruido personas que se marchaban de manera sigilosa. Abrió las ventanas y la puerta de acceso a la calle, tosió de forma estruendosa, y regresó a dormir a su calurosa habitación. Fue en esa ocasión, que Memín García enamorado platónico de la hermosa Rosalba Lema, le llevó la primera serenata.
Aquella anoche con 35 grados de temperatura, Memín y su trío musical no pudieron terminar la tanda de cinco boleros, porque Jacob se mostró de manera inesperada, pareció dar unos alaridos, y los músicos tuvieron que huir del lugar, como si hubiesen visto al demonio mismo.
A la semana siguiente,Rosalba no había dado señal alguna. Entonces,Memín programó una segunda serenata. Esta vez tomó sus precauciones, y confabulado con el vigilante del barrio, colocó candados a todos los accesos externos a la casa de su amada, con el fin de evitar la aparición fantasmagórica de su padre, y lograr dar completa su serenata furtiva. Fue así como pudieron cumplir con el objetivo, y en medio de carcajadas se fueron al bar más cercano a celebrar la pilatuna que le acababan de hacer a Jacob. No se imaginó jamás Memín que esa sería su última serenata, dado que a muy temprana hora, Jacob y su hija viajaron en el primer avión que volaba a la capital.
Demoró Jacob seis meses en regresar al pueblo, y Rosalba se quedó estudiando en un colegio de monjas de la ciudad.
Muchos años después, el destino hizo que Memín y Rosalba se encontraran en una reunión social en la capital. Ambos ya estaban casados, y no habían vuelto a ver ni a conversar. Tan pronto Memín la observó, se le acercó, aprovechando que el esposo de Rosalba estaba alejado con un grupo de amigos. Ella de manera inmediata le reprochó por su proceder con los candados. Él contestó que le tenía demasiado temor a la presencia de su padre Jacob, y que el deseo vehemente era darle la serenata. Rosalba sonrió, y le manifestó que el problema con Memín fue siempre la falta de comunicación,dado que él nunca manifestó su amor, y que si hubiese sabido del propósito de la serenata, le habría advertido que su padre Jacob por esos días estaba enfermo con una tos severa, producto del calor y el polvo que se dio en aquel verano. Le dijo además que el médico le había recomendado abrir las ventanas y la puerta de la casa, tan pronto apareciera el ataque de tos en las horas de la noche. Enseguida, trató de terminar la conversación porque ya se aproximaba su esposo, y le manifestó que la última noche de la serenata, su padre se levantó de la cama por la tos que se le alborotó, y que se enfermó más al encontrar cerradas las ventanas y la puerta, por lo que el médico recomendó irse de manera inmediata del pueblo, puesto que lo que tenía era asma.
Memín no soportó más la situación, y sin despedirse de los asistentes, se marchó a su casa en compañía de la esposa. Al llegar, abrió una botella de vino, encendió el
equipo de música y puso el bolero “Amar y Vivir” cantado por Antonio Machín. Sorbió la copa de vino y balbució……..
“Por qué no han de saber que te amo vida mía… No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue”.
En ese momento, recordó Memín que aquel bolero era el último de los cinco que iban a cantar, cuando tuvieron que interrumpir la primera serenata, y que lo más conveniente era ir a dormir para olvidar el pasado con Rosalba..
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Comentario de la novela "El dulce olor de Puerto Perla" de Oscar Seidel

Escrito por oscarseidel 06-03-2019 en CUENTOS Y RELATOS. Comentarios (0)
Novela "El dulce olor de Puerto Perla"
Por: Oscar Hernán Correa Victoria *
Alguien dijo: "Leer un buen libro es la manera más fecunda de perder el tiempo". Y pienso que es verdad, pues el tiempo se va y no lo recuperaremos nunca. Y qué gratificante es decir que se leyó una buena obra durante aquel tiempo.
Me sucedió con la novela que acabo de disfrutar: "El dulce olor de Puerto Perla, del escritor tumaqueño Óscar Seidel.
La novela rompe con la linealidad tradicional de las obras literarias. Sin embargo, en cada capítulo logra encadenar la denuncia que le es pertinente, pero no a manera de panfleto, sino a través de una gran fuerza estética. Y la denuncia de la pandemia del mal olor la hace una mujer valiente: Jazmín.
Igualmente, la novela es tertulia agradable de tres personas mayores que, sentados en la banca del parque, relatan las desgracias que condenaron al Puerto: "La venganza de 'Merejo', o "La peste del mal olor". También, los octogenarios: Memo, Fausto y Manolo, van entrelazando historias sobre narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, catástrofes naturales y corrupción. Las historias no dejan por fuera a 'Ñoca, la loca'; tampoco a 'Magín'; personajes peculiares que existieron en el Puerto y que todavía deambulan por ahí (similares a los fantasmas de Comala).
Una delicia es leer cuando las novelas están bien escritas. Como dijo Óscar Wilde: "Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos".
*Escritor colombiano
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