LA ULTIMA SERENATA. Por Oscar Seidel


La última serenata
Por: Oscar Seidel 
                                        
Una noche de aquel verano tan intenso Jacob Lema se levantó de una manera intempestiva. Escuchó afuera de su casa el ruido de unas personas que se marchaban de manera sigilosa. Abrió las ventanas y la puerta de acceso a la calle; tosió de forma estruendosa, y regresó a dormir a su calurosa habitación. Fue esa ocasión que Memín García, enamorado platónico de la hermosa Rosalba Lema, le llevó la primera serenata. Aquella anoche con 39 grados de temperatura, Memín y su trío musical no pudieron terminar la tanda de cinco boleros, porque Jacob apareció de manera inesperada, pareció dar unos alaridos, y los músicos tuvieron que huir del lugar como si hubiesen visto al demonio mismo.
  
A la semana siguiente, y en vista que Rosalba no había dado señal alguna, Memín programó una segunda serenata. Esta vez tomó sus precauciones, y confabulado con el vigilante del barrio colocó candados a todos los accesos a la casa de su amada, con el fin de evitar la aparición fantasmagórica de su padre, y lograr dar completa su serenata furtiva. Fue así como pudieron cumplir con su objetivo, y en medio de carcajadas se fueron al bar más cercano a celebrar la pilatuna que le acababan de hacer a Jacob. No se imaginó jamás Memín que esa sería su última serenata, dado que, a muy temprana hora, Jacob y su hija viajaron en el primer avión que volaba a la capital. Demoró Jacob seis meses en regresar al pueblo, y Rosalba se quedó estudiando en un colegio de monjas de la ciudad.
  
Muchos años después el destino hizo que Memín y Rosalba se encontraran en una reunión social en la capital. Ambos ya estaban casados, y no habían vuelto a verse ni a conversar. Tan pronto Memín la observó, se le acercó aprovechando que el esposo de Rosalba estaba alejado con un grupo de amigos. Ella de manera inmediata le reprochó por su proceder con los candados. Él contestó que le tenía demasiado temor a la presencia de su padre Jacob, y que el deseo vehemente era darle la serenata. Rosalba sonrió y le manifestó que el problema con Memín fue siempre de comunicación, dado que él nunca le manifestó su amor, y que, si hubiese sabido del propósito de la serenata, le habría contado que su padre Jacob por esos días estaba enfermo con una tos severa producto del calor y el polvo que se dio en aquel verano. Le dijo además que el médico le había recomendado abrir las ventanas y la puerta de la casa, apenas apareciera el ataque de tos en las horas de la noche. Y trató de terminar la conversación porque ya se aproximaba su esposo manifestándole que la última noche de la serenata, su padre se levantó de la cama por la tos y que al encontrar cerradas las ventanas y la puerta se enfermó más, por lo que el médico recomendó irse unos meses del pueblo puesto que lo que tenía era Asma.

Memín no soportó más la situación, y sin despedirse de los asistentes se marchó a su casa en compañía de la esposa. Al llegar a la casa abrió una botella de vino, encendió el equipo de música y puso el bolero “Amar y Vivir” cantado por Antonio Machín. Sorbió la copa de vino y balbució “Por qué no han de saber que te amo vida mía… No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue”. En aquel momento recordó Memín, que ese bolero era el último de los cinco que iban a cantar cuando tuvieron que interrumpir la primera serenata, y que lo más conveniente era ir a dormir para no despertar más los recuerdos.

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