LOS BUQUES FANTÀSTICOS
Los Buques Fantàsticos
Los Buques Fantásticos
En el Pacifico Sur de Colombia hubo tres buques fantásticos: El Maravelì; El Milparches, y el Buque de la Felicidad. Cada uno tuvo connotación diferente, y todos ellos pasaron a hacer leyenda en el imaginario popular.
El Maravelì navegaba desde la Isla de la Gorgona tripulado por demonios, y su carga eran las almas de los difuntos que habían hecho pacto con el diablo. Cada noche arrimaba a las poblaciones costeras de Cauca y Nariño, y a las doce de la noche citaba a las personas vivas que adoraban a Lucifer, para que reservaran su cupo en el próximo viaje a la eternidad. Dicen los lugareños que lograron desaparecer para siempre al Maravelì, enfocándolo con luz fija sobre su proa.
El Milparches en sus inicios fue buque carguero que transportaba madera entre Salahonda y Tumaco. Después el armador naval Alfred Le Piyuyè lo convirtió en barco pesquero de ambulù. Dado que su casco era de hierro, con el correr del tiempo y la dura faena de pesca a que era sometido, su estructura se fuè deteriorando. Inicialmente le resanaban con cemento los orificios ocasionados por la sal marina, y después trataron de arreglar los forámenes con láminas de zinc. Èsto conllevó a que el Milparches se volviera más lento, y como consecuencia la producción pesquera se vino abajo. Una madrugada cuando los marinos iban a abordar el barco, para su asombro lo encontràron hundido por La Escalera de Piedra en Tumaco. Él mismo no soportó el peso y la ignominia a que estaba expuesto, y se fuè al fondo del mar con dignidad.
Por la década de los setenta existió un Buque que nunca navegó, sino que siempre estuvo anclado en el espíritu de un grupo de amigos en el puerto de Buenaventura. El capitán Albert Fortich fue un ser fantástico que logro reunir a sus amigos de farra, para que alcanzaran el norte de la felicidad a través de la fantasía de conformar una tripulación, que se divirtiera en el cabaret El Jardín de las Estrellas.
Cada mes el Buque se acoderaba en la pista de baile para disfrutar del goce pagano, y todos los fines de año celebraban un baile de gala, en el que la tripulación vestía de smoking, y las chicas del cabaret lucían trajes de fantasía confeccionados en las mejores casas de moda en Cali. Ese día realizaban el ascenso en el mando del Buque, y obviamente lo obtenían quienes más habían asistido a las bacanales durante el año que terminaba.
Todo iba muy bien hasta que apareció Luchìn, un presentador gay que lo habían contratado en Pereira. Desde el primer momento obligó a las chicas a dejar la confianza con la tripulación del Buque, ya que debían atender con prelación a los marineros extranjeros, quienes pagaban sus servicios en moneda más fuerte.
Cierta noche asistió un grupo de marinos noruegos, quienes después de navegar un mes de seguido estaban ansiosos de obtener los favores sexuales de las chicas del cabaret. Inmediatamente Luchìn los observó, estuvo presto a saludar por altavoz al capitán Henry Jacobsen y su lujosa comitiva, y centró el espectáculo multicolor hacia ellos. Ese fuè el detonante de la pelea más feròz que jamás se había dado en el Jardín de las Estrellas, puesto que por celos los tripulantes del Buque se agarraron a puños con los noruegos. Tuvo que llegar la infantería de marina para apaciguar los ánimos, y les obligaron firmar un documento a la tripulación del Buque de la Felicidad, en el que se comprometían jamás volver al sitio de sus placeres.
Todos obedecieron la orden, salvo el capitán Albert Fortich, a quien por ser viudo le aceptaron vivir eternamente en aquel lugar. Todas las noches cuando se encienden las luces del cabaret, en una mesa alejada se ve el fantasma de un capitán envuelto en el mar de sus recuerdos.
Oscar Seidel Cali Febrero 18 del 2016

En el Pacifico Sur de Colombia hubo tres buques fantásticos: El Maravelì; El Milparches, y el Buque de la Felicidad. Cada uno tuvo connotación diferente, y todos ellos pasaron a hacer leyenda en el imaginario popular.
El Maravelì navegaba desde la Isla de la Gorgona tripulado por demonios, y su carga eran las almas de los difuntos que habían hecho pacto con el diablo. Cada noche arrimaba a las poblaciones costeras de Cauca y Nariño, y a las doce de la noche citaba a las personas vivas que adoraban a Lucifer, para que reservaran su cupo en el próximo viaje a la eternidad. Dicen los lugareños que lograron desaparecer para siempre al Maravelì, enfocándolo con luz fija sobre su proa.
El Milparches en sus inicios fue buque carguero que transportaba madera entre Salahonda y Tumaco. Después el armador naval Alfred Le Piyuyè lo convirtió en barco pesquero de ambulù. Dado que su casco era de hierro, con el correr del tiempo y la dura faena de pesca a que era sometido, su estructura se fuè deteriorando. Inicialmente le resanaban con cemento los orificios ocasionados por la sal marina, y después trataron de arreglar los forámenes con láminas de zinc. Èsto conllevó a que el Milparches se volviera más lento, y como consecuencia la producción pesquera se vino abajo. Una madrugada cuando los marinos iban a abordar el barco, para su asombro lo encontràron hundido por La Escalera de Piedra en Tumaco. Él mismo no soportó el peso y la ignominia a que estaba expuesto, y se fuè al fondo del mar con dignidad.
Por la década de los setenta existió un Buque que nunca navegó, sino que siempre estuvo anclado en el espíritu de un grupo de amigos en el puerto de Buenaventura. El capitán Albert Fortich fue un ser fantástico que logro reunir a sus amigos de farra, para que alcanzaran el norte de la felicidad a través de la fantasía de conformar una tripulación, que se divirtiera en el cabaret El Jardín de las Estrellas.
Cada mes el Buque se acoderaba en la pista de baile para disfrutar del goce pagano, y todos los fines de año celebraban un baile de gala, en el que la tripulación vestía de smoking, y las chicas del cabaret lucían trajes de fantasía confeccionados en las mejores casas de moda en Cali. Ese día realizaban el ascenso en el mando del Buque, y obviamente lo obtenían quienes más habían asistido a las bacanales durante el año que terminaba.
Todo iba muy bien hasta que apareció Luchìn, un presentador gay que lo habían contratado en Pereira. Desde el primer momento obligó a las chicas a dejar la confianza con la tripulación del Buque, ya que debían atender con prelación a los marineros extranjeros, quienes pagaban sus servicios en moneda más fuerte.
Cierta noche asistió un grupo de marinos noruegos, quienes después de navegar un mes de seguido estaban ansiosos de obtener los favores sexuales de las chicas del cabaret. Inmediatamente Luchìn los observó, estuvo presto a saludar por altavoz al capitán Henry Jacobsen y su lujosa comitiva, y centró el espectáculo multicolor hacia ellos. Ese fuè el detonante de la pelea más feròz que jamás se había dado en el Jardín de las Estrellas, puesto que por celos los tripulantes del Buque se agarraron a puños con los noruegos. Tuvo que llegar la infantería de marina para apaciguar los ánimos, y les obligaron firmar un documento a la tripulación del Buque de la Felicidad, en el que se comprometían jamás volver al sitio de sus placeres.
Todos obedecieron la orden, salvo el capitán Albert Fortich, a quien por ser viudo le aceptaron vivir eternamente en aquel lugar. Todas las noches cuando se encienden las luces del cabaret, en una mesa alejada se ve el fantasma de un capitán envuelto en el mar de sus recuerdos.
Oscar Seidel Cali Febrero 18 del 2016
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