MARINA LA FOCA
Marina la foca
Escrito por oscarseidel 01-04-2019 en CUENTOS Y RELATOS. Comentarios (0)
Marina la focaPor: Oscar Seidel
Cuando Sara no pudo soportar el sofoco, se puso alerta porque había llegado muy temprano el climaterio. Ante la displicencia continua de su marido Jacobo para tener hijos, decidió que era el momento del «ahora o nunca». Investigó en la Santería para ver a que orisha se encomendaba con el fin de quedar preñada: invocó a Yemayà la diosa del mar, representante de la fertilidad; le rezó a Olukun el orisha del océano, ser andrógino mitad pez y mitad hombre, representante de las riquezas del lecho marino y la salud, pero sus oraciones no fueron escuchadas.
Acudió donde las sabias guisanderas del Pacifico, para que le dieran la receta de cómo motivar a su consorte para que entucara. Siguiendo sus consejos, el primer día sirvió en el desayuno una copa de arrechòn, y a la mañana siguiente suministró un vaso de biche. Desesperada, el fin de semana le dio de beber una totuma de tumbacatre, y tampoco Jacobo se puso sabrosón. Entonces, optó por cambiar el menú: hoy seviche de piangua, mañana sancocho de ñato, y traspasado mañana caldo de pajarilla, y vuelva y repita, pero al final, todo fue tiempo perdido……..
En su soledad, con el deseo de tener un hijo, Sara fue todas las tardes a la playa a meterse al mar para calmar la ansiedad. A sus cincuenta años no tuvo pudor para nadar desnuda, y varias veces se quedó dormida soñando que un ser del océano la poseía. Fueron muchos los días que cumplió este ritual. En el puerto se regó el rumor que estaba loca, pero su marido no lo creyó el día que le contaron. Decidió él mismo averiguar el asunto, hasta que una vez la encontró con toda la hermosura de su cuerpo al aire libre, y apoderado de una calurosa pasión la convidó a hacer el amor, como en los buenos tiempos de recién casados. Para evitar chismes, se metieron desnudos al mar, y después de unos cuantos minutos de consumado el idilio, tuvieron que salir del agua porque comenzaron a picar las aguamalas y ortigas.
A las seis semanas, tuvieron la feliz noticia que habían engendrado un bebe, y durante todo el tiempo del embarazo el pescador se dedicó a cuidar a Sara con brebajes inventados y comidas balsámicas. A los nueve meses nació la niña. Al principio todo era felicidad. Con el transcurrir de los días notaron que la criatura tenía la cabeza grande y redondeada, cara graciosa, brazos y piernas corticos, en la nariz aparecían dos huequitos, las demás partes del cuerpo eran las de una niña normal, pero no se podía parar, sino que sus movimientos los hacía acostada. Se consolaron diciendo que era mucha gracia para ese par de veteranos haberla engendrado, y que «no importaba que fuera ñata después de que respirara».
El desaliento total se presentó la primera vez que llevaron a Marina al consultorio del médico Manosalva, para que diagnosticara dicha anormalidad. El médico les explico que esa enfermedad se llamaba Focomelia, y que era muy dada en los hombres que tomaban el medicamento Talidomida como sedante para la dura faena de pesca, puesto que la ciencia había comprobado que afectaba el esperma y producía efectos nocivos desde el momento de la concepción. La madre no entendió nada de ese concepto científico, y más bien recordó que en aquel momento de éxtasis en el mar, sintió que un tizón se le introducía hasta las entrañas, como si el dios Olukun la poseía al mismo tiempo que lo hacía Jacobo. Al salir de la consulta, fueron la burla de todos, y en la algarabía les gritaron que habían engendrado una foca.
La madre avergonzada resolvió criar a su hija un poco alejada de los otros niños, y se conformó con verla en la playa en donde se divertía «como pez en el agua». El padre fabricó una tina de madera y la llenó con agua salada para reemplazar la cama, en donde Marina pasaba la mayor parte del día, puesto que tenía dificultad para caminar, y para integrarse con los amigos. Al cumplir los diecisiete años, la joven habló con sus padres sobre la posibilidad de irse del puerto hacia una isla muy distante, en donde nadie la conociera, y poder vivir con tranquilidad el infortunio de haber sido engendrada mitad humano y mitad cetáceo. Los padres aceptaron su decisión ya que ella no tenía la culpa de haber nacido así; más bien, se echaron la responsabilidad por fornicar desnudos dentro del mar. Una mañana, Marina zarpó en su canoa, y desapareció.
Durante días, los vientos de los espíritus marinos la acompañaron hasta llegar a una isla desconocida. Con la destreza que tenía pudo armar su bohío, y disponer de los frutos tropicales para sobrevivir. Cierta noche, cayó un fuerte aguacero acompañado de vientos huracanados. Marina sintió que por la ventana la estaban observando. Con todo el sigilo, prendió una vela, salió al exterior, y tomó por sorpresa al hombre desconocido. Asustada, pensó en correr, pero el tipo aquel era más ágil y fuerte, y de una manera amable la persuadió para que se tranquilizara. Comenzó a explicar quién era: “Soy Salvador, un marino tres veces desaparecido en los mares del mundo. Vivo al otro extremo de la isla. Llegué aquí tratando de olvidar a mi mujer Policarpa, a quien abandoné por andar embarcado. El destino me castigó con vivir solitario, después de que fui el más enamorado de todos los marineros”.
Pasado cierto tiempo, y ante el asedio despiadado a que Marina fue sometida por Salvador, decidieron convivir como pareja. Con el devenir de los años tuvieron hijos. Fundaron un pueblo al que llamaron «San Marino de los Vientos». El pueblo tuvo un progreso inusitado debido al arribo permanente de barcos del Lejano Oriente, que hacían tránsito en su ruta hacia el Pacifico sur, y que influyeron para crear la Zona Libre.
A los años, sus ancianos padres Jacobo y Raquel, decidieron ir a comprar mercancías a la Zona Libre de «San Marino de los Vientos», gracias a un pescador amigo que les informó haber reconocido en ese sitio a Marina, quien era la Administradora General. Al encontrarse la felicidad fue total, salvo por la preocupación de Marina, quien manifestó que su esposo Salvador no había regresado desde hace un año, cuando zarpó hacia la China a comprar ropa barata, y buscar un viejo amigo llamado Singa, quien le había enseñado a conocer el alma.
De Salvador jamás se tuvo noticia alguna. El día que se le agotó la paciencia de tanto esperar, Marina, sin despedirse de sus familiares se introdujo al mar. Nadó muchos kilómetros hasta llegar a la línea que delimitaba el horizonte, y ahí, en el fondo marino, en donde absolutamente nadie sabe que hay, encontró las huestes del orisha Olukun, su verdadero padre, con quien vivió a su lado para siempre.
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