Minicuentos de Óscar Seidel EL DIARIO SECCION LAS ARTES



EL DIARIO SECCION LAS ARTES
Domingo, noviembre 19 - 2017 Pereira – Colombia
Minicuentos de Óscar Seidel
CON JUSTA CAUSA
Cuando la mujer confesó su crimen al Juez, explicó estar agobiada por su fracaso matrimonial y su fallida relación romántica. Pero nadie que la conocía en el pueblo podía imaginar que esa joven, que parecía adorar a su esposo, sea la misma que lo mató. La confesa no dio una detallada descripción del crimen, sin embargo, logró conmover y contar con el apoyo de todos sus vecinos. En el juicio indagó el Juez a la culpable: ¿Qué fue lo primero que su marido dijo aquella madrugada? ¿Dónde estoy, Consuelo? ¿Y por eso usted lo mató? Si su Excelencia, mi nombre es Socorro, y lo asesinaría otra vez si se volviese a equivocar.
                                              
 

¿DÓNDE ESTÁ LA ORDEN?
Al buque lo atrapa una fuerte mareta. El agua empieza a entrar por el casco averiado de la nave. El Capitán da la orden de desalojar. Todos cogen sus chalecos salvavidas y se embarcan en los botes auxiliares. Pregunta el Capitán al Suboficial si toda la tripulación abandonó la embarcación. El Suboficial corre presuroso a chequear si no hay nadie más en cubierta. Para su asombro, encuentra a un abogado, Regresa donde el Capitán, y le informa que el jurista no saltará al mar hasta que la orden no venga por escrito.
                                                
 
EL ABOGADO SIN LETRA
En el litigio el abogado ofuscado porque siente que la contraparte le va ganando el pleito, saca de su repertorio un adjetivo rimbombante, y le dice: “Usted su señoría es un profesional conspicuo”. El otro abogado, menos letrado, pero más hábil en defender a su cliente, no entiende la frase anterior, y le responde que mientras averigua en el diccionario dicha terminología, lo declara “Interinamente farolero”. Debido a la tardanza en encontrar el significado de las raras palabras, el Juez declara suspendido el juicio por exceso de adjetivos.
  
                                       
ESTÁ PESADO EL AMBIENTE                                                           
Se diría por mucho tiempo que fue el olor más desagradable que se olfateó en el puerto. Aquella tarde se enrareció la atmosfera con una emanación no identificable. Todos creyeron que se había podrido la producción de atún de la vieja enlatadora. Los viejos aplicaron su memoria olfativa y revivieron a aquella loca que se apoderó de una banca del parque central, y jamás se bañó. La Sanidad diagnosticó que había regresado la peste del mal olor en las axilas, que años atrás había acabado con la despensa de Yodora en todas las boticas. A los dos días, de la Capital arribó una brigada de salud, y “bañó con cal “todas las casas y sitios de interés común. Todo fue inútil porque el ambiente siguió pesado.
Fue cuando la Personería indagó al matarife que hacia las autopsias en el cementerio; éste avisó que Merejo había muerto hacía unos seis días, y que él lo había enterrado en una fosa común porque no apareció doliente alguno. Se había cumplido la maldición de la “llaga de Merejo”, que seguiría viscosa y purulenta toda la vida hasta que en el puerto dejaran la exageración de ofender a los que comían mucho, con la frase de cajón referenciada a su enfermedad. 

LLEGÓ PRIMERO
En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio, escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero. Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que mi cuerpo.                   
 
                                                  
 
LA VOZ
El barítono era la atracción en el Teatro de la Opera. Todos alababan el timbre de su voz y el personaje de macho que representaba. Pero terminada la función la tristeza lo embargaba; quería regresar a su lejana tierra, el nuevo rol de su vida no le satisfacía. El eunuco había sido vendido en el harem a los empresarios artísticos, porque al caparlo, se enamoró con toda su alma del Sultán, y de él solo servía la voz.
                                    
 
EL PELDAÑO
Don Mario se cae de la escalera de la empresa, el mundo se le viene encima. Todos los compañeros de trabajo se burlan del viejo. Él, con su honor en el suelo, se levanta, mira alrededor los objetos personales que se le han desparramado, los recoge, y sigue hasta su oficina ubicada en el segundo piso, Entonces, recuerda los treinta años que lleva subiendo peldaño tras peldaño para ser el segundo en el escalafón jerárquico. Luego, más tranquilo, piensa en sus jóvenes compañeros, y lo duro que les será llegar al cargo que él tiene, dado que a partir de mañana subirá por el ascensor del gerente, y ordenará quitar la escalera.
  

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