REFLEXIONES EN EL MAR publicado en El Diario de Pereira LAS ARTES
Era la primera vez que se veía este tipo de trifulca en el Pacifico
colombiano. En otros mares como el Caribe, cerca al Gulf Strem en la Habana.
Cuba, habían presenciado el enfrentamiento entre “El Viejo” Santiago y un
tiburón mako, resultando a la postre vencedor el pescador, pero con
desagradables consecuencias. Dijo el narrador de esta historia que, un buen día por la mañana, Santiago decidió
salir solo al mar, donde por fin, un enorme marlín (pez vela similar al pez
espada) picó el anzuelo, no sin dar batalla antes de ser capturado definitivamente.
Al tercer día, el pez, ya cansado, comenzó a rodear el bote. Santiago, desgastado
y casi delirante, utilizó toda la fuerza que le quedaba para tirar el pez sobre
su lado y apuñalarlo con un arpón. Una vez capturado, Santiago ató el pescado
al lado de su bote, y emprendió el regreso a casa. Sin embargo, en su camino hacia
la orilla, los tiburones fueron atraídos por la sangre del marlín y poco a poco fueron apareciendo para devorar la captura.
Santiago logró matar a un gran tiburón mako con su arpón, pero perdió el arma, además de un cuarto
del pescado que el tiburón logró devorar antes de morir. Al rato, el pez espada
del viejo fue nuevamente atacado por un tiburón que logró quitarle un trozo más
de carne. “El Viejo” construyó un arpón atando el cuchillo al extremo de uno de
los remos, y así protegió lo que quedaba de su presa; cinco tiburones fueron
asesinados en total, y muchos otros fueron expulsados. Pero los tiburones
siguieron llegando, y al caer la noche, devoraron casi toda la carne del pez
espada, dejando un esqueleto consistente en su espina dorsal, la cola y la
cabeza. Santiago, derrotado, convencido ahora de su mala suerte, increpó a los
tiburones por la forma en que habían matado sus sueños, y regresó a su choza
ubicada en la playa con el esqueleto del pez espada.
El mar reflexionó
al terminar dicha historia: “Hay que ser paciente y nunca rendirse. Si llevas muchos días sin pescar nada, aún así, sale a
intentarlo día tras día. No tires la toalla y ten la esperanza de que algún día
próximo, pescarás alguna pieza”.
La otra historia que se conocía era la que en la isla Mocha en el sur
de Chile, también escucharon sobre el enfrentamiento
de la ballena albina apodada “Mocha Dick”. Según cuenta la leyenda, una ballena
gigante, de cerca de 26 metros de largo, atacó y hundió a un barco
estadounidense llamado Essex. La tripulación acabó en tres botes a miles de
kilómetros de la costa. Solos en medio del Océano Pacífico, los hombres
tuvieron que decidir si ir hacia las islas más cercanas, a miles de kilómetros hacia
el oeste, con viento a favor, o realizar un viaje épico de casi 5.000
kilómetros para llegar a las costas de América del Sur. El miedo a los
caníbales los forzó a elegir como destino América del Sur. Nunca
llegaron. De los 21 miembros de la tripulación a bordo del Essex, la ballena
mató a trece y sólo ocho fueron rescatados después de más de 80 días en altamar.
Otra vez reflexionó el mar: “Si la ballena que atacó
al Essex lo hizo a propósito o no, es
algo que nunca sabremos. Pero el rumor, fascinante por cierto, de su sed de
venganza por no dejarse atrapar, vivirá por siempre”.
El mar sonrió, al
comparar estas dos historias con la vana discusión que estaba ahora escuchando
en sus dominios:
—Cuando picó
el anzuelo supe que eras un pez muy grande. La experiencia adquirida de tanto aguantar sol y salitre del mar, me dio
la certeza que por fin estabas atrapado. Toda mi vida detrás de ti y ahora te
tengo. Muchos anzuelos, nylon, y carnadas gasté, para tener el honor de
doblegarte, a vos el más feroz de todos los animales marinos. No sé qué voy a
hacer contigo una vez te de un garrotazo con mi raja de leña: si venderte al
restaurante chino para que hagan una sopa con tus aletas, o secar tu mandíbula
para que el coleccionista la cuelgue en la pared de su casa, o más bien regalar
tu espina dorsal al pintor bohemio para que dibuje un paisaje marino. Toda esta
indecisión que tengo, es porque acabo de ver que con tu poca carne llena de
huesos largos no hago ni un sancocho, pues me resultaste una tintorera flaca, y
con cualquiera de las opciones que tome se acabará tu vanidad. Creíste me ibas
a derrotar, pero fallaste. No me abras los ojos porque esa actitud desafiante
no se la tolero ni a mi mujer, quien se enfurece todos los días al yo llegar al
bohío con una pequeña sarta de pargos—dijo Calacho, bastante molesto.
—Te veo y me
da pena. Vos que fuiste un tira cuete en la playa y a duras penas atrapabas
lisas y buriques. Ahora te la venís a dar de pescador de altura. ¿Qué es qué lo
tuyo? Desperdiciaste la mayor parte de tu tiempo andando detrás de mí. Observa
lo flaco y débil que estás, ya no puedes con la canoa, ni arrojas la red como
antes lo hacías. No te da vergüenza que los demás pescadores dudan de ti por la
utopía de cazarme. Al primer jalón que dé a tu nylon te arrojo al mar, y no voy
a perder mi tiempo dándote una mordida mortal. Voy a dejar que las aguasmalas
te piquen y te vayas al fondo, en donde te espera el viejo tiburón mero, a
quien por su edad hay que llevarle la comida. ¿Cómo te atreves a desafiarme? Yo
que he nadado en mares más bravos, y enfrentado a hombres más fuertes. Ahora te vienes a dar de valiente, y no sabes
lo que te espera—respondió
el tiburón tigre, muy enardecido.
—Vean a este
par de engreídos. Entablan pelea sin tener en cuenta al dueño de la casa. Donde
me enfurezca, volteo la canoa para que Calacho se ahogue, y ordeno a la
corriente de Humboldt llevar a la tintorera hasta la playa para que muera por
falta de oxígeno, y así terminaré el conflicto para siempre. Más bien, voy a
hacer honor a mi nombre Pacifico, y arreglo las cosas por las buenas. Se
salvaron que Vasco Núñez de Balboa no me bautizó Leoncico como a su perro,
quien fue el primero en descubrirme,
porque ustedes no saben cómo actúan los perros bravos. Arreglemos las cosas:
ustedes dos no se volverán a enfrentar, porque ya saben las consecuencias. Le
sugiero a Calacho que se dedique a coger cangrejos y conchas en el manglar,
antes que el Maravelì se lo lleve al viaje eterno como castigo por haber matado
con cuete tantas especies menores, y le manifiesto al tiburón tigre, que si
quiere mostrar su bravura vaya al mar del norte en Noruega y se enfrente a
barcos verracos como los balleneros— manifestó el mar, zanjando dicha
discusión inocua.
Luego, ya más tranquilos los contrincantes,
y con una grotesca historia encima que no debiese ser contada, porque no le daba ni en los
tobillos a las otras dos narradas sobre “El Viejo” y la “Mocha Dick”, el mar los
remató:
—Más bien
piérdanse, porque ya me anunciaron que viene la tormenta tropical, que me hace
enfurecer, y yo a esa señora le tengo más respeto que a ustedes dos. ¡Chao
pescao!
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