Relato NO PODÌA DORMIR de Oscar Seidel publicado en el octavo número de La Sirena Varada: Revista L
La Sirena Varada: Año II, Número 8
El octavo número de La Sirena Varada: Revista Literaria
NO PODÍA DORMIR
Estaba destinado que Simoncito no
alcanzaría la edad adulta debido a su nacimiento prematuro. Durante los
primeros cinco años de existencia, la familia Vélez no se percató del poco
crecimiento; daban por normal la situación, al fin y al cabo, la baja estatura
predominaba en la casa.
Ellos no sabían que los espíritus por las noches llevaban a Simoncito al mundo de la fantasía, puesto que, si dormía, amanecería más veterano. En aquel mundo, vivían Peter Pan
«el niño que nunca crecía, y odiaba el mundo
de los adultos»; Michel Jackson «el rey del pop que quería vivir siglo y medio
rodeado de niños»; don Fulgencio «el hombre que no tuvo infancia»; y otros seres, que siendo adultos querían
comportarse como niños, sin tomar responsabilidad de sus actos.
Cierta noche, el vigilante
del barrio se dio cuenta que la ventana del niño Simón estaba abierta y con
luces encendidas. Pensó que tal vez sus padres habían olvidado de cerrarla, y
siguió haciendo la ronda. En días posteriores, el vigilante notó lo mismo, y
decidió averiguar el porqué de la anomalía. Tamaña sorpresa se llevó aquella
noche que no dio la ronda completa; se quedó más tiempo viendo la ventana en
cuestión, y presenció cómo un grupo de espíritus llevaban al niño Simón al
espacio sideral en una nube de estrellas. Muy temprano, trajeron a la criatura
más sonriente que nunca, y el vigilante entregó el turno. Para calmar su asombro, el vigilante decidió consultar en los libros de
magia y alquimia, y descubrió que los antiguos creían que el sueño hacia
envejecer, porque las células al no estar en movimiento se deterioraban, y que
la verdad se encontraba en la agitación del reloj biológico. Impresionado con
la teoría, fue donde el alquimista Londoño, quien tenía fama de estar buscando
el jarabe de la eterna juventud, y le comentó el suceso. A Londoño se le arregló
la situación económica, puesto que tomó poder de «la
teoría del no dormir para no crecer»; dejó
abandonadas sus investigaciones sobre el brebaje de plomo que estaba recetando, y pronto obtuvo clientes ávidos de aplicar el descubrimiento. Los padres del niño Simón no estaban enterados de aquel fenómeno de la
ciencia, y por precaución decidieron cerrar la ventana con cadena y candado.
Aquella noche, los espíritus no pudieron llevárselo, y Simoncito amaneció diez
años más viejo. Sus padres, al verlo con cuerpo de jovenzuelo, pero sin la
madurez emocional, quedaron abismados con el crecimiento acelerado y no
encontraron explicación, hasta que el vigilante quien estaba disgustado con el
alquimista Londoño, porque se había vuelto rico con su teoría, decidió contar
la verdad.
Al anochecer, el joven subió a la terraza de la casa, para tener un
encuentro con sus antiguos amigos. De manera fugaz aparecieron, comentaron todo lo que había pasado, y decidieron que a
la siguiente noche harían el último viaje al mundo fantástico. El joven Simón
escribió una carta a sus padres despidiéndose porque no volvería jamás, y adujo
que era mejor vivir la fantasía que la cruel realidad de su familia y del país.
Aquella noche que la madre se dio cuenta que el joven no estaba en la
casa, ya era tarde para lamentaciones, y ante el clamor de ella para que
apareciera su hijo, los espíritus lo devolvieron a la tierra. Sin embargo,
tenía que pagar la estadía en el mundo de la eterna niñez, junto a unas
personas más que regresaron a sus diferentes países de origen. La decisión de los espíritus fue que crecerían de
manera normal hasta los cuarenta años, pero con aserrín dentro de la cabeza,
sin una gota de materia gris. Nadie protestó por aquella condición, con tal de
tenerlos vivos, y de regreso a casa.
Hoy, la gama de viajeros que alguna
vez estuvieron en el mundo de la fantasía, administra sus países y manejan la
política regional. Nunca maduraron.
¿Qué podemos a hacer?
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