XIII Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2018 donde cinco Microrrelatos fueron finalistas
Cinco Microrrelatos de Oscar Seidel finalistas entre los diez primeros el XIII Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2018.
En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría
de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio,
escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo
sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero.
Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que
mi cuerpo.
EL RELOJ
La pareja de enamorados se iba a separar para siempre,
ella marchaba a estudiar al exterior. El novio, enloquecido arrancó las
manecillas de todos los relojes del puerto para vivir de manera eterna la
despedida. Hoy los habitantes sufren una rutina perenne, nada sucede, todo es
igual: el tiempo se detuvo.
CON SEÑAS
Sus padres la entregaron al jefe del aserrío, con el fin de
salvarla de la peste de tuberculosis que diezmaba a la población infantil en la selva. Los árboles
se agotaron, y la empresa maderera trasladó sus equipos a otro lugar muy
distante. Nadie supo cuándo ni a dónde llevaron a la niña.
Hablaba lenguaje
ininteligible, y solo se hacía entender con señas. Comenzó para la jovencita el
periplo de conocer un mundo raro y costumbres diferentes. De su memoria se borraron
las imágenes de la familia y del sitio que la habían sacado. Nunca preguntó
nada.
El hogar adoptivo se
acabó al morir los padres, y cada hijo tomó su camino. Solitaria en la vida, se
trasladó a otro pueblo, y amasó cierta fortuna vendiendo pescado en el mercado.
El día que llegó
la ibabura a vender sus productos a la galería del puerto, desembarcó un
anciano, la observó, y el corazón le dijo algo. De regreso, en la ibabura viajó
alguien en búsqueda del tiempo perdido.
EL SILENCIO DE LA SELVA
Para soportar la soledad aterradora de aquel lugar, el agente
viajero compró en la ciudad un transistor de pilas de dos bandas que le
sirviera de compañía en las noches largas, azotadas por cigarras y cocuyos. La
primera semana de su estadía en la selva, el transistor no agarró ninguna
emisora. A los sesenta días que regresó a la ciudad, trajo un radio de cuatro
bandas y tampoco funcionó. Igual aconteció al cuarto mes siguiente con un
aparato más grande, y seis meses después pasó lo mismo con otro equipo que le
regaló el abuelo, el cual en sus buenos tiempos captaba los discursos del
caudillo liberal.
En el transcurso
de los días observó a un loco con un gran radio, que llevaba encima de sus
hombros, y pensó que esa era la solución para amainar el silencio. Le propuso
compra, pero el demente no hizo caso. Indagó sobre aquel extraño personaje, y
le respondieron que era el último agente viajero en llegar antes de él.
Esta mañana, en el
escritorio del gerente depositaron la carta de renuncia enviada de la selva.
MORIR DE GANAS
¿DÓNDE ESTÁ LA ORDEN?
Al buque lo atrapa una fuerte mareta. El agua empieza a entrar por
el casco averiado de la nave. El Capitán da la orden de desalojar. Todos cogen
sus chalecos salvavidas y se embarcan en los botes auxiliares. Pregunta el
Capitán al Suboficial si toda la tripulación y los pasajeros abandonaron la
embarcación. El Suboficial corre presuroso a chequear si no hay nadie más en
cubierta. Para su asombro, encuentra a un abogado. Regresa donde el Capitán, y le
informa que el jurista no saltará al mar, hasta que la orden de desalojo no
venga por escrito
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