Comentarios publicados de escritores sobre la obra literaria de Oscar Seidel

Comentarios sobre la Obra Literaria de Oscar Seidel publicados en diversos medios de comunicación 

TEXTO INTRODUCTORIO                    

Por: Pablo Emilio Obando Acosta                                                                                                     

Durante este tiempo de covid19, Oscar Seidel Morales no ha dejado descansar su pluma y ha puesto a prueba su talento y su intelecto innovador. Su saber cultural lo ha entregado al servicio de su gente, de su tierra, de su bello Pacífico que se dibuja en cada una de sus palabras y sus relatos. Lleva el mar en su sangre, las olas en sus venas, la brisa en su pensamiento marino.
En las redes virtuales ha realizado interesantes y novedosos eventos culturales y literarios que han permitido un poco de solaz y alegría a muchos nariñenses y colombianos. Elabora y diseña un taller virtual de cómo escribir un cuento, lo mismo que el taller virtual de sugerencias para reseñar una novela y nos ha obsequiado unos magníficos relatos sobre el Pacífico nariñense. Son muchas las voces de agradecimiento y reconocimiento a su digna labor cultural. Es un hombre sensible, sencillo y profundo, de una exquisita conversación y de un don de gentes inigualable. Respira cultura, la transmite y su sola presencia es una evocación de la Palabra.
El Pacífico nariñense tiene en él a un verdadero embajador cultural y literario. Su pluma y su palabra se han constituido en ese puente espiritual entre los hombres y los pueblos. Hijo del mar, viajero de los vientos, Palabra hecha de vientos y soles.
Oscar Seidel Morales ocupa un honroso lugar en la literatura colombiana, sus amigos coinciden en afirmar que es un caballero, un señor en todo el sentido de la palabra, un gentleman que sabe que sus pensamientos se visten de la brisa pura de ese Tumaco. Hermoso que recorre cada uno de sus pensamientos.
Gracias al maestro Oscar Seidel por compartir su saber en estos tiempos de covid19, por permitir una sonrisa en medio de un confinamiento y por hacer generosa presencia en el corazón y en el espíritu de los hombres, sedientos de luz, de palabra y de libertad.

 

 

                  OSCAR SEIDEL

                                     

             OBRA LITERARIA EN

 

      EL ESPECTADOR EL MAGAZIN

 

 CULTURA

“Contra el destino nadie la talla”, relatos del Pacífico Sur

Por: Moro Manzi

Presentamos el prólogo de Contra el destino nadie la talla, libro de cuentos y minicuentos relacionados con el Pacífico sur, escrito por Oscar Seidel.                                                                

El escritor Oscar Seidel es de los pocos cuentistas del Pacífico que, con bastante intensidad, ha narrado la vida de los habitantes del litoral. De sus vivencias de la niñez y de la juventud en Tumaco, su pueblo natal, y de la oralidad triétnica que escuchó, logró relatar historias reales y fantásticas, en una serie de cuentos largos, breves y minicuentos, sobre el drama, la desolación y el olvido de estos seres de su región.                                                                          

Un título bien traído para 28 cuentos largos, nueve breves y 37 minicuentos, que se presentan de manera condensada de acontecimientos inventados, realistas o fantasiosos, pero todos ellos creados con agudeza y gracia a lo largo de un libro de 103 páginas.                                                    

Los cuentos se enmarcan en la cotidianidad, aquel carácter repetitivo que hace que muchos seres humanos, enemigos de la vida común, conviertan sus existencias en un lugar de confrontaciones próximas a cualquier neurosis callejera, como lo narra en Contra el destino nadie la talla. Los cuentos parten de un acto de ficción, que, por estar escritos de manera argumental y sencilla, despiertan una reacción emocional en el lector, al punto de que mentalmente este vuelve a recrear las situaciones vividas.                                                             

En el cuento El licor hace bailar, recrea un personaje grato a la memoria, como lo es Johnny Walker con su sombrero y bastón, a quien hace bajar de su viñeta de papel adherida a la botella de Whisky para conminar al corroncho Daza. Y remata con el símil anterior, al pretender que el volcán Galeras erupcionara ante la ebriedad de un paisano que no soltaba la botella de aguardiente. Narración imaginativa en grado singular, porque rescata de una imagen una acción inesperada, llena de sorpresa y verosimilitud. Otras veces, es la fantasía que recrea un mundo prolijo de poderes para mitigar retrasos mentales, cuyo crecimiento natural se trastoca por la falta de sueño, y crea extrañas reacciones que entorpecen el ritmo y tono de su estirpe, como lo narra el autor en No podía dormir.                                                     

Los cuentos breves, según se sabe, son conocimientos que se transmiten en detalle con respecto a cortos hechos. Como en el cuento, también busca un mayor impacto en menos palabras, donde los acontecimientos se suceden alrededor de un personaje que genera identidad. De ahí que en sus cuentos breves Está pesado el ambienteSi no hubiese apretado el gatilloEl silencio de la selva y Con señas los personajes, son identificables con características propias.                                                                                                                

Los minicuentos, otro género literario que maneja con propiedad el autor, narran en pocas palabras sucesos de historia universal, de boleros, del Puerto de Buenavista, de superhéroes, del alma, de abogados y de sueltos. Invito a los lectores a ser parte de estas historias.


 LA ESQUINA DELIRANTE XCIV

               Confundida en el tiempo

Por: Oscar Seidel y Daniel Ghisani

Al llegar a los setenta años, Madame Popó no vivió más el presente. A partir de esa fecha, para ella sólo existió el pasado.

En su juventud, conoció al exportador alemán que despachaba buques cargados de tagua desde Puerto Perla. Con él se casó y pasearon por todo el mundo. No tuvo hijos, pero si veinte sirvientes a sus pies, que le atendieron todos su caprichos y rabietas. Con el correr de los días, sus problemas conyugales fueron ocasionados por la pérdida súbita de memoria, provocada por el golpe sicológico asestado por el germano, quien se enamoró de forma apasionada de la ama de llaves, y no le volvió a hablar.

Los últimos años de su existencia, Madame Popó los pasó mirando la mar, sentada en un sofá de terciopelo, acompañada por una sirvienta anciana, tres gatos y dos perros. Le habían recomendado comer grandes porciones de ostiones que le hicieran vivir de manera rápida el poco presente que le quedaba. Pero ya era tarde. Las telarañas del tiempo habían invadido su casa y su mente.

 

 CUENTOS DE SÁBADO EN LA TARDE

                      Otra de las suyas

Por: Oscar Seidel y Daniel Ghisani

Levanté las manos del teclado y suspiré con satisfacción. Luego de dos largos años terminaba de escribir el capítulo final de mi última novela de amor con un desenlace triste: la pareja de enamorados debe separarse porque la protagonista, Clementina, decide priorizar su progreso profesional viajando a un país muy lejano. Luego de festejar con una copa de ron, me fui a dormir envuelto en una paz de la que no disfrutaba hacía tiempo.

 A la mañana siguiente, encendí el computador para repasar el fin de la historia y corregirla si hiciera falta, pero, me encuentro con la sorpresa que el último capítulo ha desaparecido. El hecho no me desanima porque el argumento está fresco en mi mente; presumo para encontrar alguna justificación, que tal vez soñé haberlo hecho, pero, no lo escribí en realidad, cosa que no me extraña, dado que suele ocurrir en la mente febril de los escritores. Entonces, esa noche, acompañado de las estrellas y de un mar en calma, volví a escribirlo.

Luego al día siguiente, al abrir el archivo Word, con preocupación comprobé que la escena había vuelto a repetirse. Entonces, decidí dos cosas: Primero, reescribir el último capítulo, y segundo, llamar al técnico en informática para que revisara el computador, y diera con la maldita falla que hacía desaparecer de manera recurrente el final de mi novela.

El técnico se presentó como todo un profesional, me dijo:

-Yo trabajo a conciencia y me abocaré con exclusividad a su computador. Presumo que el análisis me demandará todo el día, por lo que le aconsejo programar alguna rutina para entretenerse.

Aceptando su consejo, decidí ir a pescar a la playa y de paso bajar las tensiones me estaban agobiando. Cuando volví a casa, caía la noche. Al abrir la puerta, encontré al técnico ensimismado frente a la pantalla, y expresó:

-He leído toda su novela. Déjeme decirle que me ha impactado sobremanera la trama, y como un simple lector, le aconsejo que cambie ese final triste por uno donde triunfe el amor entre Filemón y Clementina-.

Luego, hizo una larga pausa y agregó:

 -Respecto a su máquina de cómputo, no le he encontrado ningún problema.

Enseguida, se puso de pie, me ofreció su mano y partió.

Por la noche, revisé por última vez mi novela, ya que atento a las diferencias horarias con Europa, planeaba al día siguiente enviarla con urgencia a mi editor, puesto que se habían vencido los tiempos del contrato, y del éxito que tuviera con este nuevo trabajo dependía una renovación por tres novelas más.

A la madrugada, me despertó una extraña inquietud, por lo que fui hasta el escritorio para encender el computador. En cuanto abrí el archivo de la novela mis temores se confirmaron:

El último capítulo había vuelto a desaparecer. El nuevo incidente me empecinó de tal modo que insistí repitiendo el texto por tres días seguidos, consiguiendo el mismo resultado. Para mis males, desde España me llamaban de forma insistente reclamando la novela. Fue cuando al borde del desespero, y ya casi al límite de borrar toda la novela, recordé el consejo del técnico y me decidí a cambiar el final así: En lugar de partir, en pleno aeropuerto la protagonista Clementina se arrepiente y vuelve corriendo a los brazos de su enamorado Filemón.

Al terminar, envié de inmediato el escrito por email a la editorial sin siquiera corregirlo.

Al día siguiente, Rodrigo Cañada, mi editor, me confirmó por email la recepción de la novela, me pidió que le diera una semana para leerla y darme su aprobación. Los que siguieron fueron días tortuosos, donde me asaltaron todo tipo de temores; la ansiedad me devoraba, y hasta tuve pesadillas recurrentes en las que la editorial me devolvía la novela con un enorme sello que decía “Incompleta”. No se había cumplido todavía el plazo que el editor me había indicado, cuando escuché mi teléfono celular sonando en el escritorio. Al acercarme, vi su nombre restallando en la pantalla. Me persigné y temblando lo atendí, escuchando del otro lado con un tono de evidente excitación:

-” Prudencio, he leído tu novela. Qué te digo, chaval, aquí en la editorial están todos locos con ella. No hablan de otra cosa. Mira, hasta la escena del aeropuerto en donde se marcha feliz la pareja, digamos que me parecía una novela mediocre, de esas que uno cree haber leído mil veces, pero, cuando a la semana de casada, la protagonista Clementina se escapa con el técnico informático a Hawái, joder, Prudencio, ahí la clavas en el ángulo. Sinceramente, conociéndote cómo te conozco, no sé cómo pudo habérsete ocurrido semejante idea”.

Quedé impresionado.   




                      OSCAR SEIDEL

              OBRA LITERARIA EN

                         PÀGINA10                     

                                

 

 

 

 

 

   

 

           Colección Pacífico Literaria 2022

Con la participación de cinco autores del Pacífico colombiano y el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia, el pasado 24 de junio, a las 6:30 p.m. en la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero de Cali, se presentó la colección Pacífico Literaria 2022 en el marco del proyecto Memoria y estímulo para la producción literaria del Valle del Cauca, Convenio de asociación No. 0513 de 2022., ejecutado por la Corporación de Apoyo y Desarrollo Regional, Corposinergia.

Es de destacar que, los cinco escritores pertenecen a la Fundación de Escritores del Pacífico Colombiano-FUESPACOL. La Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero es aliado estratégico del proyecto en cuanto a la divulgación y entrega de los siete libros que llegarán a las 73 bibliotecas públicas de la Red del Valle, como también a las 62 bibliotecas de la red Distrital de Santiago de Cali, manifestó Mónica Alexandra Perlaza Ochoa directora general.

Los títulos también podrán ser consultados y leídos en www.bibliovalle.gov.co en formato PDF como una forma de garantizar el libre acceso a la información.

PRÓLOGO                                                                                                                                  

Contar el país y su cultura implica reconocer esas voces, miradas, narrativas y procesos que se han gestado precisamente desde los territorios, esas miradas que históricamente han sido silenciadas y que hoy emergen para reconocernos desde la diversidad, desde esas narrativas que son fruto de la experiencia y que nos abren las puertas al diálogo colectivo sobre lo que somos, sobre lo que significa cada región, sus procesos, memorias, patrimonio e historias. En ese sentido, avanzar como un país incluyente, que reconoce en la diversidad su mayor riqueza, implica ir labrando el camino para que cada vez más nuevos autores puedan plasmar a través del arte escrito nuevas narrativas territoriales. Es así como desde el Ministerio de Cultura de Colombia venimos trabajando desde las regiones para consolidar esas formas de leer y narrar el territorio, estimular acciones de mayor receptividad por parte de los sellos editoriales al eco de las voces literarias en perspectiva étnica y territorial, con el ánimo de visibilizar esos nuevos referentes, fortalecer esos liderazgos literarios y ampliar ese abanico de posibilidades de hacer de la literatura un constante ejercicio de construcción de nuestra cultura como país.
El Pacífico colombiano y el Valle del Cauca cuentan con una riqueza cultural y biodiversidad excepcional, su gente, sus narraciones, sus expresiones artísticas, su diversidad de climas, geografías y paisajes son únicos. Por esta razón, es un gran motivo de alegría saber que hoy este trabajo cobra vida para reflejar gran parte de las historias que narran y nacen desde estos territorios.

Si algo nos han enseñado nuestros ancestros es que la oralidad siempre ha sido esa columna vertebral para transmitir saberes de generación en generación para el Pacífico, para esta región. Es así como uno de los grandes retos que hoy nos une es hacer que esa palabra, que se convierte en ese elemento cohesionador de nuestras comunidades, se plasme por escrito para salvaguardar y relatar esta esencia. Todos los trabajos compilados en esta increíble obra son excepcionales: “El dulce olor de Puerto Perla» del autor Óscar Seidel hace un análisis profundo de la realidad de Tumaco, conocido como “La Perla del Pacífico colombiano”, partiendo de un mal olor que todas las comunidades e instituciones no encontraban su procedencia. Por su parte, «Benkos Biojó, un verdadero héroe», del escritor Félix Domingo Cabezas relata de forma inigualable esa memoria resiliente y el fruto de esa lucha histórica de este valeroso protagonista que abrió pasos a la libertad del pueblo afro y la ruptura de las cadenas de la esclavización.

De igual forma, «Diálogos de Agua: por los esteros de la afroralidad en el Pacífico colombiano» de Baudilio Revelo Hurtado y su hermano Hernando Revelo Hurtado nos narran esa conexión de las comunidades afro con la naturaleza, porque tal como lo menciona “nos recuerdan que el río tiene alma” y que “la palabra, fuerza incontenible del pueblo en la reivindicación de sus derechos, aquella que arranca el corazón por la ventana de los labios, viajera de boca en boca con los hermanos afropacíficos”. 

«Poesía Joven del Valle del Cauca» compilada por Alejandra Lerma, emerge como ese viaje entre el asfalto y el viento, evocando 16 voces de autoras y autores del Valle del Cauca, que recrean a través de la palabra esas intimidades, cotidianidades y paisajes de la región. Todos escriben desde lugares disímiles y tal como lo mencionan “Los contrastes de lo urbano y lo rural se entremezclan en los versos”.

La fotografía también es parte vital de este trabajo. De esta manera, «Memoria visual vallecaucana del siglo XX, Archivo Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca» compilado por Christian Hurtado Ospina nos sumerge en un viaje por la historia de esta región a través de la imagen, de la fotografía como ese archivo vigente de la memoria.

«Naufragios» de Hernando Revelo Hurtado nos demuestra que: “La Poesía para escribirla, nos precisa la vida, y para amarla, nos obliga el dolor”. Cada poema sabe a Pacífico, se inspira en el mar, en las gaviotas, en la brisa y en la cotidianidad. Nos recuerda que la poesía no es más que la suma de esos momentos que nos marcan y que refleja el mundo de las emociones, sentimientos y experiencias.                                                                                                        

Por último, «Tres cuentos, tres historias de Buenaventura» de Luis Álvaro del Castillo, a quien aprecio profundamente, nos empuja como ola grande por esa tradición oral única de Buenaventura, esa que “se viste de fiesta y carne para arrullar los huesos del pasado”, demostrando que la historia del Pacífico siempre estará en la música, siempre será transmitida a través de los cantos y que van al son del tambor, la marimba, el guasá, el bombo y el cununo.
Espero disfruten este maravilloso trabajo, descubran nuevas historias y que viajen como bien nos permite la literatura, por esos paisajes, esos lugares, esos momentos y esas vivencias que plasma cada autor/a con su trabajo.

Angélica Mayolo Obregón ministra de Cultura de Colombia

TEXTO INT Puerto Perla inaugura el estilo en el uso de la economía de la palabra que emplea su autor, atrapando al lector de manera inmediata en la lectura del texto. La trama transcurre en el puerto de Tumaco, conocida también como “La Perla del Pacífico”, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, La náusea de Sartre, utilizada más como una antinomia, ya que Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda. Al igual que en La Peste de Camus, el autor en la trama pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los politicastros que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando la verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos, una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos de Tumaco, de Nariño y de Colombia, por no ir más lejos.

El aislamiento también cobra cuerpo dentro de la esencia de la trama de la novela de Oscar Seidel, como una actitud autoimpuesta en primer lugar, quizá una crítica a la endogamia de las castas politiqueras de la región Pacífica nariñense, una actitud que luego se extiende y se impone de afuera, por parte de los gobiernos centrales, una crítica también al mal manejo político que se ha hecho con la región desde Pasto y desde Bogotá; esto, no impide acusar a los habitantes de Puerto Perla, cuya culpabilidad la buscan dentro de los mismos habitantes, especialmente de los pordioseros y menesterosos, cuando la peste finalmente la tienen todos, sin excepción alguna.

La realidad y la ficción se entrecruzan en el detenido y austero relato que hace su autor, no es difícil imaginar las críticas que van y vienen detrás de los escenarios y los personajes que Oscar Seidel maneja con acierto, no en vano en uno de los capítulos se señala que las tres catástrofes que ha padecido Puerta Perla son los incendios, el tsunami y el actual personero, tres verdades manifiestas dentro del historial para quienes husmeamos y curioseamos los anaqueles del pasado del territorio narrado, donde convergen comerciantes usureros, guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, sin que se excluyan entre sí, para finalmente quedar las islas desiertas, y sus habitantes esperanzados con que la brisa marina termine por eliminar la pestilencia de los seres humanos.

Este libro logra un total equilibrio entre forma y contenido y le provocará al lector una nueva lectura.

Libro “Cuentos para recrear El Alma” de Félix Domingo Cabezas Prado.

Por: Oscar Seidel

El libro que ha llegado hasta usted, narra por parte historias y leyendas de una región del Pacífico colombiano, las cuales se pudieron conservar a través de la oralidad de sus ancestros, y que, gracias a la recopilación y escritura de su autor, podemos disfrutar. Por otra parte, en él encontraremos historias contadas de una manera sencilla, tal como se habla en nuestro mar, río, monte y selva, y que Félix Domingo Cabezas Prado decidió referir sobre ese mundo de realidades y fantasías.                                                                                                                 

“Cuentos para recrear el alma” está pergeñado por el legado triétnico de África, Europa y América, quienes entrelazaron tradiciones y culturas para perpetuar su idiosincrasia, pues con mucha habilidad y memoria sensorial nos retrotrae el nativo escritor Cabezas Prado para el deleite de los lectores. De allí que se puede sentir en estos cuentos, la presencia de los animales que hablan en su lucha con el hombre y con el entorno mismo, la mítica indígena, la sabiduría popular del afro, y las vivencias del mestizo. Las narraciones de esta obra son un bálsamo al espíritu en donde el autor muestra su bagaje cultural de la región que lo vio nacer y su afinidad con las narraciones vanguardistas citadinas.                                                                  

Todos los cuentos son fascinantes, sin embargo, sugiero leer con atención algunos de un sabor y un picante especial de impacto y asombro, como: “Rosa Esmeralda”, la mujer obsesionada por ser lavandera de ropa, y que la vida le deparó tristezas por el desamor de sus padres y alegrías con un final inesperado; “El macabro juego de la pelota”, relato mítico de los indígenas Mayas y Aztecas que alguna vez poblaron la región habitada por los Sindaguas, los Iscuandés, los Guapíes, los Tumac y los Telembíes, en donde se cuentan los aconteceres del partido, la forma como se premiaba a los ganadores y perdedores, la manera como se conseguían los puntos y un final de suspenso y de acción; “El alma y el corazón del Gran Griot africano en América”, la verdadera historia de multitud de seres cuyas familias quedaron destrozadas en África; los descendientes de emperadores, reyes, artesanos y de gentes del común fueron sustraídos, arrancados del continente del levante y llevados forzadamente a América, a pasar las peores inclemencias que haya sufrido criatura alguna por invasores que en África se rumoraba eran caníbales, antropófagos, que comían seres humanos. Los hijos de los gritos descubrieron la verdad: los europeos no comían gente, pero les daban a los africanos las más terribles torturas y castigos; etc.                                                                           

De esta manera, el narrador nos lleva por un sendero de avenidas, de cielos, de galaxias, de golfos, de bahías, de esteros, de bajos, de playas, y de arrecifes fantásticos, con sus fábulas e historias novedosas, pasándonos por estrechas, medianas y amplias conjeturas. De allí que estructura el libro en tres partes: cuentos, cuentos breves, y minicuentos, lo cual hace ver el texto como una pirámide invertida. Cada grupo con más de diez narraciones, para al final entregarnos setenta y cinco (75) relatos cuya calidad usted tendrá la oportunidad de juzgar. Obvio, “Cuentos para recrear el alma” también tiene cierta influencia de la vida urbana, entretejida en los anaqueles de sus páginas, así: “El chateador desprevenido”, hace ver esa esclavitud con el Smartphone que puede llevar a las personas al límite del infortunio; “Lo que son ahora la pareja de abuelos”, una gran enseñanza sobre la metamorfosis de la convivencia marital; “Niños, vecinos y árbol”, narra la intolerancia de algunas personas quienes no pueden vivir en comunidad; “La utopía del líder social”, hace relación al gran sueño de unificar a todos los habitantes de una nación a quererse como hermanos, pues al fortalecerse la hermandad, las cárceles serían cerradas y terminaría la prisión para el cuerpo, el alma y el espíritu. Realmente, “Cuentos para recrear el alma” conmueve el sentir y el espíritu de quien tiene la oportunidad de leerlo.

Libro de cuentos cortos “Voló demasiado lejos” de Oscar Seidel, publicado en español y alemán en Amazon.

Por: Oscar Seidel

Texto Introductorio

Ante la avalancha de narraciones que quieren abarcar un gran universo, hay escritores minimalistas que prefieren partir de un microcosmos para narrar sus ficciones literarias. Estos escritores son, por lo general, modestos no solo en el arte de contar, sino también en su forma de narrar, que siempre es breve y económica. Este es el caso del narrador colombiano Oscar Seidel, quien se inició en la literatura con el relato corto, y hoy nos entrega su primer libro de cuentos cortos traducidos al idioma alemán. Seidel, cuyo abuelo fue un pionero de la educación en la ciudad costera de Tumaco (Colombia), nació en esta ciudad, bañada por las aguas del mar Pacífico, y donde los ancestros africanos, producto de la esclavitud y el cimarronaje, aún continúan vivos. Como nieto de alemanes afincados en el Pacífico colombiano desde principios del siglo XX, Seidel ha sido un escritor bifronte al que le ha tocado beber de la cultura europea y de la cultura de raíces afrocolombianas.

Tumaco, conocida como La Perla del Pacífico no solo por el brillo y la inmensidad de sus paisajes, sino porque en sus playas se encontró la perla más grande del mundo hallada hasta el momento, que nos ha dado deliciosos sabores, sonidos y colores; también es cuna de grandes escritores que en su poética nos han permitido entender procesos de resiliencia, mostrando —además— sus formas de lucha contra una violencia que los persigue más allá de sus costas. Así mismo, representan lo enigmático de la naturaleza y la unión del hombre con la misma, formando un alma terrígena.

Autor de los libros “En el mar de sus recuerdos”, “Max Seidel: El Pedagogo Alemán”, “El dulce olor de Puerto Perla”, “¿Hasta cuándo me persigues?” y “Contra el destino nadie la talla”. Así mismo, participa en la antología “La marea literaria del Pacifico” con su relato “Está pesado el ambiente”. También ha sido coautor de los libros “Que todo el mundo te cante”, y “100 palabras” del taller Palabra Mayor de Cali.

En los cuentos y relatos de Seidel abundan cuestiones e inquietudes enmarcadas en una dinámica mitológica. Su sentido literario está anclado en un entorno donde se unen las fuerzas de los seres imaginarios y reales. Es de admirar de este autor cómo elabora en un estilo fluido y llamativo su sensible versatilidad artística. Oscar Seidel hace vivir las memorias y los dinamismos de las acciones humanas que desfilan por el mundo de la fantasía regional junto con los cíclicos movimientos marinos, el correr de los ríos, y la enigmática selva, donde rondan sus personajes cuyas acciones se ajustan en aforismos, refranes y alusiones incisivas. Se percibe en sus escritos la visión sobre las fuerzas naturales que fluyen, se armonizan y se conservan unidos en el andar de la vida humana. Por lo tanto, Oscar Seidel entiende y exalta la cultura del Pacifico al unificar y sincretizar las vertientes raciales de lo negro, lo indio y lo europeo en una distribución de hombres y mujeres que traspasan el pasado y llegan al presente de diferentes formas y coexisten en las tradiciones religiosas, mágicas y filosóficas propias del Pacifico

            

                   ¿Hasta cuándo me persigues?

Por: J. Mauricio Chaves Bustos

La tercera edición en tapa blanda (Paperback) de 100 páginas ISBN-13: 979-8576616039, de la novela “¿Hasta cuándo me persigues?” de Oscar Seidel, fue editada en Amazon USA, el 05 de diciembre de 2020.

Texto Introductorio

No conocía personalmente a Oscar Seidel, nuestra amistad deviene de nuestro interés común por el Pacífico; él, desde sus entrañas, ya que por cuna y sangre viene de ancestros  tumaqueños, lo cual se avizora con sus sentidos escritos a través de las redes sociales y con sus libros; por mi parte, mi experiencia por casi dos años viviendo en el Pacífico nariñense, recorriendo los 12 municipios que lo conforman, me indujeron a escribir una serie de relatos y unas notas tratando de visibilizar lo oculto y de contextualizar lo que los parcializados medios de comunicación muestran al común de los colombianos. El Pacifico nos une, e hijos de nuestro tiempo, las redes sociales nos han acercado para forjar una amistad desde la palabra y el sentimiento social por un territorio ancestralmente olvidado.

Oscar nació en Tumaco en 1952. Terminó sus estudios de Ingeniero Industrial en la Universidad Tecnológica de Pereira. Se graduó de Especialista en Finanzas en la Universidad EAFIT de Medellín. Se inició como columnista de El País y Occidente de Cali, El Puerto y La Batalla de Buenaventura. Ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, de la Tarde y el Diario del Otún de Pereira, y del periódico virtual de Nariño Página10.com.

Novela ¿Hasta cuándo me persigues?: La economía es una de las virtudes de Oscar Seidel, esto recuerda la sentencia de la para fraseología popular: lo bueno, si breve, dos veces bueno, ya que el autor desarrolla 44 capítulos en 100 páginas, de tal manera que esa brevedad atrapa al lector de manera inmediata, queriendo seguir la lectura hasta encontrar el desenlace. La novela nos transporta a una ciudad y una región, a un lugar y a unos hechos que no nos son indiferentes: Cali y el Valle del Cauca en tiempos del Cartel. La trama transcurre en un hospital, con un médico que debe enfrentar las infiltraciones de la mafia a su sitio de trabajo, lo cual repercute

CAPITULO   1

La Sultana, diez años después.

¿Qué hago aquí mirando por la ventana de este sitio en el que no me puedo ubicar bien?

Siento en mi interior que tuve días muy agitados. Veo un diario personal en mi mesa de noche. Lo abro y empiezo a leer:

“Yo, Marcelo Marangoni, escribo estas páginas desde el hospital psiquiátrico de La Sultana, donde estoy internado. Me tienen con camisa de fuerza, pentotal y electroshock”.

— ¿Por qué enloquecí? —

No todas las personas que estamos internadas en un hospital psiquiátrico hemos perdido la razón; en ciertas circunstancias nuestra propia familia nos encierra al ver que no estamos lo suficientemente maduros para vivir en este mundo cruel. En otras son locuras hereditarias otras te las regala la vida y no sabes cómo luchar para sacártelas de encima; entonces sobreviene esta locura que no podemos resolver por nuestros propios medios, y es ahí cuando perdemos el

equilibrio, ese equilibrio que nos lleva a una cornisa peligrosa y nos hace perder la realidad. Yo creo que todos tenemos un poco de locura, nos contagiamos. Es una época donde todos queremos tener razón sin medir las consecuencias. También a alguien que sabe mucho le dicen que está loco, porque se suele admirar todo aquello que se sale de lo normal. Los largos pasillos del hospital psiquiátrico se han convertido en el hogar de muchos individuos que llegamos al hospital a través del servicio de urgencias, sin nadie que nos acompañe, y desorientados sobre nuestra procedencia y de otros pacientes que ingresan a la institución para tratar sus quebrantos de salud mental, pero que a lo largo de su tratamiento son abandonados por sus familiares y allegados.

El papel de la familia es vital. Los trastornos mentales de un paciente surgen de sus relaciones con su familia y su comunidad. En la medida en que una familia se apropie del problema, participe en el tratamiento y ayude a solucionarlo son mayores para un paciente sus posibili-dades de recuperarse. Ya sea total o parcial, el abandono genera dolor y sufrimiento, afirmó el psiquiatra.

Los pacientes como el médico Marangoni son conscientes de la negligencia de sus allegados, lo cual afecta en gran medida su recuperación y posibilidad de reintegrarse en la sociedad. En estos diez años solo ha sido visitado por su mamá. Al papá no lo conocemos, afirmó el director

CAPÍTULO 2

Han pasado unas semanas desde que abrí mi diario personal. Parece que hay buenas noticias: he sido llamado a la oficina del director del hospital, quien me muestra mi historia clínica y me explica que he estado con una patología mental desde hace diez años.

—Su abandono por parte de la familia se debió en mayor medida a los estigmas sociales de ellos frente a los trastornos psiquiátricos suyos— dijo el director.

—No ponga eso en mi historia clínica porque después no podré conseguir trabajo, ahora que están a punto de darme de alta— le supliqué.

—No se preocupe. Por ahora no está en capacidad de trabajar como médico.

—Señor director, ¿Qué va a decir la gente cuando me vean llegar a la Clínica Sagrado Cora-zón después de tanto tiempo ausente?

—Esa clínica desapareció hace algunos años, respondió el director.

— ¿Con qué cara voy a ver a mi familia? — le pregunté con preocupación.

—Su mamá conoce muy bien su nuevo estado mental, y lo visita con frecuencia—contestó.

La sociedad en general juzga la estancia psiquiátrica y genera exclusión, ignorando la gran responsabilidad que tiene en el surgimiento de enfermedades mentales.

—Señor director, creo que mi problema mental se debe en parte a los conflictos que tuve con mi papá—, le dije en ese momento de lucidez que gozaba.

—Tranquilo, doctor Marangoni, eso ya lo hemos constatado a través del test que le hicimos.

— ¿En mi inconsciencia, comenté en el test las historias de maltrato que él me proporcionó?

—Sí, doctor Marangoni, hemos concluido que en parte sus alteraciones en la relación parental, la disfunción familiar con su mamá, y el hecho de no haber tenido relaciones sentí-mentales con una mujer, son el resultado de esa ingrata experiencia.

—Presiento que tuve otro problema más grave para haber adquirido esta patología mental.

—Lastimosamente, usted se trastornó también por haber trabajado hace diez años como gerente

 de la Clínica Sagrado Corazón de Ciudad Central.

—Y ahora, ¿qué sigue?

—Para su tranquilidad le vamos a dar de alta, pero debe pasar al programa de atención y prevención, puesto que debe permanecer en la institución como paciente de la categoría de Estancia Social. Quiero informarle que su estancia aquí no quiere asumirla ninguna aseguradora de salud. Por lo tanto, el hospital psiquiátrico asume estos costos, puesto que tenemos una función de cuidado que no vamos a abandonar— afirmó el director.

— ¿Quiere decir que no voy a mi casa?

—Todavía no puede salir.

—Pero ya estoy sano y empiezo a recordar todo lo que me sucedió antes de hospitalizarme.

—¿Qué voy a hacer?

—Dedíquese a escribir sus memorias— concluyó el director.

“En la actualidad no se busca la hospitalización prolongada. La psiquiatría moderna no busca encerrar y aislar al médico Marangoni, sino tratarlo lo más cerca posible a su entorno, porque los lazos y vínculos cercanos ayudan. De manera que vamos a fomentar la autonomía personal del paciente, la integración a la comunidad y se le permitirá convivir en un medio más ajustado a su condición”, fue el dictamen clínico de la junta médica de psiquiatría”.

Pienso que hay muchos momentos en los que el ser humano se enfrenta a la locura, tanto de la de los otros como a sus propios demonios.

CAPÍTULO  43

No había más de otra. Tuve que decirle al mago y al psiquiatra que me acompañaran la noche del martes. Iba a citar todos los espíritus para que de una vez definiéramos la situación. O, ellos seguían con su joda de asustarme todas las noches, o entre los tres les aplicábamos una contra para que descansaran por siempre.

Tres días antes de la cita, solicité a todo el personal de vigilancia nocturna que se protegieran en la sala de Urgencias porque iba a enfrentarme a los demonios. Sugerí que ojalá el personal médico y los conductores de ambulancias no se percataran de lo que pretendía hacer.

—Bien, mis queridos amigos, aquí estoy para que dialoguemos— les dije.

Un silencio profundo imperó en el pasillo; nadie me respondió. Decidí trasladarme a la sala de cirugías en la cual no se habían programado procedimientos.

—Hola, ¿hay alguien por ahí? — pregunté.

Lo único que escuché como respuesta fue el viento frío que a esa hora ventilaba la clínica.

Tomé la decisión final de ir a los almendros que estaban a la entrada de la clínica, y que ca-sualmente fue lo primero que observé con extrañeza, el día que asistí a posesionarme del car-go de gerente de la Clínica Sagrado Corazón. En ese momento recordé que había visto caras de seres humanos en sus hojas.

—No sean hijos de puerca, yo sé que todos ustedes están ahí. Salgan que necesito hablarles para que arreglemos este asunto de una vez por todas.

—Ja, ja, ja, no se ponga bravo, mi doctor Marangoni. Enseguida bajamos, y nos reunimos todos.

 CAPÍTULO 44

Aquel martes por la noche, las ánimas, el psiquiatra, el mago y yo, nos reunimos. Fue aterra-dor volver a encontrarme con Socorro Lozano, Ulises Volverás, Elena Cardona, la mamá y el papá del bebé, el ginecólogo, el anestesista Mosquera, el Pájaro, el chofer de la ambulancia, la gorda de las cirugías estéticas, y muchos más cuya lista sería muy larga de enumerar.

El mago empezó con el ritual de la evocación, trazando el pentagrama mágico que lo protegi-era, del que no debía salir hasta que el ánima no hubiese sido despedida, y apoyado con los libros de San Cipriano y el Picatrix para canalizar las energías ocultas de los planetas y las estrellas, y poder llegar a la iluminación. El Picatrix era quizás el más notorio de todos los libros de magia blanca, por la obscenidad de sus recetas. Enseguida llamó a todas las ánimas presentes para que cada una manifestara cuáles eran sus deseos.

Una vez que las ánimas pidieron sus deseos, el mago procedió a la invocación, utilizando un amuleto hecho con la pata de una vaca. Cuando consiguió de cada una de ellas una descrip-ción precisa para conseguir sus objetivos, se despidió. Enseguida el psiquiatra les preguntó a las ánimas si se sentían bien. Todas respondieron que sí, y que no volverían a aparecer, siem-pre y cuando les cumplieran sus deseos, que solo los tres sabíamos cuáles eran, y que juramos no contarle a nadie.

Aquella noche del martes fue la primera de las muchas más que pude dormir tranquilo.

 

Libro de cuentos y minicuentos “Contra el destino nadie la talla” de OscarSeidel, publicado en Amazon.

Por: Moro Manzi    

El escritor Oscar Seidel es de los pocos cuentistas del Pacifico que con bastante intensidad ha narrado la vida de los habitantes del litoral. De sus vivencias de la niñez y de la juventud en Tumaco, su pueblo natal, y de la Oralidad trietnica que escuchó, logró relatar historias reales y fantásticas en una serie de cuentos largos, breves y minicuentos, sobre el drama, la desolación y el olvido de estos seres de su región.

Un título bien traído para unos 28 cuentos largos, 09 breves, y 37 minicuentos que se presentan de manera condensada de acontecimientos inventados, realistas o fantasiosos, pero todos ellos creados con agudeza y gracia, a lo largo de un libro de 103 páginas.

Los Cuentos se enmarcan en la cotidianidad, aquel carácter repetitivo que hace que muchos seres humanos, enemigos de la vida común, conviertan sus existencias en un lugar de confrontaciones próximas a cualquier neurosis callejera, como lo narra en «Contra el Destino nadie la talla». Los cuentos parten de un acto de ficción, que, por estar escritos de manera argumental y sencilla, despiertan una reacción emocional en el lector, al punto que mentalmente vuelve a recrear las situaciones vividas.

En el cuento «El licor hace bailar», recrea un personaje grato a la memoria como es Johnny Walker con su sombrero y bastón, a quien hace bajar de su viñeta de papel adherida a la botella de Whisky, para conminar al corroncho Daza. Y remata con el símil anterior, al pretender que el volcán Galeras erupcionara ante la ebriedad de un paisano que no soltaba la botella de aguardiente. Narración imaginativa en grado singular, porque rescata de una imagen una acción inesperada llena de sorpresa y verosimilitud.  Otras veces, es la fantasía

que recrea un mundo prolijo de poderes para mitigar retrasos mentales, cuyo crecimiento natural se trastoca por la falta de sueño, y crea extrañas reacciones que entorpecen el ritmo y tono de su estirpe, como lo narra el autor en «No podía dormir».

Los cuentos breves, según se sabe son conocimientos que se transmiten en detalle, respecto a cortos hechos: como el cuento, también busca un mayor impacto en menos palabras, donde los acontecimientos se suceden alrededor de un personaje que genera identidad. De allí que en sus cuentos breves «Está pesado el ambiente», «Si no hubiese apretado el gatillo”, “El silencio de la selva» y «Con señas» los personajes son identificables con características propias.

Los Minicuentosotro género literario que maneja con propiedad el autor, narran en pocas palabras sucesos de Historia Universal; Boleros; El Puerto de Buenavista; Superhéroes; del Alma; Abogados, y Sueltos.

Invito a los lectores a ser parte de estas historias.


“Pedro Páramo y Cien Años de Soledad marcaron mi estilo literario”: Oscar Seidel Morales

Por Albeiro Arciniegas

La oralidad del Pacífico resulta fundamental en la formación literaria de Oscar Seidel Morales, escritor nariñense nacido en Tumaco, autor de libros de cuentos y novelas y columnista de varios medios del interior del país, quien reside en Cali y cuenta con una formación profesional en Ingeniería Industrial.

José María Obando escribe: “Los cuentos de Oscar Seidel Morales nos conducen por los laberintos culturales del Pacífico, dentro de los cuales los seres humanos se mueven en progresión sicológica de sentimientos e ideales que forman la mitología y los arquetipos expresivos del alma terrígena”.

Y es quizá esa visión que rescata, recrea y brinda voz a la gente y la mitología del Pacífico nariñense uno de los mayores aportes de este singular escritor que trabaja largas jornadas diarias con la convicción de quien sabe lo que hace y consolida una obra literaria sobre la cual es conveniente volver los ojos para valorar en su real dimensión a los creadores nacionales.

Dialogamos con el autor en una entrevista que permite aproximarnos a la vida y la obra y el pensamiento de este importante intelectual nariñense.

Maestro Oscar Seidel, después de los años, ¿cómo recuerda al Tumaco de su infancia?

Los que nacimos al lado del mar quedamos marcados para siempre con la fantasía, y con la vivencia de una niñez hermosa, llena de juegos infantiles, deportes, amigos, y bailes. Pasábamos tiempos interminables nadando y montados en balsillas con las que surcábamos el mar en distancias cortas. Pescábamos en los muelles, y jugábamos futbol en la calle hasta el cansancio. No había diferencias de etnias, todos éramos amigos.

Nuestras primeras vivencias con la ficción provienen de la Oralidad del Pacifico. En las no-ches, antes de acostarnos, oíamos de los nativos cuentos sobre el riviel, la tunda, el maraveli y el duende. Le tenía miedo a la oscuridad y a los incendios que eran frecuentes en la isla.

Usted es Ingeniero Industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira, ¿qué factores intervi-eron en su vida para que terminara seducido por la literatura?

Cuando terminé mis estudios de ingeniero industrial en la universidad tecnológica de Pereira empecé a trabajar en la misma ciudad. Aquí tuve la oportunidad de comenzar a escribir columnas de temas económicos en el periódico La Tarde. Luego en Cali hice contactos para escribir artículos en la Pagina Económica del periódico El País, y en la Pagina Ejecutivos del diario Occidente. Por mi actividad laboral en Buenaventura empecé a escribir temas de opinión y relatos basados en la oralidad del Pacifico. Mucho tiempo después logré pensionar-me, y decidí no trabajar más en mi profesión e ingresar a talleres de escritura en el 2016. Desde ese tiempo me publicaron cuentos y relatos en El Magazín de El Espectador y en revistas internacionales. Con mis cuentos y relatos quedé finalistas en varios concursos internacionales.

Sus lecturas de formación, autores preferidos y, ¿por qué?

Los libros que marcaron mi estilo literario fueron Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo; la

novela Cien años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez, y La Peste del francés Albert Camus. Influyeron mucho, por la ficción que encontré en ellos, y porque en dos de ellos hablaban los muertos, algo parecido a los cuentos del Pacifico.

¿Para qué se escribe literatura en una sociedad mercantilista y utilitaria como la nuestra?

Escribo por placer y no por devengar ingresos económicos. Lo que más me gusta de escribir es que desahogo muchos mitos y leyendas que me han acompañado siempre, y mi mayor satisfacción es que le guste por lo menos a un lector.

¿Qué aprendizaje le dejó su labor dentro del periodismo de opinión?

Escribir una columna de opinión tiene la desventaja que no se puede ficcionar. Hay que ser muy preciso en los conceptos, y tener la certeza de poder defender con bases ciertas lo que haya narrado.

Hablemos sobre sus primeros libros y temáticas.

Mis primeros libros en orden cronológicos son el libro de cuentos y relatos, En el mar de sus recuerdos, en cuya temática se percibe la visión antropomorfa de las fuerzas naturales que fluyen, se combina y son operantes en el discurrir de la vida humana. En él exalto la cultura del Pacífico al fusionar y sincretizar las vertientes raciales de lo negro, lo indio y lo europeo. Un libro biográfico, Max Seidel, el pedagogo alemán, que es la recopilación de testimonios sobre el señor Max Seidel, un ciudadano alemán que fue educador de primer orden: sintomático, imaginativo y soñador como el alma del Pacífico sur; de un carácter y fisonomía admirables. En su patria fusionó la herencia alemana con la realidad del nuevo hombre del Pacífico. Su objetivo fue formar mejores seres humanos. Mediante la educación buscó el mejoramiento moral y material de los ciudadanos, sin ninguna clase de discriminación. Nunca se vanaglorió de hablar o habló en primera persona de lo que hacía, ni quiso sacarle provecho monetario. Se disgustaba con los zalameros que querían hacerlo víctima de sus alabanzas y sus aplausos.

¿Y sus novelas?

El dulce olor de Puerto Perla, con que inauguro un estilo basado en la economía de la palabra, atrapando al lector de manera inmediata en la lectura del texto. La trama transcurre en el puerto de Tumaco, conocida también como La Perla del Pacífico, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, La náusea de Sartre, utiliza-da más como una antinomia, ya que en Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda; al igual que en La Peste de Camus, el autor en la trama pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los politicastros que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando la verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos, una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos de Tumaco, de Nariño y de Colombia, por no ir más lejos. La novela, “¿Hasta cuándo me persigues?”, obra de tan sólo 84 páginas que logra condensar historias de toda índole en un hospital; historias de amor y desamor; narcotráfico y asesinatos; pornografía y politiquería y tráfico de influencias; médicos inescrupulosos y antiéticos; locos y fantasmas. Y, finalmente, la novela En busca de la semilla, que comienzo a promocionar.

Usted cuenta con un horario muy estricto de trabajo, ¿cuánto tiempo le dedica al oficio y cómo hace para renovarse cada día?

Mi jornada de trabajo literario de lunes a viernes es de 8.0 a 11.0 de la mañana, y de 2.0 a 5.0 de la tarde. Le dedico tres horas a la lectura diaria. Veo películas sobre documentales en Net-flix. No observo noticieros, y leo los periódicos virtuales de una manera rápida.

¿Cómo observa el actual panorama de la literatura colombiana?

Está dominado por las grandes casas editoriales extranjeras. Hay pocos concursos literarios, y en los de novela, sobre todo, están ganando los mismos tres escritores en estos últimos años. Casi no existen talleres para aprender a escribir novela. En Cali, hay en el año unos tres talleres para aprender a escribir cuentos y relatos.

¿Y la literatura de su departamento?

En Nariño la literatura está muy estancada por la falta de oportunidad del escritor para publicar y promocionar sus obras literarias. Existe sólo el concurso de cuentos de la Fundación Gabriel García Márquez de Pupiales, y el concurso de minicuentos de la revista Alebrijes de Pasto. La Imprenta Departamental no imprime ningún libro, mientras que en los otros departamentos es un excelente motor cultural. Los medios de comunicación radial, televisión, impreso y virtual, no le dedican mucho espacio a la literatura, salvo, contadas excepciones. En Tumaco celebramos cada año el conversatorio La marea literaria, evento literario de dos días, gracias al apoyo de los gestores culturales José Carabalí y Jefferson Sánchez. Recibimos ayuda del sector hotelero como Villa del Sol, y apoyo logístico de la Cámara de Comercio y algunos comerciantes locales. En cuanto a eventos literarios podemos destacar La Feria Internacional del libro de Pasto e Ipiales dirigido por Mariela Guerrero. Gracias a la gestión que hicimos un grupo de escritores con el Ministerio de Cultura de Colombia, esperamos realizar en el 2021 la Feria Internacional del libro de Tumaco, dependiendo de manera administrativa de la organización de Pasto. Nariño es de los pocos departamentos que no tiene stand propio en la Feria Internacional del Libro de Bogotá-FILBO. Los escritores oriundos de esta región debemos presentar nuestros libros a través de casas editoriales.

Un consejo difícil, ¿qué les puede decir usted a los jóvenes que sueñan con ser escritores?

Hay que leer mucho antes de escribir. Deben practicar la comprensión de lectura. A escribir solo se aprende escribiendo todos los días. Hay que tener disciplina para sentarse al frente del computador de manera periódica. Si el joven tiene en su mente historias que contar, tiene un camino bien despejado para narrar con facilidad.

Al final de cuentas, ¿cuáles son las satisfacciones que le ha dejado la escritura?

Escribir es una las ocupaciones más bellas de la vida. Así como están los sinsabores de las críticas destructivas, también existe compensaciones como la admiración y agrado que le causan al lector sus textos literarios.

Una invitación final para los jóvenes, ¿por qué es importante leer?

Porque leer abre la mente a espacios, tiempos y lugares que no se imaginan. Leer es meterse en el cuerpo del autor y compenetrarse con la trama, los personajes y los desenlaces de la obra literaria. Hay que leer cinco veces antes de escribir.

 

 El dulce olor de Puerto Perla, un libro

premonitorio de la pandemia

Por: Vicente Pérez Silva

De la cruda descripción de una epidemia de ayer, a la realidad de la que ahora aflige a la humanidad.

Definitivamente, este flagelo del Coronavirus nos ha alterado y trastornado todo, menos nuestra capacidad de amar y pensar, de soñar y laborar. Ni qué decir de nuestros proyectos y compromisos intelectuales y académicos, de nuestros escritos, de los diálogos con nuestros amigos, de nuestras lecturas. Y entre estas, a la que ahora me refiero, desde luego, con la expresión de mi gratitud al autor, “tarde, pero a tiempo”. Tener en mis manos el libro de Óscar Seidel El dulce olor de Puerto Perla (Madrid, España, agosto de 2018) y disfrutar sin respiro de tan agradable lectura, todo fue uno. Un libro de singular ocurrencia en el mundo de las letras, por la originalidad del tema, por las vivencias espeluznantes de su descripción, por la agilidad, colorido y naturalidad de su estilo; por la brevedad de cada uno de sus capítulos. Una descripción que con mueve y nos mantiene en vilo. En una palabra, la narración de un insuceso que golpeó con furia inclemente la vida tranquila y rutinaria de un pueblo.

Infortunadamente, esto ocurre en Tumaco, puerto en la Costa Nariñense del Pacifico, un lugar de todo nuestro afecto y de nuestros más gratos recuerdos (Sitios que yo recorrí de ardorosa virtud, cuando loco perdí mi fugaz juventud…). Pero, además, la tierra nativa de mis inolvidables amigos Guillermo Payán Archer, poeta del mar, íntimamente unido a su Bahía iluminada; Luis Antonio Sevillano, cantor de su raza y cultivador de la poesía negra; Blanca Ortiz, que nos embruja con su Puerto de Romances; y Óscar Benítez del Hierro, mi compañero del colegio, en Pasto, amigo del alma, autor de novedosos cuentos de encanto terrígeno. Para mencionar a penas los amigos que se adelantaron en la jornada.

Sin continuar en esta tónica de gratísimos e inolvidables recuerdos, tornemos al motivo de esta satisfacción y reconocimiento. La magia de un libro premonitorio que nos madrugó con “la pandemia del mal olor en la isla”, y como consecuencia de tan desagradable epidemia, “la declaración de emergencia y aislamiento del puerto, el sometimiento a una cuarentena, el encerramiento en sus casas de los enfermos; las enfermedades pulmonares y los muertos que se multiplicaban en los cuatro extremos de Puerto Perla, como si el viento prendiese y activase los incendios en las narices y bocas de todos…”. Todo esto, sin que faltase “el aprovisionamiento de máscaras antigases para protegerse de la fumigación y del hedor, y de los tapabocas para respirar…”. En fin, por causa de “esta epidemia del mal olor se determina cerrar las entradas al puerto por tierra, mar y aire”. En medio de tanta desesperación, “cunde el pánico colectivo”.

Entre el fragor y el sopor de esta situación, las autoridades municipales y las del servicio de salud hacen todo lo que pueden y peor, lo que no pueden ni está a su alcance. Entre tanto desconcierto, el personero municipal emite un detenido informe, en el que concluye “con una verdad a medias”: El efecto final es que “esta epidemia, pandemia, peste, desgracia, o como lo quieran llamar, no tiene cura inmediata, porque una vez esparcido el germen en el medio ambiente, este tardara años en eliminarse. La preocupación sobre las consecuencias a largo plazo a esta exposición tóxica puede ser la responsable de la sensación permanente de impotencia. Y aunque se tomen medidas de precaución ante esta peste, poco se puede hacer.

En conclusión, nada que extrañar. Guardadas proporciones, quien lo creyera, entre la particularidad del lugar en donde ocurre una epidemia y la universalidad de la otra, en el fondo, no acontece más que una pura y simple coincidencia; de aquellas que cuando uno menos lo piensa y espera le deparan los inescrutables designios de la naturaleza o del imaginario.

Amigo Óscar Seidel, escritor y tumaqueño de pura cepa:

Entre el discurrir de tantas desventuras y sin sabores, de tantos sobresaltos y desvelos, no resisto la tentación de traer a la memoria la tan sentida exhortación que, a propósito de Tumaco, nos hace el sabio Miguel Triana, en su maravillosa obra Por el Sur de Colombia (París, 1908); exhortación que alienta nuestras vidas, conforta nuestras adversidades y estimula nuestros sueños.

La isla de Tumaco es un símbolo fiel de la vida del hombre, siempre agitada por los caprichos de una fortuna tornadiza. El hombre lucha por fijar su suerte, anheloso de sosiego, aunque sea enclaustrándose en la paz de la tumba, y la islita pide que se le amurallen sus orillas, aun-que con ella pierda la providencia del mar que le dio la vida y le ofrece a diario cuantas manifestaciones de ternura puede ofrecer a sus hijas este monstruo escamoso y soberbio. Cerrar, como propusimos el canal por donde entra la fuerza viva del mar, es encerrar la encantadora isla de los alelíes en un convento.

Se queda uno pensando al ver la ola que destruye lo que edifica, en que la vida es únicamente la lucha estéril con la muerte. Dejar de luchar es morir. Donde quiera que hay conflictos surge un resplandor vivificante. Únicamente alientan los que expiran; sólo gozan los que sufren; sólo poseen los que anhelan. ¡Ah de los que llegan al puerto! ¡Infelices los que conquistan el ensueño y lo poseen en su quimérica nada!

 

 Escritor tumaqueño, Oscar Seidel Morales, es El personaje 10 del día. L

Por J. Mauricio Chaves Bustos

No conozco personalmente a Oscar Seidel, nuestra amistad deviene de nuestro interés común por el Pacífico; él, desde sus entrañas, ya que por cuna y sangre viene de ancestros tumaqueños, lo cual se avizora con sus sentidos escritos a través de las redes sociales y con sus libros; por mi parte, mi experiencia por casi dos años viviendo en el Pacífico nariñense, recorriendo los 12 municipios que lo conforman, me indujeron a escribir una serie de relatos y unas notas tratando de visibilizar lo oculto y de contextualizar lo que los parcializados medios de comunicación muestran al común de los colombianos. El Pacifico nos une, e hijos de nuestro tiempo, las redes sociales nos han acercado para forjar una amistad desde la palabra y el sentimiento social por un territorio ancestralmente olvidado.

Oscar nació en Tumaco en 1952. Terminó sus estudios de Ingeniero Industrial en la Universidad Tecnológica de Pereira. Se graduó de Especialista en Finanzas en la Universidad EAFIT de Medellín. Se inició como columnista de El País y Occidente de Cali, El Puerto y La Batalla de Buenaventura. Ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, de la Tarde y el Diario del Otún.

¿Hasta cuándo me persigues? (2019) La economía es una de las virtudes de Oscar Seidel, esto recuerda la sentencia de la para fraseología popular: lo bueno, si breve, dos veces bueno, ya que el autor desarrolla 44 capítulos en 100 páginas, de tal manera que esa brevedad atrapa al lector de manera inmediata, queriendo seguir la lectura hasta encontrar el desenlace. La novela nos transporta a una ciudad, a un lugar y a unos hechos que no nos son indiferentes: la Cali en tiempos del Cartel. La trama transcurre en un hospital, con un médico que debe enfrentar las infiltraciones de la mafia a su sitio de trabajo, lo cual repercute en su vida privada y, finalmente, en su salud, ya que termina por enloquecer. Los personajes tienen una secuencia maravillosamente lógica y una psicología que termina por singularizarlos, cosa algo difícil en el campo de las letras, sobre todo cuando vemos que la novelística es una incursión reciente en Oscar Seidel.

Es una novela que rompe con los prototipos a los que nos tienen acostumbrados la mala televisión colombiana cuando se trata de llevar obras de la literatura a este importante y abusado medio de desinformación; aquí el narcotráfico se vuelve un actor más, siendo las consecuencias las que se relatan en los capítulos, sobre todo la angustia del protagonista, quien termina por volver fantasmas a esas circunstancias, que van más allá de sus propios miedos; ahí ese protagonista subyacente se camufla como parte de la cotidianidad, sus actos son tenidos como comunes, como parte de la vida diaria. Un gran análisis y un aporte literario importante sobre un punto de vista ético respecto al amarillismo y al barroquismo, tan usados en este tipo de narraciones sobre nuestra realidad nacional.

El libro presenta un gran inconveniente: la mala edición con que fue tratado. Entendemos que le corresponde al editor revisar la maquetación de la tripa, es decir revisar si los párrafos quedan en armonía con el libro como conjunto, en este caso los párrafos entrecortados son muchísimos, lo que afecta la lectura y afea el texto de por sí.

El dulce olor de Puerto Perla (2018). Su primera novela, inaugura el estilo en el uso de la economía de la palabra que emplea su autor, atrapando al lector de manera inmediata en la lectura del texto. La trama transcurre en el puerto de Tumaco, conocida también como “La Perla del Pacífico”, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, “La náusea” de Sartre, utilizada más como una antinomia, ya que en Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda; al igual que en La Peste de Camus, el autor en la trama pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los politicastros que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando la verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos, una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos de Tumaco, de Nariño y de Colombia por no ir más lejos.

El aislamiento también cobra cuerpo dentro de la esencia de la trama de la novela de Seidel, como una actitud autoimpuesta en primer lugar, quizá una crítica a la endogamia de las castas politiqueras de la región Pacífica nariñense, una actitud que luego se extiende y se impone de afuera, por parte de los gobiernos centrales, una crítica también al mal manejo político que se ha hecho con la región desde Pasto y desde Bogotá; esto, no impide acusar a los habitantes de Puerto Perla, cuya culpabilidad la buscan dentro de los mismos habitantes, especialmente de los pordioseros y menesterosos, cuando la peste finalmente la tienen todos, sin excepción alguna.

La realidad y la ficción se entrecruzan en el detenido y austero relato que hace su autor, no es difícil imaginar las críticas que van y vienen detrás de los escenario y los personajes que Seidel maneja con atinado acierto, no en vano en uno de los capítulos se señala que las tres catástrofes que ha padecido Puerta Perla son los incendios, el tsunami y el actual Personero, tres verdades manifiestas dentro del historial para quienes husmeamos y curioseamos los anaqueles del pasado del territorio narrado, donde convergen comerciantes usureros, guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, sin que se excluyan entre sí, para finalmente quedar las islas desiertas, esperanzados con que la briza marina termine por eliminar la pestilencia de los seres humanos.

Es un libro bellamente editado, muy bien cuidado, entendiendo que el libro como objeto tiene que decirle también algo al lector. Este libro logra un total equilibrio entre forma y contenido, que realmente da gusto leerlo y releerlo.

 Max Seidel. El pedagogo alemán (2017). Aquí Oscar Seidel actúa como compilador de una serie de artículos de diferentes autores y una recopilación de datos tomados de entrevistas y de testimonios de quienes conocieron al profesor Max Seidel. Lo anterior da pie para que el texto no tenga una linealidad en su conjunto, la intensidad fluctúa mucho y la lectura toma diferentes matices. Considero que hubiese sido mucho mejor tomar todos esos textos y agruparlos desde un solo relato o una sola crónica bajo la óptica y la pluma de su autor, que ha dado muestras de originalidad en los temas, pulcritud en el lenguaje y tino en las descripciones.

José María Obando Garrido escribe el texto titulado El pedagogo alemán, donde se hace una descripción de la vida del profesor Max y del territorio que lo acogió; el lenguaje es un tanto anquilosado, con un barroquismo que a veces cuesta digerir y con el uso del conservadurismo del lenguaje que parece desatinado para estos tiempos. Hay un párrafo que se presta a equívocos, dice en la página 14: “Tumaco en la independencia entregó la vida de dos héroes al altar de la Patria: Rosa Zarate de Peña y Nicolás de la Peña”, es necesario aclarar que estos dos patriotas, fusilados en Tumaco el 4 de julio de 1813, son de origen quiteño, y que habían huido de ahí perseguidos por Toribio Montes, acusados de favorecer la llamada Revolución de los Marqueses y de formar parte de los conjurados a favor de la Independencia de España. Sus cabezas fueron cercenadas, conducidas a Quito y sus cuerpos enterrados en la Iglesia de Tumaco, donde suponemos aún deben reposar.

De José Rivera Posada se toman dos largos fragmentos de la novela Pelea de tiburones (2010). Contrario al estilo de Oscar Seidel, breve y diciente, estos textos son largos y algo tediosos, sobre todo el segundo, donde se narra el idilio que surge entre el pedagogo alemán y quien sería luego su esposa, Emma Márquez; se utilizan los clichés propios del romanticismo empleados por un adolescente enamorado, las mismas figuras y las mismas pantomimas que podemos encontrar en cualquier texto de este matiz.

Álvaro León Benítez Acevedo aporta con el texto Educador Ejemplar. Se dice lo ya dicho, el origen del profesor Seidel y las circunstancias de su llegada al puerto nariñense.

Moro Manzi Benítez contribuye con los textos: Estudiamos frente al mar y Comentario de un liceísta; y el poema Seidel. Los dos textos pudieron unificarse, darle una unidad y conservar el sentido que se emplea para ambos. Se describe bellamente el escenario donde profesó su labor el pedagogo Seidel, la escuela, tan bien relatada que nos transporta a las aulas y a los patios del Liceo por él fundado, así como los aportes pedagógicos que innovaron la educación del territorio. Dos textos cortos y muy agradables.

El poema de Manzi, junto con el de Helena Jiménez, aportan desde un ángulo diferente al sentimiento que despierta Max Seidel sobre sus agradecidos alumnos y habitantes del puerto. Igual percepción tenemos de las anécdotas, que humanizan a lo que a veces se endiosa y divi- niza lo que a veces se toma por trivial.

De lo que si estamos seguros es que el libro cierra con broche de oro, el texto Mi corazón solo pertenece a esta bandera y a este suelo, del reconocido escritor santandereano Víctor Bustamante. La relación que hay con Max Seidel es la nacionalidad, prusiana, de quien narra el texto en primera persona, quien debe huir y vagar por los acontecimientos que desata la Segunda Guerra Mundial. El hermoso texto describe el sentido cosmopolita de quien encuentra su patria y su bandera en el lugar que lo recibe, tal y como debió sentirlo Max Seidel, a tal punto que retorna a Tumaco después de su periplo por Europa durante la Primera Guerra mundial, en donde fungió de profesor de sus compañeros presos en una pequeña ciudad inglesa. Aquí los sentimientos encontrados relatan la psiquis del paria, de quien retorna, pero ya no encuentra lo suyo, donde todo le es ajeno. Prusia, la Alemania oriental y la Alemania occidental, la Alemania unificada, en fin, saberse ajeno y ciudadano del mundo a la vez. En conclusión, un texto escrito con la pulcritud de quien ha tomado el oficio con la conciencia de saberse un creador.

 

 Escritor Tumaqueño, Óscar Seidel Morales, es “El personaje 10 del día.

Por: Jorge Luis Congacha Yunda

Oscar Seidel Morales nació en 1952 en Tumaco-Nariño. Es Ingeniero Industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira (1977), especialista en Finanzas de la Universidad EAFIT (1980). Fue colaborador de los periódicos: El País y Occidente de Cali, El Puerto, La Batalla, y El Chimbilaco de Buenaventura. Igualmente, ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, en donde le han publicado cuentos y relatos, y de La Tarde y el Diario del Otún sección Las Artes de Pereira.

Seidel es autor de los libros: En el mar de sus recuerdos, Max Seidel El Pedagogo Alemán, y El dulce olor de Puerto Perla. Coautor de los libros: Que todo el mundo te cante, “100 pala- bras» del taller Palabra Mayor de Cali.

Durante su actividad estudiantil, Óscar Seidel, recibió la Medalla a la Excelencia al mejor alumno del Liceo Nacional Max Seidel de Tumaco en 1968. En su vida profesional fue con-decorado como el Mejor Ejecutivo del Año (Cámara Junior de Colombia de Buenaventura, 1986).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    

 

                         

 

                            OSCAR SEIDEL

           OBRA LITERARIA EN

            EL DIARIO DE PEREIRA

              SECCION LAS ARTES

“En busca de la semilla”, una novela paradigmática

 Prólogo por: Carlos Vásquez – Zawadzki    

 En busca de la semilla se estructura desde la voz omnisciente de un narrador plural en tercera persona –a través de cuarenta capítulos–, narrador que visualiza, produce semióticamente y ordena ante los lectores de la última novela de Oscar Seidel –en su imaginativo telar narrativo— los procesos de enunciación y de enunciado de dos historias escritas en contrapunto creativo.

Primero, la historia de Francisco Pizarro y sus tres expediciones e invasiones en el Mar del Sur hacia la conquista del Perú: 1524-1525, 1526-1527, 1531-1533, la destrucción del Imperio Inca y la configuración de un Virreinato español en el Nuevo Mundo, historia que se extenderá a sus sucesores, después de su asesinato en manos de Almagro, el Mozo.

De igual forma, la historia inenarrada hasta el presente de la real y legendaria Isla del Gallo, en el Litoral Pacífico Colombiano, cerca del puerto de Tumaco, en donde Pizarro habría tomado la decisión de conquistar Birú (el reino Inca) y trece de sus compañeros –denominados— de la fama, lo habrían seguido en la aventura. La Isla del Gallo sería el escenario también de los primeros mestizajes en el Mar del Sur, en los genes y descendencia de Martín Rodríguez y Juan García, con indígenas Sindaguas.

A su vez, en cuanto a los procesos de enunciación se refiere, Seidel y su narrador omnisciente –proponíamos, contrapuntísticamente— informan y construyen de manera estratégica (el narrador es un estratega al narrar y configurar tensión y suspenso en el relato, en la perspectiva de E. A. Poe), la historia del profesor y luego escritor de la novela En busca de la semilla, Alcibíades García, su esposa Eloísa y sus hijos Argimiro y Florinda, quienes viven en el tiempo de la escritura de la novela en España, buscando sus orígenes en Extremadura, trabajando y estudiando.

                                                                                                                              

Alcibíades García, jubilado y novelista                                                                     

Profesor, ahora jubilado de la Cátedra de Historia Hispanoamericana y de la Universidad Católica del Pacífico, despierta un día cualquiera con la certeza de tener “algo valioso en su memoria que le habría inquietado toda la noche”: no saber a qué dedicarse en su retiro. La pesadilla, lo llevará a tomar una preclara decisión: escribir “la mejor novela sobre el Pacifico”. En el puerto, en su casa, utilizando una vieja máquina Underwood, en la mesa frente de la ventana con vista a la playa, Alcibíades García, quien sufre de una rara enfermedad que limita sus horas de escritura, gestará su propia historia familiar y las historias de Pizarro y la Isla del Gallo, como también explicitará el proceso de escritura (en abîme, historias dentro del relato) de su novela.  

Procesos de enunciado                                                                                                                        

En contrapunto, las voces se enuncian sabia y placenteramente. En el telar narrativo, las voces (de Pizarro, Alcibíades), la anónima histórica, la de los textos investigados por Eloísa sobre la conquista del Perú y sobre el mismo Pizarro, transcritas en el relato por Alcibíades, la de la hija del profesor y escritor), se entretejen Lineal y ‘Tabularmente”.                                                

Lineal, la biografía, acontecimientos, los tres viajes de Pizarro al Perú, la conquista del Imperio Inca, su desaparición y dominio por los españoles, el gobierno del conquistador, los enfrentamientos con Almagro y su muerte a manos de su hijo, la descendencia y sus vidas en el Virreinato y en España. Lineal así mismo la vida de Almagro, compañero de Pizarro en Panamá y contendor en Perú.

‘Tabularmente’, en cuanto se entretejen a las historias lineales el buque fantasma, llamado Maravelí (al final, conducido por los mismos Pizarro y Almagro), surcando el Mar del Sur, desde la Isla Gorgona, sin puertos ni tiempo cronológico. Como también, la biografía trágica del francés Rivière y su posterior leyenda en el Litoral Pacífico.

El cierre narrativo del proceso novelesco

La rara enfermedad (¿la buba?), termina haciendo estragos en el cerebro de Alcibíades. Ocurre su deceso. Eloísa leerá a sus familiares los dos últimos párrafos de la novela alusiva a Pizarro: «Después de 300 años, exhumaron los restos en la Ciudad de los Reyes. Al abrir la urna encontraron una momia que no lo representaba».

De otra parte, la revaloración actual por parte de España sobre los conquistadores del Mar del Sur y del Nuevo Mundo. Y en América, la calificación de aquellos como “genocidas que habían destruido a punta de arcabuces las fértiles culturas previas a la llegada de los invasores”. El cierre de la novela es, de igual forma, contrapuntístico.

La novela de Oscar Seidel En busca de la semilla, en nuestro concepto, es una obra paradigmática, estética y narrativamente. Un aporte significativo a las letras del país y de Iberoamérica.

 

 

 

 

 Libro de cuentos cortos “Voló demasiado lejos” de Oscar Seidel, publicado en español y alemán en Amazon. GER

 Ante la avalancha de narraciones que quieren abarcar un gran universo, hay escritores minimalistas que prefieren partir de un microcosmos para narrar sus ficciones literarias. Estos escritores son, por lo general, modestos no solo en el arte de contar, sino también en su forma de narrar, que siempre es breve y económica. Este es el caso del narrador colombiano Oscar Seidel, quien se inició en la literatura con el relato corto, y hoy nos entrega su primer libro de cuentos cortos traducidos al idioma alemán. Seidel, cuyo abuelo fue un pionero de la educación en la ciudad costera de Tumaco (Colombia), nació en esta ciudad, bañada por las aguas del mar Pacífico, y donde los ancestros africanos, producto de la esclavitud y el cimarronaje, aún continúan vivos.

 Como nieto de alemanes afincados en el Pacífico colombiano desde principios del siglo XX, Seidel ha sido un escritor bifronte al que le ha tocado beber de la cultura europea y de la cultura de raíces afrocolombianas. Tumaco, conocida como La Perla del Pacífico no solo por el brillo y la inmensidad de sus paisajes, sino porque en sus playas se encontró la perla más grande del mundo hallada hasta el momento, que nos ha dado deliciosos sabores, sonidos y colores; también es cuna de grandes escritores que en su poética nos han permitido entender procesos de resiliencia, mostrando —además— sus formas de lucha contra una violencia que los persigue más allá de sus costas. Así mismo, representan lo enigmático de la naturaleza y la unión del hombre con la misma, formando un alma terrígena.

Autor de los libros “En el mar de sus recuerdos”, “Max Seidel: El Pedagogo Alemán”, “El dulce olor de Puerto Perla”, “¿Hasta cuándo me persigues?” y “Contra el destino nadie la talla”. Así mismo, participa en la antología “La marea literaria del Pacífico” con su relato “Está pesado el ambiente”. También ha sido coautor de los libros “Que todo el mundo te cante”, y “100 palabras” del taller Palabra Mayor de Cali.

 En los cuentos y relatos de Seidel abundan cuestiones e inquietudes enmarcadas en una dinámica mitológica. Su sentido literario está anclado en un entorno donde se unen las fuerzas de los seres imaginarios y reales. Es de admirar de este autor cómo elabora en un estilo fluido y llamativo su sensible versatilidad artística. Oscar Seidel hace vivir las memorias y los dinamismos de las acciones humanas que desfilan por el mundo de la fantasía regional junto con los cíclicos movimientos marinos, el correr de los ríos, y la enigmática selva, donde rondan sus personajes cuyas acciones se ajustan en aforismos, refranes y alusiones incisivas. Se percibe en sus escritos la visión sobre las fuerzas naturales que fluyen, se armonizan y se conservan unidos en el andar de la vida humana.

 Por lo tanto, Oscar Seidel entiende y exalta la cultura del Pacífico al unificar y sincretizar las vertientes raciales de lo negro, lo indio y lo europeo en una distribución de hombres y mujeres que traspasan el pasado y llegan al presente de diferentes formas y coexisten en las tradiciones religiosas, mágicas y filosóficas propias del Pacífico.

                                 

                        Microrrelatos de Fútbol 

Por: Oscar Seidel   

Autogol

El estadio Pascual Guerrero estaba lleno de espectadores que sudaban más que los propios jugadores de América y Cali. Faltando un minuto para acabarse el encuentro, yo, González, puntero derecho veloz, estaba en la banca<<castigado porque me pillaron ayer antes del partido tomando cerveza Póker en la avenida sexta>>, y mi equipo el América perdía por un gol a cero; le hacen falta al centro delantero, y el réferi pitó penalti. La tribuna se volvió loca, todos gritaban “que, entre González, que entre González”. El profe les cogió la caña y me metió con la misión de cobrar el tiro penal. Con el nerviosismo que da el guayabo de cerveza, acomodé la esférica, y con toda la fuerza de mi alma pateé descolocando al arquero del Cali, pero el viento hizo que el balón se estrellara en el horizontal, regresara con una velocidad inesperada hasta nuestro arco y se metiera, sin poder nuestro arquero evitarlo, dado que se había adelantado para ayudar a empatar el juego. Desde ese momento colgué los guayos en el profesionalismo, ahora mis amigos del barrio me permiten jugar, con la condición que no patee jamás un tiro penal.

Empate

El árbitro dio el pitazo inicial y se acabó el partido. Todos los espectadores quedaron asombrados por esa decisión, era primera vez que sucedía un fenómeno arbitral de esos, pero nada se podía hacer, Iván el dueño del balón no fue alineado en la titular, fue hasta el centro de la cancha, tomó la esférica, le metió cuchilladas hasta desinflarla, les dijo “jueguen con el zurrón porque no hay más”, y se marchó a su casa.

Olímpico

El arquero rival era tan gordo que ni el viento penetraba en su portería. Estábamos desesperados por abrir el marcador, el reloj corría, hasta que llegó ese bendito tiro de esquina a nuestro favor. Lo disparé con chanfle aprovechando que estaban distraídos con la brisa marina que soplaba a las cinco de la tarde, con tan mala fortuna que fue preciso al pecho del arquero. Pero los dioses estaban con nosotros, el obeso cancerbero se resbaló en una cáscara de banano que habían tirado desde la tribuna sur, metiéndose con toda su humanidad dentro de la portería. El árbitro no dudó en señalar hacia el centro de la cancha, a pesar de los reclamos de los adversarios.

Outside

A la vetusta y polvorienta oficina de correos llego aquel domingo un telegrama desde el país vecino, en el que informaban que el equipo de futbol de Tumaco le había ganado a su similar de Esmeraldas. El telegrafista que era muy distraído, cometía muchos errores de ortografía notorios por no haber aprendido el código Morse, transcribió que el seleccionado local había ganado con gol de Otcide, y de esa manera informó a toda la comunidad que esperaba de manera ansiosa el resultado del partido. Todos en Tumaco se alegraron, pese a que se sembró la duda sobre el autor del gol. Los moralistas dijeron que el triunfo no comulgaba con las reglas del Fair Play porque el mensaje quería decir << Outside>>, y algunos pragmáticos manifestaron que <<triunfo era triunfo>> así este se hubiese obtenido con fuera de lugar.

Las expectativas por saber quién había anotado el gol del gane se despejaron al otro día por la tarde, cuando arribó la canoa que trajo por mar a los deportistas, quienes al desembarcar en el muelle gritaron <<viva Alcides nuestro goleador>>.

 

Microrrelatos de terror

Por: Oscar Seidel                                                                  Sangre                                                                                                                                              

Con sevicia metió el cuchillo al cuerpo desnudo, cortó cabeza y corazón, y sacó las vísceras. Miró con morbo por si faltaba un órgano más para extirparlo. Luego cogió el cuerpo inerme, lo expuso al fuego a temperatura de 150 grados centígrados, dejó pasar tres horas y exclamó a su mujer: “Ya está listo el pavo para la cena de Navidad”.

Compasión                                                                                                                                         

Las recogieron aún con vida en la playa, después que una ola las hizo naufragar. Sin piedad alguna pasaron sus débiles cuerpos por baño caliente para quitarles el ánima del mar. Esos <<ojitos negros saltones>> solicitaron clemencia, pero todo fue en vano, era Semana Santa, las sardinas-chautizas debían morir con los ojos abiertos. No pude comer ese encocado.

Amenaza                                                                                                                                             

En varias oportunidades le advirtió que no la ofendiera delante de su familia, no iba a soportar más vejámenes, le presagió un mal desenlace, pero él insistió en su desmesura y le arrojó piedras como para lapidarla. Ella reaccionó, le aplicó su arma letal, y salió volando de la escena dejándolo malherido. Hay consternación en el pabellón infantil del hospital, un niño se encuentra atendido por el grupo médico, después de haber sido picado por un enjambre de avispas.

Silencio                                                                                                                                           

Fue conminada a callarse, y tuvo que ser encarcelada. Sin embargo, hizo caso omiso, y se despachó con una perorata que sacó de quicio a todos. Trataron de amordazarla para no escuchar sus improperios, pero fue imposible. No hubo más opción, el dueño de la casa abrió la jaula para que la lora se escapara, con tan mala fortuna, que el gato que también estaba aburrido, alcanzó a darle un zarpazo, y terminó dándose un suculento festín.

Oscuridad                                                                                                                                      

Todo en tiniebla, llovía a cántaros, noche eterna, no había luz, imperaba el terror, sólo se escuchaban sus propios gritos. Decidieron clamar al Señor de las Alturas para que cambiara la situación. En la madrugada apareció el mayordomo quien vivía en lo alto de la colina, prendió la planta eléctrica de la finca, y terminó el pánico.

 

 

 

 

 

                   OSCAR SEIDEL

            OBRA LITERARIA EN

                   LAS2ORILLAS

                 Nota Ciudadana

Cinco autores del Pacífico presentarán sus obras en Cali

Con la participación de cinco autores del Pacífico colombiano y el apoyo del Ministerio de Cultura, el próximo 24 de junio, 6:30 p.m. en la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero de Cali, se presentará la colección Pacífico Literaria 2022 en el marco del proyecto Memoria y estímulo para la producción literaria del Valle del Cauca, Convenio de asociación No. 0513 de 2022., ejecutado por la Corporación de Apoyo y Desarrollo Regional, Corposinergia.                                                                                                                                

Mónica Alexandra Perlaza Ochoa, directora general de la Biblioteca Departamental, manifestó al respecto que: "Nos complace ser el escenario de este acontecimiento literario tan importante para la región, que sin duda resalta los valores de nuestro Pacífico en el ámbito cultural, permitiendo que la memoria histórica, la tradición oral  y las nuevas narrativas lleguen a las manos de los vallecaucanos y de los lectores de la región pacífica por medio de la bibliotecas públicas, escenario natural para este tipo de manifestaciones".                                           

Las obras a presentarse este viernes son las siguientes: 

*El dulce olor de Puerto Perla, de Óscar Seidel.

*Benkos Biohó, un verdadero héroe, de Félix Domingo Cabezas Prado.

*Diálogo de aguas, por los esteros de la afroralidad en el Pacífico colombiano, de Baudilio Revelo Hurtado y Hernando Revelo Hurtado.

*Poesía joven del Valle del Cauca, compiladora Alejandra Lerma.

*Memoria visual vallecaucana en el siglo XX, Archivo Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca, compilador Christian Hurtado Ospina

*Naufragios, Poemas de Hernando Revelo Hurtado.

*Tres cuentos tres historias en Buenaventura, de Luis Álvaro del Castillo.

Es de destacar que, los cinco escritores pertenecen a la Fundación de Escritores del Pacífico Colombiano-FUESPACOL.

La Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero es aliado estratégico del proyecto en cuanto a la divulgación y entrega de los siete libros que llegarán a las 73 bibliotecas públicas de la Red del Valle, como también a las 62 bibliotecas de la red Distrital de Santiago de Cali, manifestó Mónica Alexandra Perlaza Ochoa directora general.

En el acto de lanzamiento se tendrá la oportunidad de escuchar a algunos de los autores, quienes nos contarán las bondades y experiencias vividas en el desarrollo del proyecto, donde también participó la Secretaría de Cultura del Valle, en cabeza de Leira Giselle Ramírez Godoy.

Los títulos también podrán ser consultados y leídos en www.bibliovalle.gov.co en formato PDF como una forma de garantizar el libre acceso a la información.

 

"El dulce olor de Puerto Perla": Un viaje de regreso al presente Latinoamericano

Autor de la reseña: Eduardo Enrique Rocha Prieto. Escritor peruano radicado en Holanda.

 El novelista Oscar Seidel nos muestra, en una clara e interesante narrativa, la decadencia, descomposición y la casi extinción de todo un pueblo. De una manera metafórica describe el presente evocando al pasado con un olor que ingresa por las fosas nasales, un olor insoportable, el olor de lo malo, de lo indecente. El olor de la corrupción.

Puerto Perla es un pueblo floreciente y emprendedor, y debido a ello pugnan por el poder y control, la corrupción, los paramilitares, la guerrilla, la delincuencia común y el narcotráfico. No siendo suficientes desgracias, al pueblo lo invade un hedor de muerte. Un hedor nauseabundo y pútrido, que obliga al gobierno de turno a buscar una solución. Y debido a toda la fetidez y desgracias descritas, el pueblo se va quedando vacío.

Incluso uno de los últimos viajeros enloquece debido a la soledad del pueblo. Inteligentemente el autor entreteje las conversaciones, ocurridas en un parque, de tres octogenarios en la jubilación, para recordar lo que el pueblo fue en el pasado. Llegando a la conclusión que ese olor siempre ha existido. El olor de los políticos corruptos, de la mafia, de la delincuencia, de las drogas, entre otros, siempre ha estado presente.

Lo que me pareció interesante es que Oscar Seidel, a pesar de que centra su narración en un pueblo de su Colombia querida, para describir la podredumbre que lo domina, también logra despertar en la memoria del lector, que el mismo fétido fenómeno se extiende a otros lugares del globo. A la misma vez, muestra que existe aún gente decente y con valores morales sólidos, para no dejarse arrastrar por lo fétido del lugar y emigrar a buscar “otros aires”.

Debo confesar que el libro me atrapó desde el comienzo, y me ocurrió algo fuera de lo común. Normalmente mientras uno lee un libro, uno se va metiendo dentro de la narrativa. Pero en mi caso, experimenté lo contrario. Línea a línea, el libro, fue cargando el tanque de mi vehículo en la memoria, para viajar a mi querido país peruano, a mis raíces, a mi pueblo de origen. Inconscientemente me encontré recorriendo las calles de mi pasado. El libro me confirmó que lo que el autor en él narra, era la misma historia de mi ciudad. Actualmente existen “Puertos Perlas” en muchos barrios, pueblos, ciudades, distritos, provincias, departamentos y países del mundo.

La corrupción dominante en el Perú mi país, la que me obligó a buscar otros aires, sigue imperando, está enraizada y es muy difícil luchar contra ella. Así como el empleado de un municipio, encargado de sellarte una partida de nacimiento, te puede pedir dinero para “agilizar” su trabajo. Del mismo modo van aumentando en proporción directa las “malas costumbres” a medida que vamos subiendo en la pirámide organizacional del aparato estatal.

Pasando de los empleados a los alcaldes, fiscales, jueces, policías, políticos, hasta llegar al mismo presidente de la nación. Que, dicho sea de paso, nuestros presidentes de los últimos 30 años, están todos involucrados en actos de corrupción. Algunos en la cárcel o por entrar, otros en plenos procesos, y algunos aún por extraditar del extranjero, donde fugaron como simples reos, con su botín bajo el brazo.

El dulce olor de Puerto Perla, puede muy bien desarrollarse en cualquier parte del mundo. Porque soy un convencido que la moral y las buenas costumbres no pueden estar supeditados ni ceñidos a una bandera o al lugar dónde uno nació. Una persona es corrupta o no, sin importar que color de piel tenga, idioma, nacionalidad, o religión profese. Emigré por el terrible olor de mi pueblo bello, y me di cuenta que también en el llamado primer mundo, hay olores fétidos.

 Por eso soy enemigo de generalizar. Siempre hay buenas y loables excepciones, que, gracias a Dios, aún son muchas. Las personas que no pueden convivir con el mal olor de los Puertos Perla, por lo general emigran. Del mismo modo que yo emigré hace más de tres décadas, dejando con dolor en mi corazón a mi hermoso e inolvidable país. Veo que aún queda mucho por hacer para combatir la dominante corrupción.

Pero no todo está perdido, aún hay esperanzas y hay gente capaz en las cuáles podemos confiar, para cambiar el rumbo y la historia de nuestros pueblos. Esperemos que algún día no muy lejano podamos erradicar los malos olores y regresar a nuestro pueblo de origen, ...a nuestros queridos Puertos Perla.

Se me viene a la memoria las últimas palabras del libro de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo: “Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar! Vuestro amigo, Edmundo Dantés, Conde de Montecristo.”

Para despedirme, agradezco la increíble memoria y lengua incisiva, punzante y picante de los tres ancianos Memo, Fausto y Manolo, que, reunidos en el parque del pueblo, nos hicieron recordar todos los terribles olores que en el pasado sufrió Puerto Perla y que en el presente siguen sufriendo infinidad de pueblos alrededor del mundo.

Gracias Oscar Seidel por haberme hecho viajar en el tiempo. Retroceder a muchos años en el pasado y comprobar que regreso al mismo punto de partida. No me queda más que preguntarme: ¿Hemos avanzado, retrocedido o seguimos estáticos?

Título del libro: El dulce olor de Puerto Perla

Autor: Oscar Seidel

Editorial: Grafitel. Pereira. Colombia

Año de edición: 2019

Número de páginas: 90

Reseña: Informativa, analítica y comparativa.

 ¿Hasta cuándo me persigues? Una novela sobre Cali en tiempos del Cartel

Dice el periodista J. Mauricio Chaves Bustos que “La economía es una de las virtudes de Oscar Seidel”, esto recuerda la sentencia de la para fraseología popular: lo bueno, si breve, dos veces bueno; ya que el autor desarrolla 44 capítulos en 100 páginas, de tal manera que esa brevedad atrapa al lector de manera inmediata, queriendo seguir la lectura hasta encontrar el desenlace.

La novela nos transporta a una ciudad y una región, a un lugar y a unos hechos que no nos son indiferentes: Cali y el Valle del Cauca en tiempos del Cartel.

La trama transcurre en un hospital, con un médico que debe enfrentar las infiltraciones de la mafia a su sitio de trabajo, lo cual repercute en su vida privada y, finalmente, en su salud, ya que termina por enloquecer.

Los personajes tienen una secuencia maravillosamente lógica y una psicología que termina por singularizarlos, cosa algo difícil en el campo de las letras, sobre todo cuando vemos que la novelística es una incursión reciente en Oscar Seidel.

Es una novela que rompe con los prototipos a los que nos tienen acostumbrados la mala televisión colombiana cuando se trata de llevar obras de la literatura a este importante y abusado medio de desinformación; aquí el narcotráfico se vuelve un actor más, siendo las consecuencias las que se relatan en los capítulos, sobre todo la angustia del protagonista, quien termina por volver fantasmas a esas circunstancias, que van más allá de sus propios miedos.

Ahí ese protagonista subyacente se camufla como parte de la cotidianidad, sus actos son tenidos como comunes, como parte de la vida diaria. Un gran análisis y un aporte literario importante sobre un punto de vista ético respecto al amarillismo y al barroquismo, tan usados en este tipo de narraciones sobre nuestra realidad nacional”.

 

CAPÍTULO  18

La imagen que conservaban de don Duro era muy distorsionada. Unos consideraban que con su dinero ilícito había permeado todas las esferas económicas y sociales de la ciudad, generando corrupción y violencia. Otros creían que esos recursos habían sido útiles para impulsar el desarrollo de este municipio.

Su presencia se seguía sintiendo, a pesar de que hace poco entró a la clandestinidad por cuenta de la persecución internacional contra las organizaciones de drogas ilícitas. En Ciudad Central se resaltaba que a pesar de sus conocidas actividades ilícitas don Duro siempre había estado al margen de los sangrientos enfrentamientos que protagonizaron las diversas facciones del Cartel del Norte.

—Nadie en Ciudad Central puede decir que no tuvo nada que ver en algún momento de su vida con don Duro —manifestó en el parque un pensionado, quien charlaba con otros amigos.

—El crecimiento económico que vivió la ciudad a principios de la década se debió a los dineros aportados por don Duro. Lo que sí se percibía eran las muchas propiedades que poseía en la región. Pero ni en las notarías, ni en la Oficina de Registro, ni mucho menos en el

 

Catastro Municipal, apareció por algún lado el nombre de este personaje —dijo otro

contertulio.

—Precisamente —respondió un vendedor ambulante de paletas—. Esto hace presumir que eran muchos los testaferros de don Duro que figuraban como los dueños de locales comerciales, fincas, casas, apartamentos, y hacían parte de algunas de sus sociedades—.

Finalmente, otro contertulio terminó la charla, diciendo: —Hace algún tiempo abundaba el billete en la ciudad, con el cual, según afirman, apoyaron muchas obras sociales, y también se financiaron varias campañas políticas, tanto locales como regionales.

Incluso se rumora que el dinero de don Duro sirvió para elegir alcalde y concejales de la Ciudad Central. Lo que sucedió en Ciudad Central tuvo grandes implicaciones culturales.

Hace unos cuantos años los narcos comenzaron a llegar a la ciudad y a desplazar a los viejos dueños del poder, cuyas haciendas ganaderas y fincas de caña de azúcar se habían degenerado hasta casi llegar a la ruina. Los antiguos líderes de la sociedad aceptaron a sus nuevos benefactores.


CAPÍTULO  19                                                                                                        

Clínica Sagrado Corazón

La vida clandestina de la enfermera jefe de Urgencias con don Duro me la contó ella misma al poco tiempo de que el narcotraficante se escondiera:

— ¿Cómo fue su vida al lado del capo? —le pregunté.

—Mi historia de amor con don Duro fue diferente a la de una reina con ganas de tener dinero, o a la de una chica prepago —me respondió.

—¿Cómo conoció a don Duro?

—Estaba aquí en la Clínica Sagrado Corazón, cuando se me presentó la oportunidad de colaborar en mis tiempos libres en una agencia de seguros. Un día fui a venderle seguros a un político que salía con una amiga. Él no me compró, pero me dijo que me iba a presentar a un amigo que podía comprarme muchos seguros, y me presentó a don Duro.

—¿Sabía usted que se trataba del jefe del Cartel de Ciudad Central?

—Había oído hablar de él.

— ¿Cuál fue su primera impresión?

—Vi a un hombre serio, un poco gordo, bien vestido, oloroso. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que fuera un narcotraficante. Su oficina era sobria. Ese fue mi primer encuentro, y salí sin que me comprara nada.

—¿Cómo se dio el romance?

—Don Duro necesitaban una póliza de cumplimiento para un contrato de construcción que iban a hacer en La Sultana, y el político quería que yo se la vendiera. Allá llegué asustada, me invitó a almorzar, y todos los días me hacía ir por un papel que le hacía falta. Así me conquistó. Si envolvía a presidentes, empresarios, políticos, ¿Cómo no me iba a envolver a mí, una enfermera cuyo fuerte era atender pacientes de urgencias? Él tenía cincuenta y cinco años. A don Duro no le gustaban las muchachitas, sino veteranas como yo.

 

— ¿Qué la enamoró de él?

—No tenía la imagen de un lavaperros, era una persona un poco ordinaria en el hablar, pero era diferente. No me compró con regalos ostentosos. Es más, me envolvió tanto que no me di cuenta que su amor hacia mí era para transportar cocaína en las ambulancias de la Clínica Sagrado Corazón.

— ¿Cómo era que transportaban la cocaína?

— A todos nos hipnotizó con su verbo. Caímos fácilmente, tanto yo como los choferes de ambulancias y los despachadores de camillas. Al paciente le colocaban unas sábanas blancas adheridas al cuerpo, y dentro de ellas iba camuflada la cocaína. Al familiar acompañante del paciente lo llevaban en la parte delantera de la ambulancia, y atrás viajaba sólo el auxiliar de enfermería que estaba al tanto de la movilización y descargue de la cocaína en La Canoa, para ser llevada en otro carro hasta Buenavista, y de ahí a México, antes de seguir con el paciente para la clínica nivel IV en La Sultana.

— ¿Cómo era de pareja?

—A mí me tocó el hombre taciturno, en guerra con la DEA, cansado de haber fornicado con tanta jovencita, a quienes despachó de su harén; amoroso, quería que compartiéramos juntos la mayor parte del tiempo. Se ponía de mal genio cuando yo tenía que ir a trabajar a la clínica. Me decía que yo no necesitaba trabajar. Aún más, una noche de amor me ofreció de regalo esta clínica, y juró que algún día la compraría —dijo la jefa.

— ¿Quiere que le cuente un secreto, doctor Marangoni?

— ¿Cuál?, cuente a ver, jefe.

— ¿Usted recuerda a mi exesposo, el policía que tanto me molestaba la vida?

— ¡Sí, claro!

—Un día don Duro me vio llorando y me preguntó qué me pasaba. Le conté con pelos y señales todo mi martirio al lado del policía.

—¿No me diga que lo mandó a pelar? —como hablan ellos en su jerga, recalqué.

—Pues yo no sé si lo pelaron, se lo comieron frito, o, qué pasó, lo cierto es que hasta hoy nunca más me volvió a molestar.
—Tenga cuidado, jefe, no comente a nadie este asunto del policía, porque la pueden envainar.
—Tranquilo, doctor Marangoni, que yo hasta ahora me he cuidado de todo.

— ¿Cómo fue la huida de don Duro?

—Cuando mataron a un candidato presidencial fue a mi casa a visitarme, y me dijo que tenía que esconderse. Hasta ahí llegó mi relación, porque yo no podía acompañarlo en la clandestinidad.

—¿Piensa volver a ver a don Duro? —le pregunté al final, asombrado con esta historia, y a punto de enloquecer.

—Sí, doctor Marangoni. Pienso cerrar ese capítulo, abrazarlo y perdonarnos, si algún día volvemos a encontrarnos. Pero yo ya recapacité, y ni por más pendeja que fuera creería que don Duro me cortejó por amor. Eso fue para enredarme con el transporte de la cocaína en las ambulancias. Lo último que le pido, doctor Marangoni, es que me deje trabajar aquí en la clínica. Estoy deprimida; pienso que algo malo me va ocurrir.

          

                                                                                 

 Ensayo sobre las pandemias

 Por: Oscar Seidel

INTRODUCCIÓN

Hay un buen listado de escritores que a través de las épocas sufrieron las pandemias y contaron sus historias: William Shakespeare, Albert Camus, Carlos Orlando Pardo, y Oscar Seidel, entre otros. Con este ensayo pretendo describir cómo ha afectado y sigue afectando al mundo, realmente la contaminación de las enfermedades.

 

ARGUMENTO 1

Los clásicos del escritor inglés William Shakespeare forman parte de la literatura de todos los tiempos. Algunas de sus grandes tragedias fueron escritas en plena peste y reclusión en Inglaterra, donde resalta la lucidez del autor, Londres en la época de Shakespeare era una ciudad sobrepoblada, llena de ratas, sexualmente promiscua y maloliente.

Las aguas servidas, así como todos los desperdicios de la ciudad eran vertidas directamente al Támesis. Las ratas circulaban libremente provocando a menudo grandes epidemias de peste bubónica especialmente en verano, época en que la corte se retiraba prudentemente al campo.

Las otras enfermedades endémicas o epidémicas eran la viruela, que afectó a la reina a la edad de 29 años, y la obligó a usar un maquillaje hecho de carbonato de plomo y huevo, que entre otras cosas le hizo perder el cabello; la sífilis, cuyo tratamiento era peor que la intoxicación por plomo de la reina y consistía en la inhalación de vapores de mercurio; el tifus y la malaria.

En este ambiente, no es de extrañar que Shakespeare aluda, describa o utilice como parte del argumento de sus obras estas enfermedades, que incluso le afectaban directamente debido a que, durante las epidemias de peste, los teatros eran cerrados, causando grandes pérdidas a las compañías.

En "El Rey Lear", éste atribuye a una de sus malvadas hijas, Goneril, toda suerte de males con estas palabras: "Eres un tumor, una úlcera pestífera, un hinchado carbunclo en mi sangre corrompida" (Acto 2, escena 4). En "La tragedia de Romeo y Julieta" la epidemia de peste juega un papel fundamental, ya que, debido a la cuarentena en Verona, la carta de Fray Lorenzo nunca llega a Romeo:

-Fray Juan: "Yendo en busca de un hermano de nuestra orden que se hallaba en esta ciudad visitando los enfermos para que me acompañara, y al dar con él los celadores de la ciudad, por sospechas de que ambos habíamos estado en una casa donde reinaba la peste, sellaron las puertas y no nos dejaron salir".

-Fray Lorenzo: "¿Quién llevó entonces mi carta a Romeo?"

-Fray Juan: "No la pude mandar ni pude hallar mensajero alguno para traerla, tales temores tenían todos a contagiarse".

-Fray Lorenzo: "¡Suerte fatal!". Ya era demasiado tarde, y la Yersinia pestis había sellado para siempre la suerte de los amantes de Verona.

 

 

ARGUMENTO 2

El escritor franco-argelino Albert Camus publicó “La Peste” en 1947. Ambientada en Orán, narra los estragos de una epidemia provocada por las ratas que causa centenares de muertes a diario. La propagación imparable de la enfermedad empujará a las autoridades a imponer un severo aislamiento. Todo comienza un dieciséis de abril.

En esas fechas, Orán es una ciudad con una vida frenética. Casi nadie repara en las existencias ajenas. Sus habitantes carecen de sentido de la comunidad. No son ciudadanos, sino individuos que escatiman horas al sueño para acumular bienes. Camus describe en “La Peste” su tiempo y su tierra natal, pero su novela trasciende su marco temporal y geográfico, adquiriendo el rango de metáfora universal.

Sus reflexiones resultan particularmente esclarecedoras en estos días. Camus señala que la irrupción de una epidemia letal nos hace meditar sobre el tiempo. El tiempo no se adapta a nosotros. Somos nosotros los que debemos aprender a experimentarlo en toda su plenitud.

Albert Camus piensa que no existe Dios, que la fe es una expresión de impotencia, pero opina que el escepticismo no nos has hecho más libres. Solo nos ha dejado más desamparados. La capacidad de sacrificio del doctor Rieux, protagonista de La Peste, pone de manifiesto que atribuimos una importancia excesiva a nuestro yo.

La grandeza del ser humano reside en su capacidad de amar, no en su ambición personal. Camus piensa que el mal y la indiferencia son más abundantes que las buenas acciones. El hombre no es malo por naturaleza, pero su conocimiento de las cosas es deficiente. Sus actos más perversos proceden de la ignorancia.

 

ARGUMENTO 3

El escritor tolimense Carlos Orlando Pardo narra 100 relatos breves sobre el Coronavirus, que fueron editados en un libro digital de 121 páginas titulado "Los tiempos del encierro" a través de la Editorial Pijao Editores. Yo me atrevería a llamarlo más bien "Crónica de un encierro forzado" porque los relatos no tienen nombres, sino que narran el día a día de un escritor prisionero de una peste no anunciada.

Desde el primer día de la crónica, yo como lector interpreto, que el autor hace el símil entre el gato y el ratón, en donde el lector se imagina de manera inmediata quien lleva las perder si llegase a caer en las garras del felino Covid-19.

Al arribar a los primeros 25 relatos del encierro, el escritor reflexiona y cree que todos los ratones empezamos a entender el mundo y la vida de otra manera, y quienes querían escapar de la ratonera tenían que desplazarse hacia atrás, cambiar algunas cosas de su ser, y evitar al Gato virus.

Cuando se aproxima a la mitad de la crónica, al ratón narrador le da la nostalgia de los mejores tiempos vividos y, le agarra el misticismo por acordarse de Dios. Rememora los tiempos en que las plagas llegaban por docenas, y a veces solo siete, y los buenos milagros tenían otro sentido.

Épocas aquellas en que Dios proveía y era cierto, y los mares se abrían, los ciegos podían ver y la magia reinaba, Claro que había traidores como ahora porque Judas se encarna en toda era, y se lavan las manos mientras que el crucificado pide agua y le dan como bebida su vinagre.

Al acercarse al tercer cuarto de los 100 relatos, el ratón se conduele de los otros animales del zoológico y, dice que el hambre y el abandono han sido los únicos visitantes durante la temporada de la pandemia. Los vecinos no pueden dormir por los alaridos de los animales enjaulados sin probar alimento, y no falta agregar a los temores del virus sino el del asalto y el atraco de los demás prisioneros.

Bajo sus entornos artificiales en montaje a lo Hollywood, pegan saltos acrobáticos en busca de escapar tras una presa. Otros se tienden en el suelo con la mirada triste aguardando la muerte.

Al terminar los100 relatos, el escritor recibe un mensaje optimista de su señora madre, en el que ella le cuenta que este país vivió una epidemia más brava que la actual: la peste de la violencia.

Le dice que su familia de manera valerosa la enfrentó, y que también estuvieron encerrados por el temor a ser asesinados. Le aconseja que nada de cobardías, el tiempo pasa sin que lo advirtamos porque todo es fugaz, y lo que empieza termina. El Gato virus pronto se irá y los ratones viviremos más tranquilos, pero, con la enseñanza que nuestra vida ha cambiado.

 

ARGUMENTO 4

“El dulce olor de Puerto Perla” es la novela más conocida del escritor colombiano Oscar Seidel. La novela fue escrita durante dos años, entre 2016 y 2018, en Cali, y se publicó por primera vez el 28 de agosto del 2018 en Madrid. España. La idea original de esta obra surge en 2016 como un cuento breve titulado “Está pesado el ambiente”.

La primera edición de “El dulce olor de Puerto Perla” fue publicada por el Grupo Editorial Sial Pigmalión de España, dirigido por Basilio Rodríguez Cañada, quien abrió la colección Sial/Casa de África, en la que incluyó escritores del Pacifico colombiano y de Guinea Ecuatorial.

El libro se compone de 26 capítulos no titulados, en los cuales se narra una historia con una estructura cíclica temporal, ya que los acontecimientos del puerto, así como los nombres de los personajes se repiten una y otra vez, fusionando la fantasía con la realidad.

En los tres primeros capítulos, se narra el llamado que le hace Jazmín, una vecina del barrio Las Flores, al personero municipal, para que trate de hacer algo en bien de la comunidad: “Hay un olor en Puerto Perla que nos tiene desesperados”, le dice cuando lo alcanza en la calle antes de llegar a su despacho.

También aparecen Memo, Fausto y Manolo, tres ancianos que, por su lengua mordaz, en Puerto Perla todos les temen. Jubilados, con más de ochenta años cada uno, se reúnen en el parque para hablar sobre lo que pasa en el pueblo, y para recordar su historia.

En los primeros capítulos indagan de dónde viene ese olor que transformó el medio ambiente, que según ellos provocaron cambios en los estados de ánimo de las personas, ocasionó malestares estomacales en los niños y disminuyó el deseo sexual de los hombres. Desde el capítulo 4 hasta el 24 se trata el desarrollo económico, político y social del puerto y los últimos dos capítulos narran su extinción.

Oscar Seidel investigó mucha historia, desde los indígenas Tumac que fueron los primeros pobladores del Pacifico sur. Luego analizó la llegada de la invasión de los castellanos. Finalmente incorporó elementos de los mitos y visiones de los negros.

Acudió a información escrita sobre las pandemias y desastres naturales que azotaron a Tumaco. Esta novela es premonitoria del Coronavirus, puesto que hace dos años que la escribió ya hablaba sobre la peste que llegó al puerto, los aislamientos y saneamientos con yerbas medicinales.

Para la novela “El dulce olor de Puerto Perla”, sacó la trama del transcurrir histórico del puerto de Tumaco, conocida también como La Perla del Pacífico, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, “La Náusea” de Sartre, utilizada más como una antinomia, ya que en Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda.

Al igual que en “La Peste” de Camus, en donde la trama se pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los políticos que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando en verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos. Es una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos del mundo.

A Oscar Seidel lo inspiró mucho el mexicano Juan Rulfo. El epígrafe del libro es tomado de su novela “Pedro Páramo”. Sintetiza el final de un pueblo donde el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo que invade todas las calles, que nadie sabe de dónde viene y que obliga al Gobierno Nacional a buscar la manera de contrarrestarlo.

El dialogo de Rulfo que sirve de epígrafe al libro “El dulce olor de Puerto Perla”, predice el final que en la novela tiene el pueblo. Un hombre pregunta por qué Comala se ve tan solo,

como si hubiera sido abandonado. La respuesta que recibe es: “Así es. Aquí no vive nadie”.

Desde ese mismo momento el lector identifica un pueblo que, por los asesinatos y los malos olores, es abandonado por sus habitantes. Otra influencia fuerte de Rulfo es que puso a hablar a los muertos, y en la novela de Seidel tres personajes, Ñoca, Magín y Merejo, platican después de muertos.

¿De dónde viene ese olor que invade las calles de Puerto Perla? El alcalde dijo en una reunión que podía ser algo arrastrado por un aguacero que había caído esa semana. El jefe de Sanidad piensa que pudo haber sido ocasionado por una marea alta que se metió a las casas palafíticas.

Los ancianos del parque dicen que, pudo traerlo La Ñoca, una mujer que nunca se bañó, duró diez años sin cepillarse los dientes, y se caracterizaba por sus malos olores. La mujer había desaparecido desde hacía varios años. Pero ese hedor insistente le hace pensar a la gente que ha reaparecido.

Fue una mujer a quien la pandemia del Pián le deformó la nariz. Dormía en una banca de la plaza. Debido a los olores que expedía una tarde se la llevó el carro de la basura. Desde ese día nadie volvió a saber de ella.

En una conversación, el jefe de Sanidad le recuerda al alcalde, cómo combatieron la peste del mal olor de las axilas que en un tiempo vivió la población. Le recomienda entonces a una mujer, según él, doctorada en aromaterapia, para que les brinde una “asesoría odorífica”.

La dama sacaba la hedentina fumigando las casas “con la quema de una mezcla de enebro, tomillo, bálsamo y ámbar”. Contratada por veinticinco millones de pesos, organizó hogueras que fueron encendidas en puntos estratégicos. El olor nauseabundo no se fue. Pero, el alcalde se echó al bolsillo el diez por ciento del contrato.

El mal olor que se mete por las narices de los pobladores de Puerto Perla debe interpretar en la novela como una metáfora de su realidad. El narrador que esporádicamente aparece en el texto cuenta que, en las noches, las ánimas deambulan por sus calles.

Lo narra en una prosa que, no obstante, la economía narrativa retrata con pincelazos afortunados su ambiente, el último agente viajero en visitar a Puerto Perla se vuelve loco “por el silencio que reina en el lugar”.

El hedor que obliga a la gente a abandonar el pueblo lo produce también la corrupción. El alcalde se enriquece adjudicando contratos a sus amigos sin el lleno de los requisitos legales. Y un fiscal recibe seiscientos millones de pesos para fallar un proceso a favor de un narcotraficante.

El único que no siente esos hedores es el Raja-muertos, un hombre que tenía anestesiado el olfato de tanto convivir con los muertos. Durante varios años fue el encargado de realizar las autopsias a las víctimas de la violencia, que enterraba en su propio cementerio, acondicionado en un lote del municipio del cual se apropió.

Olor que también los ancianos chismosos le adjudican a Merejo, un personaje que un día se encontró una guaca. Tenía en la pierna una llaga purulenta que emanaba un mal olor. Había sido enterrado esa semana en el cementerio del Raja-muertos”.

Al final, el puerto se convirtió en un hospital rodeado de agua pestilente y de mal olor por todas partes.

 

CONCLUSION

Las pandemias nunca se acabarán, pero, tampoco faltará la imaginación de los escritores para describir sus nefastos resultados.

 

    El Francisco Pizarro que no conocíamos

Por: Oscar Seidel

 

Dice el escritor Óscar Hernán Correa Victoria: "Grato haber conversado con el escritor Óscar Seidel acerca de su novela En busca de la semilla. La tertulia se llevó a cabo ayer martes 26 de octubre en la carpa de El País, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Cali 2021".

 Aunque el título de la obra no deja entrever que la recurrencia temática tenga que ver con la vida de Francisco Pizarro, es preciso anotar que Óscar Seidel supo entregarle al público que se dio cita en el recinto, que históricamente la "visita" de Pizarro a Perú no fue precisamente "el hecho de haber llevado el humanismo renacentista al Imperio Incaico".

Seidel explicó que la presencia de Francisco Pizarro no tuvo nada de "encuentro diplomático" ni vino a hacer "alianzas necesarias para diseñar estrategias económicas".

 Óscar Seidel señaló con claridad que entre los años 1503 y 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz, 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata, provenientes de América, y que, por lo tanto, Pizarro, hombre controvertido, polémico y discutido, lo que en realidad hizo fue saquear la riqueza de los incas.

Además de sanguinario (no marinero, ni soñador, ni gran director de ejércitos, ni vecino ilustre, como lo han registrado los historiadores españoles) dejó en total ruina al Imperio incaico. Seidel concluyó que nunca hubo "encuentro entre dos culturas", sino "choque entre dos culturas".

 La novela En busca de la semilla, de obligatoria lectura, nos lleva a desmoronar, de una vez por todas, que no fueron los hidalgos quienes invadieron al continente americano, sino labriegos analfabetos, crueles, codiciosos, dados solamente a buscar su interés personal. De hecho, lo explicó Óscar Seidel, que Francisco Pizarro y su socio Diego de Almagro se mataron por repartirse todo Perú, bajo la protección de Carlos V, que quería ser el monarca de todo el mundo; pero, afortunadamente, le salió el tiro por la culata, gracias a la independencia.

 No se pierda la presentación de la novela histórica 'En busca de la semilla'

El próximo martes, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Cali 2021, se lanzará la novela 'En busca de la semilla', del escritor tumaqueño Óscar Seidel

 En busca de la semilla se estructura desde la voz omnisciente de un narrador plural en tercera persona –a través de 41 capítulos–, narrador que visualiza en su imaginativo telar narrativo los procesos de enunciación y de enunciado de dos historias escritas en contrapunto creativo.

 Primero, la historia de Francisco Pizarro y sus tres expediciones e invasiones en el Mar del Sur hacia la conquista del Perú: 1524-1525, 1526-1527, 1531-1533, la destrucción del Imperio inca y la configuración de un virreinato español en el Nuevo Mundo, historia que se extenderá a sus sucesores después de su asesinato en manos de Almagro, el Mozo.

De igual manera, la historia no narrada hasta el presente de la real y legendaria isla del Gallo, en el litoral pacífico colombiano, cerca del puerto de Tumaco, en donde Pizarro habría tomado la decisión de conquistar Birú (el reino inca) y 13 de sus compañeros –denominados– de la fama lo habrían seguido en la aventura. La isla del Gallo sería el escenario también de los primeros mestizajes en el Mar del Sur, en los genes y descendencia de Martín Rodríguez y Juan García, con indígenas sindaguas.

 A su vez, en cuanto a los procesos de enunciación se refiere, Seidel y su narrador omnisciente —proponíamos, contrapuntísticamente— informan y construyen de manera estratégica (el narrador es un estratega al narrar y configurar tensión y suspenso en el relato, en la perspectiva de Edgar Allan Poe), la historia del profesor y luego escritor de la novela En busca de la semilla, Alcibíades García, su esposa Eloísa y sus hijos Argimiro y Florinda, quienes viven en el tiempo de la escritura de la novela en España, buscando sus orígenes en Extremadura, trabajando y estudiando. Alcibíades García, jubilado y novelista, el profesor, ahora jubilado de la Cátedra de Historia Hispanoamericana y de la Universidad Católica del Pacífico, despierta un día cualquiera con la certeza de tener “algo valioso en su memoria que le habría inquietado toda la noche”: no saber a qué dedicarse en su retiro. La pesadilla lo llevará a tomar una preclara decisión: escribir “la mejor novela sobre el Pacífico”.

 En el puerto, en su casa, utilizando una vieja máquina Underwood, en la mesa frente de la ventana con vista a la playa, Alcibíades García, quien sufre de una rara enfermedad que limita sus horas de escritura, gestará su propia historia familiar y las historias de Pizarro y la isla del Gallo en las cercanías de Tumaco, Nariño.

 El cierre narrativo del proceso novelesco es que la rara enfermedad (¿la buba?) termina haciendo estragos en el cerebro de Alcibíades. Ocurre su deceso. Eloísa leerá a sus familiares los dos últimos párrafos de la novela alusiva a Pizarro: "Después de 300 años, exhumaron los restos en la Ciudad de los Reyes. Al abrir la urna encontró una momia que no lo representó".

 

De otra parte, la revaloración actual por parte de España sobre los conquistadores del Mar del Sur y del Nuevo Mundo. Y en América, la calificación de aquellos como “genocidas que fueron destruidas a punta de arcabuces las fértiles culturas previas a la llegada de los invasores”.

 La novela de Óscar Seidel, En busca de la semilla, en nuestro concepto, es una obra paradigmática, estética y narrativamente buena.

 

        El centenario del cantor del mar

Una invitación a celebrar por todo lado el legado de Guillermo Payán Archer, quien en este 2021 habría cumplido 100 años de nacido

 Por: Oscar Seidel

El pasado 1° de enero de 2021 se celebraron los cien años del nacimiento del escritor y poeta Guillermo Payán Archer (originario de Tumaco, Nariño, e hijo de Federico Payán y doña Rosita Archer, dama con ancestros guapireños).

El escritor tumaqueño es célebre por el poemario La bahía iluminada (1944). Fue un poeta, navegante por el cielo y los cuerpos como por el mar y los sueños; viajero y periodista, navegante de verdad en el mar y en el aire; relacionista público y privado; y, sobre todo, amante impenitente.

 

Payán da, como nos lo quiso decir con su seudónimo (Puro Alegría), una idea engañosa de hombre suficiente y superficial, risueño y hedonista, cuando los que lo conocen bien y lo han leído en Solitario en Manhattan (1953) saben cómo inexorablemente, tras sus días luminosos y sus Cuerpos amados (1962), viene la Noche que sufre (1948) y Ceniza viva (1940).

 

Payán Archer no perteneció a ninguna escuela literaria. Incansablemente buscó el camino que lo condujo a sí mismo. En sus versos no hay rastros de García Lorca, de Pablo Neruda, de piedracielismo o surrealismo. Aquí lo que está reflejado es el cielo de Tumaco florecido de estrellas, el turbio Patía, el indómito amor de las mareas, el vaivén voluble de las palmeras y la mujer negra.

 

También podemos destacar de su producción literaria: Cinco estampas (1957), La palabra del hombre (1958), Poemas de éxodo (1971), Trópico de carne y hueso (1974), Los soles negros (1980), El mar de siempre (1983) y La cábala y el signo (1987). También escribió el libro Cinco estampas sobre personajes nariñenses.

 

Fue Payan Archer uno de los dos más grandes poetas del Pacífico Sur, junto con el guapireño Helcias Martan Góngora. Así mismo, en el departamento de Nariño está considerado, al lado del venteño Aurelio Arturo, como uno de los más representativos poetas. Por otro lado, estuvo nominado por la Fundación de Escritores y Artistas del Pacífico colombiano (Fuespacol) para llamar con su nombre el Premio Pacífico Literario Vida y Obra.

 

Desde esta nota sugerimos a los entes culturales de Tumaco y del departamento de Nariño, a los entes educativos como la Universidad de Nariño, al periódico El País de Cali, al Ministerio de Cultura de Colombia y a la Academia de la Lengua de Colombia que este centenario sea celebrado con gran altura, y que sea la oportunidad para recordar a este ilustre poeta marino, que le cantó con emoción profunda asentada en su propia realidad.

El cantor del mar murió en Riohacha, La Guajira, un 16 de octubre de 1993.

 “Pedro Páramo y Cien años de soledad marcaron mi estilo literario”: Oscar Seidel Morales

Una aproximación a la vida, obra y pensamiento de este importante autor e intelectual nariñense.

Entrevista

Por: Albeiro Arciniegas 

La oralidad del Pacífico resulta fundamental en la formación literaria de Oscar Seidel Morales, escritor nariñense nacido en Tumaco, autor de libros de cuentos y novelas y columnista de varios medios del interior del país, quien reside en Cali y cuenta con una formación profesional en Ingeniería Industrial.

 José María Obando escribe: “Los cuentos de Oscar Seidel Morales nos conducen por los laberintos culturales del Pacífico, dentro de los cuales los seres humanos se mueven en progresión sicológica de sentimientos e ideales que forman la mitología y los arquetipos expresivos del alma terrígena”.

 Y es quizá esa visión que rescata, recrea y brinda voz a la gente y la mitología del pacífico nariñense uno de los mayores aportes de este singular escritor que trabaja largas jornadas diarias con la convicción de quien sabe lo que hace y consolida una obra literaria sobre la cual es conveniente volver los ojos para valorar en su real dimensión a los creadores nacionales.

 Dialogamos con el autor en una entrevista que permite aproximarnos a la vida y la obra y el pensamiento de este importante intelectual nariñense.

 Maestro Oscar Seidel, después de los años, ¿cómo recuerda al Tumaco de su infancia?

Los que nacimos al lado del mar quedamos marcados para siempre con la fantasía, y con la vivencia de una niñez hermosa, llena de juegos infantiles, deportes, amigos, y bailes. Pasábamos tiempos interminables nadando y montados en balsillas con las que surcábamos el mar en distancias cortas. Pescábamos en los muelles, y jugábamos futbol en la calle hasta el cansancio. No había diferencias de etnias, todos éramos amigos.

Nuestras primeras vivencias con la ficción provienen de la Oralidad del Pacifico. En las noches, antes de acostarnos, oíamos de los nativos cuentos sobre el riviel, la tunda, el maraveli y el duende. Le tenía miedo a la oscuridad y a los incendios que eran frecuentes en la isla.

 Usted es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira, ¿qué factores intervinieron en su vida para que terminara seducido por la literatura?

Cuando terminé mis estudios de ingeniero industrial en la universidad tecnológica de Pereira empecé a trabajar en la misma ciudad. Aquí tuve la oportunidad de comenzar a escribir columnas de temas económicos en el periódico La Tarde. Luego en Cali hice contactos para escribir artículos en la Pagina Económica del periódico El País, y en la Pagina Ejecutivos del diario Occidente. Por mi actividad laboral en Buenaventura empecé a escribir temas de opinión y relatos basados en la oralidad del Pacifico. Mucho tiempo después logré pensionarme, y decidí no trabajar más en mi profesión e ingresar a talleres de escritura en el

 

2016. Desde ese tiempo me publicaron cuentos y relatos en El Magazín de El Espectador y en

revistas internacionales. Con mis cuentos y relatos quedé finalistas en varios concursos internacionales.

 

Sus lecturas de formación, autores preferidos y por qué.

Los libros que marcaron mi estilo literario fueron Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo; la novela Cien años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez, y La Peste del francés Albert Camus. Influyeron mucho, por la ficción que encontré en ellos, y porque en dos de ellos hablaban los muertos, algo parecido a los cuentos del Pacifico.

 

¿Para qué se escribe literatura en una sociedad mercantilista y utilitaria como la nuestra?

Escribo por placer y no por devengar ingresos económicos. Lo que más me gusta de escribir es que desahogo muchos mitos y leyendas que me han acompañado siempre, y mi mayor satisfacción es que le guste por lo menos a un lector.

 

¿Qué aprendizaje le dejó su labor dentro del periodismo de opinión?

Escribir una columna de opinión tiene la desventaja que no se puede ficcionar. Hay que ser muy preciso en los conceptos y tener la certeza de poder defender con bases ciertas lo que haya narrado.

 

Hablemos sobre sus primeros libros y temáticas.

Mis primeros libros en orden cronológicos son el libro de cuentos y relatos, En el mar de sus recuerdos, en cuya temática se percibe la visión antropomorfa de las fuerzas naturales que fluyen, se combina y son operantes en el discurrir de la vida humana. En él exalto la cultura del Pacífico al fusionar y sincretizar las vertientes raciales de lo negro, lo indio y lo europeo. Un libro biográfico, Max Seidel, el pedagogo alemán, que es la recopilación de testimonios sobre el señor Max Seidel, un ciudadano alemán que fue educador de primer orden: sintomático, imaginativo y soñador como el alma del Pacífico sur; de un carácter y fisonomía admirables. En su patria fusionó la herencia alemana con la realidad del nuevo hombre del Pacífico. Su objetivo fue formar mejores seres humanos. Mediante la educación buscó el mejoramiento moral y material de los ciudadanos, sin ninguna clase de discriminación. Nunca se vanaglorió de hablar o habló en primera persona de lo que hacía, ni quiso sacarle provecho monetario. Se disgustaba con los zalameros que querían hacerlo víctima de sus alabanzas y sus aplausos.

 ¿Y sus novelas?

El dulce olor de Puerto Perla, con que inauguro un estilo basado en la economía de la palabra, atrapando al lector de manera inmediata en la lectura del texto. La trama transcurre en el puerto de Tumaco, conocida también como La Perla del Pacífico, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, La náusea de Sartre, utilizada más como una antinomia, ya que en Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda; al igual que en La Peste de Camus, el autor en la trama pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los politicastros que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando la verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos, una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos de Tumaco, de Nariño y de Colombia, por no ir más lejos. La novela, ¿Hasta cuándo me persigues?, obra de tan solo 84 páginas que logra condensar historias de toda

índole en un hospital; historias de amor y desamor; narcotráfico y asesinatos; pornografía y politiquería y tráfico de influencias; médicos inescrupulosos y antiéticos; locos y fantasmas. Y, finalmente, la novela En busca de la semilla, que comienzo a promocionar.

 Usted cuenta con un horario muy estricto de trabajo, ¿cuánto tiempo le dedica al oficio y cómo hace para renovarse cada día?

Mi jornada de trabajo literario de lunes a viernes es de 8.0 a 11.0 de la mañana, y de 2.0 a 5.0 de la tarde. Le dedico tres horas a la lectura diaria. Veo películas sobre documentales en Netflix. No observo noticieros, y leo los periódicos virtuales de una manera rápida.

 ¿Cómo observa el actual panorama de la literatura colombiana?

Está dominado por las grandes casas editoriales extranjeras. Hay pocos concursos literarios, y en los de novela, sobre todo, están ganando los mismos tres escritores en estos últimos años. Casi no existen talleres para aprender a escribir novela. En Cali, hay en el año unos tres talleres para aprender a escribir cuentos y relatos.

 ¿Y la literatura de su departamento?

En Nariño la literatura está muy estancada por la falta de oportunidad del escritor para publicar y promocionar sus obras literarias. Existe solo el concurso de cuentos de la Fundación Gabriel García Márquez de Pupiales, y el concurso de minicuentos de la revista Alebrijes de Pasto. La Imprenta Departamental no imprime ningún libro, mientras que en los otros departamentos es un excelente motor cultural. Los medios de comunicación radial, televisión, impreso y virtual, no le dedican mucho espacio a la literatura, salvo, contadas excepciones. En Tumaco celebramos cada año el conversatorio La marea literaria, evento literario de dos días, gracias al apoyo de los gestores culturales José Carabalí y Jefferson Sánchez. Recibimos ayuda del sector hotelero como Villa del Sol, y apoyo logístico de la Cámara de Comercio y algunos comerciantes locales. En cuanto a eventos literarios podemos destacar la Feria Internacional del Libro de Pasto e Ipiales, dirigida por Mariela Guerrero. Gracias a la gestión que hicimos un grupo de escritores con el Ministerio de Cultura de Colombia, esperamos realizar en el 2021 la Feria Internacional del libro de Tumaco, dependiendo administrativamente de la organización de Pasto. Nariño es de los pocos departamentos que no tiene stand propio en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo). Los escritores oriundos de esta región debemos presentar nuestros libros a través de casas editoriales.

 Un consejo difícil, ¿qué les puede decir usted a los jóvenes que sueñan con ser escritores?

Hay que leer mucho antes de escribir. Deben practicar la comprensión de lectura. A escribir solo se aprende escribiendo todos los días. Hay que tener disciplina para sentarse al frente del computador de manera periódica. Si el joven tiene en su mente historias que contar, tiene un camino bien despejado para narrar con facilidad.

 Al final de cuentas, ¿cuáles son las satisfacciones que le ha dejado la escritura?

Escribir es una las ocupaciones más bellas de la vida. Así como están los sinsabores de la crítica destructivas, también existen compensaciones como la admiración y agrado que le causan al lector sus textos literarios.

 Una invitación final para los jóvenes, ¿por qué es importante leer?

Porque leer abre la mente a espacios, tiempos y lugares que no se imaginan. Leer es meterse en el cuerpo del autor y compenetrarse con la trama, los personajes y los desenlaces de la obra literaria. Hay que leer cinco veces antes de escribir.

 

 

 

 

 

                      

 

                                  OSCAR SEIDEL

   

             OBRA LITERARIA EN 

 

                               LETRALIA

 

           TEXTOS DE NARRATIVA

 

 

 

                            

 

                                       Nadie ganó la guerra

 

Antología conmemorativa Guerra y paz. 26 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Ayer, llegó al pueblo un grupo de campesinos huyéndole a la peste de los grupos al margen de la ley. Cansados de estar escondidos varios días en la selva, y con el presentimiento de sentirse inútiles esperando que la muerte los visitara, resolvieron frentear la situación antes que los insurgentes los capturaran. Los tenían acorralados, no podían comer ni dormir. En algún momento, trataron de entregarse y decirle a los insurgentes que ellos no eran gente de andar buscando pleitos, y que lo único que querían era estar en paz con sus familias. Pero, analizaron que el daño que ellos les habían hecho no tenía perdón. Entonces, marcharon hacia el pueblo a pedir protección, y ahí les informaron que fueran donde el Personero a poner la denuncia, porque el único Fiscal que había, abandonó el cargo hace dos semanas por estar amenazado.

¿Qué tiene por declarar? preguntó el Personero.                                                                                                                    

Vea, doctor, póngame atención: Nuestro caserío era una fiesta hasta que llegaron los hijos de puerca a cambiar nuestras costumbres. Retumbaban la marimba y el cununo, y el viche se saboreaba con placer para arrecharse y bailar con las mulatas. Aquella noche del alabao, se aparecieron. Estábamos celebrando el velorio de mi compadre, a quien tuvimos que lavar el barro que traía impregnado en la ropa, luego bañar con sahumerio porque olía a mico,

enseguida le enjuagaron la boca con yedra debido al mal aliento que tenía, y con el zumo de ésta le untaron todo el cuerpo para que no hediera a podrisiña durante el tiempo que iba a durar el lloro. Y estábamos a la expectativa de las tres mujeres de mi compadre, porque con el viche encima se iba a armar la del diablo entre ellas; y todos los convidados al alabao estaban que se bailaban en una patica ya que vieron cómo llegaron con la recua de hijos, las libras de café tostado, pacas de cigarrillos Pielroja y damajuanas de viche para ofrecer a

los asistentes, y hasta trajeron cerdo para la última noche; toda esta parafernalia para que Dios le sacara las penas por haber muerto de esa manera. No sólo se contentaron con destruir nuestros cultivos y apoderarse de nuestros bienes, sino que esa noche del alabao de mi compadre violaron a nuestras mujeres, y a la que puso resistencia le pegaron un tiro en la cabeza. El escarnio público a que se vieron sometidas cambió por completo el entorno familiar, y muchos hijos para no ver en el futuro convertidas en putas a sus madres y hermanas, prefirieron enrolarse en el ejército, y algún día vengar esta afrenta. Desde aquel momento, perdimos nuestro patrimonio moral y económico.

¿Qué acciones tomó la comunidad del caserío?                                                                                       

Los hombres tuvimos que huir de la zona porque nos obligaron a sembrar la bendita mata de coca. Nosotros somos campesinos dedicados a explotar el bosque, y no íbamos a cambiar de un momento a otro nuestra cultura ancestral. Y nos fuimos.   

Llevábamos cuatro horas de andar por el monte con rumbo desconocido, cuando los bandidos nos atraparon. Marchamos un buen rato amarrados y golpeados por esa gente que no es de nuestra región. 

¡Ah!, y para colmo, nos asignaron buscar la comida y cocinarles. Fue la oportunidad que nos dieron para empezar la venganza y tramar la huida. Nos adentramos en el monte, cazamos guatines y micos, y descolgamos de los árboles una semilla roja diarreica para sazonar la comida. Al rato, les servimos; después de haber comido, cogieron una churria tenaz, y como se limpiaban el rabo con la hoja de la mata de rascadera, quedaron deshidratados con el culo colorado, y no pudieron desplazarse con rapidez.                                                                                                                                                          

¿Ustedes, sufrieron algún castigo por esa acción?                                                                                  

No, doctor, ellos estaban muy enfermos. El único consuelo que nos dio fue que estaban más

perdidos que nosotros, y se enloquecieron con la picadura del jején y las víboras. Después de haber caminado durante cuatro días, el jefe de la cuadrilla me obligó a colocarme al frente para guiar a esta mano de hombres sin destino, hasta un lugar en donde se pudiera ver la luz del sol. Habíamos recorrido cierta distancia, cuando reconocí el territorio: los árboles de mangle y guayacán me hicieron recordar que estábamos cerca al profundo guandal, que días atrás se tragó a mi compadre. Con señas informé a mis 

otros tres paisanos sobre el plan que iba a realizar más adelante del camino, y con la mirada los previne para no entrar de primeros al pantano, sino esperar a que yo los condujera a su destino final. Nos quedamos agazapados detrás de unos árboles de mangle. Callados, nos mirábamos sin decir nada, viendo como uno a uno iban quedando enterrados en el guandal.                                                                                                                                

¿Dónde quedaron los cadáveres de los insurgentes?                                                                    

En lo profundo del pantano.                                                                                                                      

¿Qué hicieron luego de cometer ese delito?                                                                                                                

¿Cuál delito, doctor? Si lo que hicimos fue en defensa propia. Esa mañana, riéndonos llegamos victoriosos a nuestros ranchos. Nadie nos recibió; nuestras mujeres e hijas se habían escondido. Tomamos la decisión de irnos para siempre de allí, porque eso se volvió tierra de nadie, sin Dios ni autoridad.

Si les aplicara la Ley, tendría que abrirles un expediente por asesinato.                                    

 — ¡Maldita nuestra suerte! por punta y punta nos persiguen.

Por ahora, quedan sub jùdice, ya que no puedo decidir su caso. Los declaro interinamente culpables.

¿Usted de qué se las está picando, doctor? Si usted no es el Fiscal. A usted le ordenaron recibir las quejas por violación de los derechos humanos, no que se las diera de Fiscal. ¡Qué falta nos hace tener en Bogotá una representación en el Congreso de la República, que nos defienda de todos estos badulaques!

 

No existía otra alternativa: el grupo de campesinos desplazados emigraron a Bogotá, dado que no tenían ninguna seguridad jurídica.                                                                                                       

—Señor Alto Comisionado, afuera hay un grupo de desplazados del Pacifico que quieren hablar con usted, dijo la secretaria del despacho.                                                                                             

— ¿Qué problema de orden público hay? Mándelos al Ministerio del Interior.                                     

 —Doctor, esa gente no quiere ir para ningún lado. Dicen que, si usted no los atiende, se quedaran aguantando frio hasta que los escuchen. Les da lo mismo fallecer aquí en Bogotá que allá en su territorio. Que de todos modos van a morir, sí no ponen en cintura a los insurgentes.                                                                                                                                                    

 —Bueno, hágalos seguir.

El vocero de los desplazados hizo el análisis de la penosa situación que se estaba viviendo en la región. Manifestó que el conflicto no era culpa de ellos, que no lo habían propiciado. Dijo que era un problema de Estado, por el olvido secular al que habían sometido al Pacifico. El Alto Comisionado, trató de convencerlos que el Ministerio de Defensa había tomado medidas de hecho con la presencia de la policía y el ejército, y que, por ahora, no podía el gobierno central hacer más. Que dejaran de echarle la culpa al glifosato y a los insurgentes, que el problema era la siembra de la bendita mata de coca. Los campesinos salieron desalentados de la reunión, pero no se amilanaron; a su territorio llegarían algún día con soluciones efectivas al conflicto.                                                                                                                                                                          

Con el tiempo, organizaron un colectivo de desplazados, que tuvo eco en otras regiones del país, y que eran víctimas del mismo flagelo. Su presión fue tan grande que, en Bogotá el gobierno central los escuchó y tuvo que negociar con los grupos insurgentes, y acabar con la fumigación de glifosato. Al firmarse el acuerdo de Paz, les devolvieron sus tierras, se juntaron con la familia y recuperaron la memoria cultural que habían perdido.                                                                                     

En el Pacifico no hubo venganza alguna contra los grupos al margen de la ley que se acogieron a la justicia. Aquí, nadie ganó en el conflicto, sólo, se impuso la bendita mata de coca que cada día crece e invade más el territorio del litoral Pacífico.                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


                                                    El viejo metesaca

 

 

El arte de la lectura. 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Hoy es el tercer viernes desde que el librero comenzó a cerrar el local a las cinco de la tarde. Para asombro de la policía, fue encontrado muerto junto a un libro con el lomo ensangrentado, titulado Sexo para uno, de Betty Dodson.                                                                

Aquel primer viernes, era casi de noche cuando el librero se puso el saco y se encerró en el sótano. En los estantes había filas largas de libros. Se quedó mirando el desorden en la habitación. Abrió una puerta lateral y penetró en su dormitorio, en donde había una cama, una lámpara y las incómodas sillas de madera. Se descalzó y se puso las zapatillas.

Enseguida, la joven asistente de la librería fue solicitada. El viejo le dijo que, si estaba interesada en aprender de literatura, la letra con sexo entraba, y le ordenó buscar en los obsoletos libros las escenas más eróticas.

A continuación, leyeron el Kama Sutra. La empleada le narró al librero cómo aumentar la potencia sexual en el hombre con un hueso de pavo real embadurnado de semen virgen. Estaban en pleno coito, cuando llegó un carruaje. Alguien llamó con fuerza a la puerta; el librero se levantó para abrir. Una mujer alta y delgada apareció en el umbral. Lucía un vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico; con zapatos finos, y el pelo negro suelto y abundante.

La desconocida habló con voz sensual:

—¿Podemos entrar?

—Estoy muy ocupado —contestó el viejo con desaliento. Pero se apartó de la puerta, dejando paso a la mujer y tres acompañantes.

—Estaremos callados hasta que usted pueda hablar con nosotros.

Él cerró la puerta y fue a buscar sillas.

—Tendrán que disculparme —dijo.

Excusándose, manifestó que había empezado un coito y no podía interrumpirlo.

—¿Pueden hacer otra cosa mientras lo acabo? Es tan desagradable que algunas personas no pueden resistirlo. Tal vez sea mejor que salgan y esperen —les remató.

—No —contestó ella, con tono impasible—. Queremos compartir lo que está haciendo.

 

El librero se fijó en la otra mujer que permanecía callada; una prostituta bajita de gordura prematura, de manos hinchadas y dedos estrangulados en las falanges como rosario de salchichas.

—Estábamos esperando este momento —dijeron en coro.

Las mujeres eran Madame Bovary y la adorada Bola de Sebo. Todos fueron al carruaje que estaba en la calle, cuya estructura de madera se meció como una hamaca. Durante un largo rato, se escucharon gritos en francés y español.                                                                         Terminada la faena, el viejo abrió con sus llaves la puerta y entraron a la librería. Los autores y sus personajes regresaron a la estantería de libros de donde habían descendido, y el obsceno librero le dijo sin ninguna consideración a la asistente que estaba despedida porque cometía errores ortográficos al leer.

El segundo viernes, el viejo despachó a los clientes, cerró el local y ordenó a la nueva ayudante que buscara La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade, antes de practicarle la prueba de conocimiento literario. Mientras la jovencita repasaba las páginas, quedó impresionada al enterarse de la iniciación de una niña de quince años en las artes y perversiones del sexo. En ese preciso momento, el librero se inquietó porque escuchó gemidos de alguien en la otra habitación:

—¿Qué quieres? —preguntó el librero.

—Sólo quiero ver a la joven mujer —alguien respondió.

—¿Qué quieres de ella? —preguntó el librero.

—Quiero ser capaz de entregarme a ella —dijo de improviso—. ¿Permites?

El fisgón era Henry Miller, quien había salido de la portada de su libro Trópico de Cáncer para provocar un mènage à trois. Miller los hizo vibrar con una descripción poética que leyó sobre lo asqueroso de la condición humana. Terminado el acto sexual, el viejo, que sudaba de manera copiosa, despachó del trabajo a la joven mujer por no superar la prueba de comprensión de lectura, y obligó al autor que se introdujera al libro, en donde permanecía desde hacía muchísimos años.

Hoy es el tercer viernes desde que fue cerrada la librería a las cinco de la tarde. Después de haber encontrado en su lengua restos de un refinado anilingus, la policía extrajo del bolsillo del saco del cadáver del librero una nota explicativa de su asesinato, dejada por una fémina con muy mala ortografía: “Por realisar el beso negro, y no tener el perbertido viejo la pasiencia para enceñar a leer”.

 


 

                         Salvados por la campana

 

Albert Adler, euro ascendiente, y Pedro Matamba, afrodescendiente, fueron enemigos desde que se conocieron en el liceo. Lo único que tenían en común era que no les gustaba estudiar. Durante el tiempo que estuvieron juntos en el liceo repitieron dos veces el primero y el segundo de bachillerato. Todas las tardes, al terminar clases, se daban golpes desde la salida del colegio hasta sus casas, cercanas una de la otra. Nadie supo el origen de esa enemistad. Jamás ninguno le pudo ganar al otro. Cada uno tenía su propio círculo de amigos, y su rústico gimnasio en donde alzaban pesas, y le pegaban a la parchada pera de cuero de forma incansable para encontrar la magia de poder ganar la pelea.

Por esos días llegó a manos de Albert la revista de boxeo The Ring de Estados Unidos, en la que narraban cómo el 19 de junio de 1936 el boxeador afroamericano Joe Louis, apodado “el bombardero café”, sufrió un importante revés. Se enfrentó al alemán Max Schmeling, apodado “el terror del Rhein”, en el Yankee Stadium de Nueva York, y fue derrotado por K.O. en el duodécimo asalto del combate por el campeonato mundial de los pesos pesados. Aunque pidió de manera inmediata la revancha con el alemán, ésta sólo se celebró en 1938. Un combate vibrante que terminó en el primer asalto con la victoria de Louis, y Schmeling con dos costillas rotas. Más tarde serían excelentes amigos. Impresionado con esta historia, Albert le dijo a su padre que no quería estudiar más, que por tener pies planos no podía ir al ejército, que no sabía hacer nada más que boxear. Por su parte, Pedro decidió ayudar a su padre en el negocio de maderas que tenían con la condición de que le permitiera ser boxeador, y nunca supo quién fue Joe Louis puesto que la plata no alcanzaba para comprar revistas.

Eran los años de la preguerra, la juventud tomaba Coca-Cola con hielo, fumaba Camel y Viceroy y bailaba foxtrot. En el pueblo había una hermosa mulata llamada Victoria, de quien los dos enemigos se enamoraron al mismo tiempo. Ella siempre evitaba ir a los bailes a los que ellos asistían, porque era seguro que se agarraban a puños. Además, sus padres no le permitirían la compañía de ese par de patanes. No ocurría lo mismo con Antonio, un muchacho juicioso e inteligente, quien había sido compañero de ellos y ya se iba a graduar de bachiller.

Al poco tiempo llegó al pueblo un empresario de boxeo en busca de prospectos para llevarlos al país vecino, en donde ya se peleaba de forma profesional. El profesor de educación física del liceo le recomendó entablar la pelea de fondo entre Albert y Pedro. Patrocinado por la colonia alemana, Albert se quedó con el nombre de combate de “El Panzer”, y de esa manera quedó registrado en el cartel publicitario. Por su parte, Pedro se hizo llamar “Kid Congolito”, en homenaje a un marinero que nunca perdió una riña, y acabó hasta con la tapa del cóngolo en los bares del mundo en donde recalaba su buque. Victoria, para zanjar la disputa, les dijo que aceptaría de pretendiente a quien ganara la confrontación.

El día esperado, el narrador deportivo local Jorge “El Hocicón” Martínez comenzó la narración así: “Estamos transmitiendo en vivo desde el ring del San Marino en donde se enfrentan El Panzer contra Kid Congolito. El Panzer con pantaloncillo amarillo con rayas negras y rojas, y Kid Congolito con pantaloncillo negro, ambos con guantes rojos, y peso welter 66 Kg. Comienza la pelea, crispando los dientes El Panzer suelta recto de derecha a la barbilla de Kid Congolito, Kid Congolito contesta con una combinación de ganchos en corto

derecha izquierda sobre El Panzer. El Panzer amortigua los golpes y se lanza como una fiera cruzando recto uppercut, voleando gancho al hígado, se tambalea Kid Congolito, cae a la lona, el réferi cuenta 1, 2, 3, 4, 5, 6, suena la campana, y se ha salvado Kid Congolito”.

La pelea continuó así asalto tras asalto, hasta que en el último round Kid Congolito tomó un segundo aire. El locutor emocionado narró al estilo criollo: “Kid Congolito, pram, le mete un cobao al hígado y piás, el taguazo en la nuca. El Panzer agotado le hace el rabo de mico, pero cae a la lona. ¡Cómo se dan de duro estos diablos! El réferi cuenta hasta ocho, pin, pin, suena la campana anunciando el final de la pelea”. El público, en el ring side, alborotado, espera la decisión de los jueces con gran expectativa. Algunos comentan que el que pegó primero es el que debe ganar. Otros por su parte gritan que el que quedó tumbado en el último asalto es el perdedor. Decisión unánime de los jueces: empate.

Ambos contrincantes buscaron la figura de la dama, pero no se encontraba en el ring side. Victoria desanimada se fue a bailar con Antonio al grill del San Marino. El empresario de boxeo ante este resultado decidió no contratarlos por supuesta manguala, y los púgiles no haber puesto atención en la clase de inglés, pues durante la confrontación no entendían qué era breakpunchjabclinch, y el árbitro no podía apartarlos cuando les gritaba “do not clinch, break”.

Al final se olvidaron de Victoria, no volvieron a pelear y arreglaron por las buenas. Ya de viejos, hacen amagues y les tiran puños a sus sombras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                          Los acuarelistas del mar

Fuimos dos pintores bohemios cuya obsesión era dibujar el mar. Mi compañero de farras y labores, Miguel Ángel, pintaba mejor cuando estaba ebrio. El cuadro más importante que hizo fue “La bahía iluminada”, que no alcanzó a terminar porque lo empeñó en la taberna del francés Jean Pierre —de quien decían había llegado prófugo de la prisión de Cayena—, antes de morir en su última borrachera. Me había comprometido con él a que, si fallecía, yo le daría las últimas pinceladas como muestra de mi admiración por su obra. Fue entonces cuando decidí retirar “La bahía iluminada” de la taberna, en donde se había convertido en un espectáculo para los ojos de todos los clientes; sin embargo, la cuenta era tan alta que sólo quedó la opción de retar al francés a ver quién aguantaba más la ingesta de aguardiente. Si yo perdía le entregaría todas mis acuarelas marinas, y si él, yo dispondría del cuadro “La bahía iluminada”.

La apuesta duró cinco días seguidos, con esporádicos descansos para desayunar y comer. El único testigo fue el hijo del tabernero, autorizado para traer comida y más aguardiente cuando se acabasen. Al quinto día, a las tres de la tarde, el tabernero se desmayó de la borrachera. Descolgué el cuadro y regresé tambaleante al taller con la intención de que, a los tres días, después de descansar y reponerme, iría al sitio desde donde mi amigo Miguel Ángel pintó “La bahía iluminada”.

El día del compromiso estaba nublado el firmamento. Manejé la canoa hasta el sitio desde donde se divisaba la bahía. Tenía en mente y espíritu dicho paisaje, y terminé el cuadro de unas cuantas pinceladas. En realidad, la obra quedó perfecta, pero al regresar a la cabaña me cogió la tormenta, el cuadro se mojó, desapareció el boceto, y sólo quedó una mescolanza de colores como una pintura abstracta. Acongojado, lo colgué en el taller con la esperanza de que volvería a pintar “La bahía iluminada”.

Con el correr de los días me arropó una nostalgia terrible; la pereza y la desazón se apoderaron de mí, hasta que la quietud se vio alterada por la llegada a la isla de un barco con turistas franceses. Tamaña sorpresa me llevé por parte de esos personajes, quienes arrimaron a mi cabaña y observaron lo que quedaba del cuadro de mi amigo. Después de contemplarlo por buen rato, el guía de la excursión me manifestó que ellos estaban decididos a comprarlo. Asombrado por esa locura —puesto que yo sólo veía en él una mescolanza de colores— decidí venderlo; al final, allí no estaba reflejada “La bahía iluminada”.

El cuadro abstracto se exhibió en el Salón des Independants de París, con el título de “Acuarela 301” de un tal Kandinsky. Debido a la cotización del cuadro, me enteré de que lo estaban subastando por millones de francos; esto me pasó por ser tan idiota y desprendido del dinero, y desde ese momento algo en mí se murió por la injusticia cometida, que me trajo consecuencias muy funestas.

Me estresé, mi vida cambió, y tomé una determinación ante el acoso al que me vi sometido por parte del Museo de París y del fantasma de Miguel Ángel, que se puso furioso, y apareció todas las noches con el reclamo de no haberle cumplido: no volvería a pintar acuarelas. Tiré al mar todas mis obras, la paleta de colores, los pinceles y demás elementos de pintura. En cuanto a los franceses —que me presionaron para que pintara más acuarelas marinas y les

pusiera el sabor del trópico con el fin de impresionar a los críticos de arte—, tuve la pésima idea de presentarles al tabernero Jean Pierre, quien estuvo preso en Cayena por falsificar cuadros de pintores famosos. Todavía negocian con arte abstracto.

Ahora soy pintor de brocha gorda en el Ministerio de Obras Públicas. Trazo la línea amarilla divisoria de la nueva carretera que une esta isla con el continente. Ya veré hasta dónde llego. Si el ánima de mi amigo vuelve a aparecer “le pinto la cara” con mi indiferencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

                                     El alabao

 

¿Qué hago aquí guardado en un cajón de madera colocado encima de la mesa, mientras observo que a mi última mujer la está enamorando en la cocina el malnacido de mi compadre, también escucho que entre mis dos mejores amigos están dirimiendo una deuda porque uno de ellos dice que la mandó a pagar conmigo, y veo cómo mi segunda mujer en su borrachera le dice a todos los familiares y vecinos que yo era malo para el catre?   

Parece que me están velando porque presumen que estoy muerto, y han colocado medio vaso de agua para que calme la sed en el viaje eterno. Esto se dio después de recorrer el monte y visitar a mis tres mujeres, de reconocer a los veinte hijos que tuve con ellas, y tragar en cada parada una damajuana de guarapo. Al terminar este periplo conyugal todos creyeron que estaba muerto, muerto de la perra será más bien, y mi última mujer, que pensó que me había ido de este mundo, me encerró en esta caja mortuoria, y de alebrestada me preparó un alabao.                                                                                                                      

 Ahora trato de recordar cómo empezó la celebración de este ritual: primero me lavaron el barro que traía impregnado en la ropa, luego me bañaron con sahumerio, enseguida me enjuagaron la boca con yedra, y con el zumo de ésta me untaron todo el cuerpo para que no hediera durante el tiempo que iba a durar el lloro. Y yo no quería ver a mis tres mujeres juntas porque se armaba la del diablo; tuve que esperar que llegaran con la recua de hijos, las libras de café, cigarrillos y guarapo para ofrecer a los asistentes, y hasta trajeron puerco para la última noche; toda esta parafernalia para que “Dios me saque las penas”.                          

¿Penas de qué?, si lo que tengo es rabia por tenerme aquí acostado con el vestido de paño que había guardado para la fiesta de San Pacho, y más bronca aun la que me da porque a los zapatos que no me había estrenado les abrieron unos huecos para que pudieran respirar los juanetes que poseo. De haberlo sabido no me las hubiera dado de difunto.                                  

Difuntos es que van a quedar cuando me vean levantar de este cajón, después de haberme rezado, cantado, llorado y bebido una semana completa. A la primera que voy a zarandear es a mi segunda mujer por levantar falsos testimonios, y sobre todo por ponerme de burla con los parientes. Dizque soy malo para el catre, ¿y no ve los veinte muchachos que les metí? A los amigos de la deuda los dejo que se sigan peleando, pero al que no lo perdono es a mi compadre, mi compadrito del alma, cómo se le ocurre enamorar a mi última esposa, ha debido esperar a que me echaran al hueco bajo tres capas de tierra.                                                

Tierra es la que va a comer toda esta caterva de descarados. Nunca se había visto que un alabao durara más de tres días, y se han gastado siete. Es el colmo de la pesadez. Ya me voy a levantar para que ahora sí lloren de verdad, y no fingidos por un trago de guarapo. Cogeré el machete, perseguiré al compadre si es posible hasta la selva profunda, y cuando lo atrape le daré planazo limpio, lo traeré al pueblo, alegaré que todo fue producto de la ira e intenso dolor, pagaré la celebración de su lloro, y entonces despertaré de la catalepsia que me produjo el exceso de fornique y guarapo.

                                          

                                          

                                   

 

                        OSCAR SEIDEL

           

                OBRA LITERARIA EN

 

          

                           

        Revista Inmediaciones de Bolivia

Como si Gabo hubiese vivido en

 

 

 

Como si Gabo hubiese vivido en Tumaco

Muchos de los relatos del Nobel de Literatura parecen sacados de la realidad del municipio nariñense. Acá una muestra de ello

El 10 de diciembre del 2022 se cumplieron cuarenta años de que Gabriel García Márquez recibiera el Premio Nobel de Literatura. Como un homenaje al escritor colombiano, he seleccionado algunas historias en las que encuentro similitud de lugar entre Macondo y Tumaco (entre ambos lugares hay un embrujo que los hermana y que nos hace pensar que lo acontecido en un pueblo pudo haber sucedido en el otro). Estas son muy parecidas, pero el estilo del narrador al contarlas le da un toque mágico.

Gabriel García Márquez atribuía a su abuela materna muchas de las historias sobrenaturales que conocía y afinó un mecanismo que hacía que estas encajaran perfectamente en el relato normal y cotidiano, recordando que la literatura se sirve de la realidad para trascenderla.

1. La propaganda                                                                                                             

1.1. Cuento No era una vaca cualquiera de Gabriel García Márquez:

…Y allí estaba la vaca, seria, filosófica, inmóvil, como la simbólica estatua de un ministro plenipotenciario. Gracias al cine y a la propaganda de los productos lácteos, los niños de la ciudad están capacitados para diferenciar una vaca de un tigre. Y hasta de un toro. Por eso cuando el agente de tránsito se acercó al animal, físicamente sembrado al pavimento, como un árbol de cuatro patas (y cola) y trató de persuadirlo por todos los medios conocidos de que prosiguiera la marcha, los chicos se esforzaban en los balcones por evitar que las autoridades echaran a perder el único espectáculo vivo que se ha ofrecido en muchos años. Y como la vaca parecía estar radicalmente de acuerdo con los niños, el profundo desprecio con que respondió a las sugerencias del agente de tránsito marcó el principio en una hora de fiesta brava, improvisada, que aplazó para el día siguiente la reapertura de las actividades comerciales.

1.2. Libro Divertimento, relato El Cuco, de Gustavo Escrucería Delgado.

…Un día, nace en su ser la que era para entonces una idea fantástica, una idea asombrosa por decirlo menos, una quijotada: crear una emisora en Tumaco en donde no había fluido eléctrico, ni existían radios, pero, el propietario Luis Antonio “El Cuco” Biojó y el locutor improvisado Leandro “Chamaco” Sinisterra crearon Radio Manglaria. Ninguno de los dos eran periodistas radiales porque el primero se desempeñaba como profesor del Liceo Nacional Max Seidel y, el segundo fungía de sindicalista. Era a la sazón el año 1960.     

La emisora empezó operando con una vieja batería de camión, y sus tres parlantes fueron colocados en los árboles de zapote y aguacate más altos que había en los patios a la redonda. La programación se emitía de 7.0 a 9.0 de la noche, y a esa hora el público se aglomeraba a escuchar las noticias locales del día, porque las noticias nacionales eran sacadas del periódico El Tiempo, que llegaba con retraso de dos días desde Bogotá, y era vendido por los muchachos voceadores como ‘El Tiempo de ayer’.                                                      

No tardaron los comerciantes de Tumaco en darse cuenta del poder de penetración comercial de la emisora y comenzaron a pautar sus mercancías: 

—Señor campesino, ¿Está aburrido con su machete pompo? Vaya al almacén de Ernesto Lizcano que se lo venden afilado. 

 —Señora, ¿no se ve cómo debería verse? Asista a la óptica de Arturo Burbano y saldrá viendo más de la cuenta.

—Joven, ¿no encuentra el remedio que necesita? Entre a la miscelánea de Euclides Vallejo que ahí se lo tienen. 

De igual forma, Radio Manglaria fue la primera tribuna pública, donde la gente ponía sus quejas de convivencia: 

—Señor alcalde, por favor, construya un excusado en el puente El Progreso que a veces no podemos más.

—A Hispano le mandamos a decir que, está tocando la “marcha” antes de la hora para empezar la película en el Teatro Municipal.

De esta manera, ‘Manglaria’ fue la primera emisora de Tumaco, hasta que se le acabaron las energías para continuar a Biojó y a Sinisterra, quienes después de un acalorado debate radial con revolver en mano decidieron separarse; la batería del camión se agotó; y en el puerto se quedaron sin escuchar el único programa radial que los entretenía.        

2. El buque fantasma                                                                                                   

2.1. Cuento El último viaje del buque fantasma de Gabriel García Márquez.

…El trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océano se encontraba…

2.2. Novela En busca de la semilla de Oscar Seidel

…En el Pacifico sur de Colombia hubo un buque fantástico: El Maravelí. Navegaba desde la Isla de la Gorgona tripulado por demonios, y su carga eran las almas de los difuntos que habían hecho pacto con el diablo. Cada noche arrimaba a los pueblos costeros de Guapi y Tumaco.

Narra la oralidad que… La noche que falleció el marinero Rodríguez en la Isla del Gallo, el Maravelì vino por él. Para su asombro, el buque fantasma iba sin rumbo fijo, porque en el puente de mando los espíritus de los capitanes Francisco Pizarro y Diego de Almagro no se ponían de acuerdo hacia dónde ir. 

Preocupado por la ingobernabilidad del buque fantasma, a las pocas semanas el espíritu del marinero Rodríguez se dirigió al espíritu de Francisco Pizarro:

— ¿Quiere capitán, que le de las órdenes a los marineros para atender el embate de la brisa?         

—Ayúdeme, porque con el tuerto Almagro a mi lado no puedo decir nada, ya que siempre da una contraorden.

El Maravelí, perfectamente apoyado, y a la vez que dejó de soplar el viento, navegó con bastante velocidad, muchas veces cubierto con una lona de extremo a extremo porque el mar se puso borrascoso de un momento a otro, y obligó al capitán a proceder con la mayor precaución para que el embarque de las ánimas no fuera a naufragar.

3. El burdel                                                                                                                   

3.1. Novela Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.

…» Hasta donde me acuerdo tenías una tranca de galeote”, le dijo la matrona cuando lo condujo a la habitación de la niña que estaba dormida por una mezcla de bromuro y valenciana. Y así se quedó con ella, mirándola, tocándola suavemente, como lo hacía el viejo Eguchi con las bellas durmientes narcotizadas de la obra de Kawabata… “Aquella noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor…”. La casa como todo burdel al amanecer, era lo más cercano al paraíso. Salí por el portón del huerto para no encontrarme con nadie. Bajo el sol abrasante de la calle empecé a sentir el peso de mis noventa años, y a contar minuto a minuto los minutos de las noches que me hacían falta para morir…

3.1. Libro Divertimento, relato El Embrujo, de Gustavo Escrucería Delgado

...Era una casa de diversión hechizada, saturada de música, colmada de voces, llena de putas con olor a perfume barato, aguardiente y a cerveza fermentada, más el olor a coito reciente. El burdel se llamaba El Embrujo, resplandecía plenamente iluminado con concurrencia inagotable; quedaba en una casa de color verde esperanza de dos plantas, con balcón de pretil español en donde las “mujeres fáciles” (aunque Gabo decía que era el trabajo más difícil que existía) como las llamaban las señoras de la sociedad de Tumaco, se asomaban a mostrar la exuberancia de sus tetas ligeramente vestidas.                   

A El Embrujo no se iba por rutina ni por frustración, se iba por placer, en donde la vida no empezaba al amanecer, si no con las primeras sombras iluminadas con la luz fulgente de las nutridas bombillas eléctricas, y que por el goce pagano parecía que la oscuridad comenzaba como en los veranos europeos, a las 10:00 de la noche, hora en que se iniciaba el comercio carnal.                                                                 

Adentro, alguien tocaba un bombo con platillos siguiendo el compás y el ritmo de la música que despedía la vitrola que preferentemente era de Cortijo y su Combo, o de la Sonora Matancera, y el amacice no se era de esperar. Cuando se separaban las parejas, no bailaban para ellos si no para el público presente, con pasos extravagantes de camaján que iban desde la “caída de la hoja” hasta el “paso de la mosca”, con lo que parecían que levitaran.

Pero este paraíso tenía que llegar a su fin, y una noche lo destruyó un incendio. Aprovechando la situación, algunas damas de la sociedad, para preservar sus matrimonios, presionaron a los curas carmelitas, y estos al alcalde, para terminar de una vez con todos los lupanares, y de esa manera se fueron tristes de Tumaco el dueño del burdel apodado El Brujo y sus rutilantes putas: Mariela, Francia, Mercedes, Alba La Lentejita, Emérita, y la Costeña…

 4. El circo 

4.1. Libro Los cuentos de mi abuelo el coronel de Gabriel García Márquez.

…Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna:

— ¿Cuál es la diferencia?

—No la sé— le dijo el otro—, pero este es un dromedario.

4.2. Libro En el mar de sus recuerdos, cuento Llegó el circo, de Oscar Seidel

…Aquella tarde calurosa cuando los habitantes de Tumaco se dedicaban a hacer la siesta, escucharon un sonido estridente de trompetas oxidadas, parecido a la fanfarria que les había

pronosticado el cura carmelita que se oiría el día del Juicio Final. De un momento a otro, las calles se llenaron de leones despelucados, tigres con rayas desdibujadas, elefantes sedientos y monos tristes.                                         

Igualmente, aparecieron acróbatas con fracturas en los huesos, el hombre bala con la pólvora mojada, el tragasables que se había atorado con una picuda, y payasos con maquillaje chorreado que no hacían reír a la población. Fue el alboroto general dado que nunca habían presenciado un desfile así, y menos en condiciones tan deplorables.

A los pocos días, el circo levantó la carpa llena de retazos, y con tarimas de madera elaboradas por un carpintero nativo, programaron la primera función para el fin de semana. Esa noche del estreno, jamás será olvidada por los habitantes del pueblo. Fue tan mala la función que ningún acto artístico provocó asombro, salvo la carcajada general originada por la defecada del elefante, cuyo excremento embadurnó al señor alcalde que se encontraba sentado en primera fila.

Fue así como, después de muchos años de soledad y olvido, Tumaco y Macondo se unieron en uno solo lugar: Tumacondo

Desde entonces, los sobrevivientes narran historias parecidas…

                   

            El dulce olor de Puerto Perla

Prólogo por Angélica Mayolo Obregón ministra de Cultura de Colombia

Contar el país y su cultura implica reconocer esas voces, miradas, narrativas y procesos que se han gestado precisamente desde los territorios, esas miradas que históricamente han sido silenciadas y que hoy emergen para reconocernos desde la diversidad, desde esas narrativas que son fruto de la experiencia y que nos abren las puertas al diálogo colectivo sobre lo que somos, sobre lo que significa cada región, sus procesos, memorias, patrimonio e historias. En ese sentido, avanzar como un país incluyente, que reconoce en la diversidad su mayor riqueza, implica ir labrando el camino para que cada vez más nuevos autores puedan plasmar a través del arte escrito nuevas narrativas territoriales.

Es así como desde el Ministerio de Cultura de Colombia venimos trabajando desde las regiones para consolidar esas formas de leer y narrar el territorio, estimular acciones de mayor receptividad por parte de los sellos editoriales al eco de las voces literarias en perspectiva étnica y territorial, con el ánimo de visibilizar esos nuevos referentes, fortalecer esos liderazgos literarios y ampliar ese abanico de posibilidades de hacer de la literatura un constante ejercicio de construcción de nuestra cultura como país.

El Pacífico colombiano y el Valle del Cauca cuentan con una riqueza cultural y biodiversidad excepcional, su gente, sus narraciones, sus expresiones artísticas, su diversidad de climas, geografías y paisajes son únicos. Por esta razón, es un gran motivo de alegría saber que hoy este trabajo cobra vida para reflejar gran parte de las historias que narran y nacen desde estos territorios.                                                          

Si algo nos han enseñado nuestros ancestros es que la oralidad siempre ha sido esa columna vertebral para transmitir saberes de generación en generación para el Pacífico, para esta región. Es así como uno de los grandes retos que hoy nos une es hacer que esa palabra, que se convierte en ese elemento cohesionador de nuestras comunidades, se plasme por escrito para salvaguardar y relatar esta esencia.

Todos los trabajos compilados en esta increíble obra son excepcionales: “El dulce olor de Puerto Perla» del autor Óscar Seidel hace un análisis profundo de la realidad de Tumaco, conocido como “La Perla del Pacífico colombiano”, partiendo de un mal olor que todas las comunidades e instituciones no encontraban su procedencia. Por su parte, «Benkos Biojó, un verdadero héroe», del escritor Félix Domingo Cabezas relata de forma inigualable esa memoria resiliente y el fruto de esa lucha histórica de este valeroso protagonista que abrió pasos a la libertad del pueblo afro y la ruptura de las cadenas de la esclavización.

De igual forma, «Diálogos de Agua: por los esteros de la afroralidad en el Pacífico colombiano» de Baudilio Revelo Hurtado y su hermano Hernando Revelo Hurtado nos narran esa conexión de las comunidades afro con la naturaleza, porque tal como lo menciona “nos recuerdan que el río tiene alma” y que “la palabra, fuerza incontenible del pueblo en la reivindicación de sus derechos, aquella que arranca el corazón por la ventana de los labios, viajera de boca en boca con los hermanos afropacíficos”.

«Poesía Joven del Valle del Cauca» compilada por Alejandra Lerma, emerge como ese viaje entre el asfalto y el viento, evocando 16 voces de autoras y autores del Valle del Cauca, que

recrean a través de la palabra esas intimidades, cotidianidades y paisajes de la región. Todos escriben desde lugares disímiles y tal como lo mencionan “Los contrastes de lo urbano y lo rural se entremezclan en los versos”.                                                     

La fotografía también es parte vital de este trabajo. De esta manera, «Memoria visual vallecaucana del siglo XX, Archivo Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca» compilado por Christian Hurtado Ospina nos sumerge en un viaje por la historia de esta región a través de la imagen, de la fotografía como ese archivo vigente de la memoria. 

«Naufragios» de Hernando Revelo Hurtado nos demuestra que: “La Poesía para escribirla, nos precisa la vida, y para amarla, nos obliga el dolor”. Cada poema sabe a Pacífico, se inspira en el mar, en las gaviotas, en la brisa y en la cotidianidad. Nos recuerda que la poesía no es más que la suma de esos momentos que nos marcan y que refleja el mundo de las emociones, sentimientos y experiencias.

Por último, «Tres cuentos, tres historias de Buenaventura» de Luis Álvaro del Castillo, a quien aprecio profundamente, nos empuja como ola grande por esa tradición oral única de Buenaventura, esa que “se viste de fiesta y carne para arrullar los huesos del pasado”, demostrando que la historia del Pacífico siempre estará en la música, siempre será transmitida a través de los cantos y que van al son del tambor, la marimba, el guasá, el bombo y el cununo.

Espero disfruten este maravilloso trabajo, descubran nuevas historias y que viajen como bien nos permite la literatura, por esos paisajes, esos lugares, esos momentos y esas vivencias que plasma cada autor/a con su trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                Semana de pasión                                    

Es propicio en esta semana hablar sobre la revolución más grande que ha tenido el mundo occidental: El Cristianismo.

Dice el escritor argentino Jorge Luis Borges que, el verdadero cerebro de este movimiento que sacudió la humanidad fue Judas, ya que, al vender a Jesús a los romanos, estos calmaron la persecución contra los judíos, y dejaron de esclavizar a los que seguían el emblema del pez. Crucificado el líder, se cambiaron las estrategias de lucha puesto que se utilizó la clandestinidad a través de las reuniones en las catatumbas, dando origen a los primeros guerrilleros urbanos de la fe.

Fue labor admirable que cumplieron los mandos medios de los apóstoles, cuya formación, excepto uno que fue médico, dejaba mucho que desear, puesto que su oficio de pescadores, y asaltadores del camino como Lázaro, les impedía promulgar la filosofía cristiana. A pesar de esto, dice la Biblia que ellos fueron iluminados por el Espíritu Santo, y que gracias a este poder divino consiguieron la verdadera interpretación del mensaje revolucionario.

Jesucristo utilizó el diálogo y el pacifismo para convencer al pueblo hebreo y romano que su programa político y religioso era el mejor para esa época. Esta estrategia, dio resultado ante un ejército tan poderoso como el romano. Muchos siglos después, emprendieron revoluciones con igual sentido: Gandhi en la India; Martin Luther King en los Estados Unidos, y el Ayatola Jomeini en Irán.

Pero, no debemos olvidar el papel que representó María de Magdala. Esta mujer fue prostituta y luego compañera de Jesús. Sin ella, la revolución cristiana no hubiese llegado a un buen fin, a pesar que el apóstol Pedro la odiaba. Tanto así que, a la muerte de Jesús, ella tuvo que irse a Francia, estando embarazada de Jesús, porque él era humano y no divino. Aunque esta última versión está por confirmar, al igual que la historia de la persecución a ella por parte del Opus Dei, y la custodia del Santo Grial.

Estando joven, María de Magdala se casó con el hebreo Ur con quien no pudo tener hijos y la maltrataba. Razón por la cual, el padre de María Magdalena lo odiaba y le solicitó el divorcio de su hija. El hebreo Ur previendo que perdería una parte de la herencia, mató al padre de María y no se quiso separar. Un tiempo después, María Magdalena huyó, pero, fue alcanzada en el bosque por Ur y sus compinches. Cuando la iba a lapidar apareció el general romano Cayo Valerio y la salvó llevándosela con su guardia personal. Después, Cayo Valerio fue trasladado al reino de Herodes, quien lo acogió en su palacio para vigilar la insurrección de los judíos, y el general tomó como esclava a María Magdalena, y pronto la atracción comenzó a surgir entre ambos, a pesar de la rivalidad entre judíos y romanos. De ahí, viene la historia que ella era prostituta.

Ahora bien, se conoce como Santo Grial al vaso místico o cáliz sagrado que fue utilizado por Jesucristo en “la última cena”. El término grial es de origen latín gradalis o gratalis que significa 'vaso'. Otros dicen que, Santo Grial quiere decir Sangre Real. En la edad media, específicamente en los libros de caballería el Santo Grial es visto como un recipiente o copa en que Jesús consagro su sangre en las últimas pascuas que celebró con sus discípulos, y que después fue utilizado por José Arimatea para recoger la sangre que derramó en la cruz el cuerpo de Jesús. La leyenda comienza cuando éste escondió el Santo Grial en Gran Bretaña, y funda la primera Iglesia cristiana, dedicada a la Virgen María.

 En la literatura, existen muchas versiones sobre la simbología del Santo Grial. La más reciente es el Código Da Vinci, escrita por Dan Brown, en el cual establece que el término Santo Grial proviene del francés, y es la representación metafórica de María Magdalena, portadora del linaje sagrado de Jesucristo. Puesto que Jesús era un hijo del pueblo, al igual que los apóstoles que trabajaban como pescadores, por lo tanto, la única que podía custodiarlo era María Magdalena quien era acaudalada, tenía sangre de abolengo, y sabía latín. Desde ese momento, Pedro trató de separar a María Magdalena del movimiento cristiano porque al poner la reliquia en manos de una mujer que asumía, por el hecho de llevarla, un papel sacerdotal totalmente impropio del talante cristiano, que ya entonces negaba y seguiría negando siempre el derecho de la mujer a acceder al sacerdocio activo.

 También quiero añadir que, la concepción de que María Magdalena era una trabajadora sexual redimida proviene del papa Gregorio I, quien en el año 591 lo declaró así, y dicha noción se perpetuó durante siglos. Sin embargo, en los textos bíblicos no hay referencia a que María Magdalena fuera una prostituta o una pecadora. No lo dicen ninguno de los evangelios del Nuevo Testamento. De hecho, las únicas sugerencias de una posible mala reputación vienen en los textos de Marcos y Lucas, que se refieren a los demonios que fueron expulsados ​​de ella.

Con toda la evidencia reunida, es fácil concluir que María Magdalena ha sido víctima de un crimen contra su reputación a lo largo de 1.400 años. La Iglesia Católica "limpió" su nombre en 1969, mientras que el papa Francisco la nombró formalmente como "apóstol de los apóstoles".

 Al final, María Magdalena fue una mujer cuya verdadera identidad, si se llegase a conocer, podría desestabilizar los cimientos del cristianismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

                                            Cuentos Atómicos

                                                 Unos suben y otros bajan

Aquella mañana del año 10.000 de nuestra era, los hombres se subieron a los árboles y los monos descendieron de las ramas. Habían decidido de mutuo acuerdo que, los animales gobernaran el Planeta Tierra porque los hombres lo tenían casi extinguido.

                                                     Rebelión de las notas

Furioso por no lograr concluir la décima sinfonía, Beethoven quitó de la partitura el minué donde más se alegraban las notas. Inconformes y rabiosas, las corcheas escaparon del pentagrama y se instalaron para siempre en los oídos del músico.

                                                                  Sin sentido

Se encontró el cadáver en la mañana. Hubo total consternación. En vida, jamás fue al médico. No tuvo preocupaciones familiares. No le faltó alimento, y sus negocios iban de maravilla. Medicina legal dictaminó: muerte por exceso de felicidad

     

                                                 Reflejo mañanero

La oscuridad se miró en el espejo y vio que emitía luz. No conocía el amanecer.

Historia de seis palabras

Dejó de escribir. La historia terminó.

                                                           The End

El sueño se detuvo. Había llegado la pesadilla a su fin.

 

 

 

                         

                        Quiero quitarme este frac

Miré el reloj de pared que se encontraba al final de aquel largo pasillo, eran las 2:25 p.m. de un martes de 1975, que nunca se me olvidaría porque en cuestión de minutos mi vida iba a cambiar para siempre. Una gota de sudor frío recorría mi frente como realizando un peregrinaje lleno de angustia y sufrimiento, que luego caería en un vuelo casi eterno al suelo de aquella sala penal, mientras esperaba la sentencia.
— ¡Culpable! —Era en lo único que podía pensar…

Era uno de los peores veranos en los últimos cincuenta años en este pueblo, no llovía hacía más de tres meses y la temperatura en la sombra alcanzaba los 42 grados centígrados; el único ventilador del recinto se había jubilado hace unos días convirtiendo el sitio en el mismísimo infierno. Mi madre, Doña Margara Olmos, me obligó a usar un frac que según dijo me “haría quedar mejor presentado ante el juez y dar una buena impresión al jurado”. Por obvias razones no teníamos el dinero para comprar uno nuevo, así que el frac fue prestado por un primo, quien pesaba unos 15 kilos menos que yo, y no podía abotonarlo completamente.
— ¿Culpable? —Era lo único que podía pensar…                                                                        Intentando aliviar un poco la terrible ansiedad de la espera, empecé a rodar entre mis nudillos una moneda antigua que me había regalado mi padre al regresar de la Guerra Civil. Según afirmaba mi viejo, Don Juvenal, la moneda era de buena suerte, y lo había salvado de mil cuatrocientas cincuenta balas, treinta granadas, dos morteros, y una jauría de perros con ojos rojos y enloquecidos, que fueron entrenados por el bando sublevado para destrozar la hombría de los rebeldes.
— ¡Todos de pie! exclamó el policía.                                                                                                       Era inevitable, el ambiente estaba impregnado con un olor a miedo, sudor y muerte. Los acusadores querían verme destrozado, no era suficiente con una fuerte condena, necesitaban un cadáver. Mi corazón me recordaba esas lavadoras eléctricas viejas que se tambalean y tambalean con un ruido infernal a punto de desbaratarse en mil pedazos. Me sentía ahogado, y no soportaba el nauseabundo sentimiento de perder toda esperanza.
— ¡Culpable! ¡Culpable! —Era lo único que podía pensar…                                     

Serán 10 años — pensé — ¿Creo que podría soportar 10 años, quizás 15?
— ¿Será cadena perpetua? — ¡No! — No lo podría soportar.
— ¿Acaso inocente?
— ¿El jurado ya tomo una decisión? preguntó el juez
— ¡Sí! — respondió Don Juanito Astorga.

Don Juanito, un veterano de la Guerra Civil, de unos 85 años, quien era el único jurado que realmente tomaba las decisiones, pues estaba interesado en “velar por la moral y decencia de la comunidad”, como el mismo solía decir. A los demás solo les interesaban las cuatro monedas que les pagaban al hacer parte del jurado. Aparentemente nadie tenía el tiempo para perder en discusiones inútiles con “el viejo testarudo”, así que dejaban que el tomara la decisión para salir del lugar lo más rápido posible.                                                                             

Según cuentan en el pueblo, Don Juanito fue mano derecha de El Caudillo en la dictadura. Había sido un personaje importante en su época, y alguna vez conoció a El Duce en una reunión privada en Nápoles, y tomó té con El Fuhrer en varias ocasiones en Berlín en el año 39. Ahora, viejo, encorvado y viviendo de historias de gloria que a la mayoría le aborrece escuchar, dedicaba su tiempo a ser jurado, y a perseguir jóvenes de 11 y 12 años para satisfacer cierto deseo reprimido.

Don Juanito tenía fama de mano dura. Se decía que de 88 juicios en los que había participado, todos habían sido declarados culpables, y la pena de muerte había sido aplicada a 41 acusados de terrorismo y bandolerismo. Así que era un hecho la decisión que tomaría el maldito fascista. Toda mi vida había sido así, luchando contra un destino que no puedo cambiar. Siempre me tocará perder, soy solo una versión patética de Edipo, queriendo cambiar un destino que ya ha sido escrito.

— ¡Culpable! — ¡Culpable! — ¿Culpable? — Era lo único que podía pensar…
—Por favor lean el veredicto— dijo el juez                                                                               

Y así, empezó de forma tenebrosa y con un timbre de voz algo extraño, el secretario del juzgado empezó a leer el veredicto: “Por la acción terrorífica de colocar una carga explosiva a la Alcaldía, y el atentado a mano armada a un gendarme, se encuentra al acusado Germán De La Vega…”                                                                                                    

 Mi vida se tambaleaba por una cuerda floja. Solo le rogaba a Dios que la condena no fuera más de 10 años en prisión. Intentaba mantener la compostura, pero no podía evitar que mis rodillas y mis manos dejaran de temblar, y finalmente perdí el control de mis esfínteres, y mojé los pantalones al escuchar… “¡Culpable!”

—Se le condenará a pena de muerte y será ejecutado en 48 horas por medio de fusilamiento público —exclamó el policía.

Sé que había mucho ruido, alegría y júbilo en la sala, pero yo no escuchaba nada, todo era un espantoso silencio para mí. Di un gran suspiro, le di la mano a mi cliente Germán De la Vega, mirándolo a sus grandes y opacos ojos azules, le ofrecí disculpas por perder el caso, mientras el policía se lo llevaba en su custodia. Antes de salir del recinto volví a mirar el reloj de pared que se encontraba al final del pasillo, eran las 2:55 pm.

—Me quiero quitar este frac—Fue lo único que pude pensar…                                                                                                                                            

Esperaba llegar pronto a casa para tomar un largo baño y fumar un cigarro. Debía prepararme para ganar el próximo caso, pues como abogado sé que “cliente muerto no paga sus deudas”, y la verdad es que tengo que comprarme mi propio puto frac.                                     

Coautoría: Mauricio Rebolledo Medranda

                                    

                       El falso testimonio

Algo me llevó a suponer que, con Carmelo Casanova sólo habíamos disputado cosas vanas desde que tuvimos uso de razón. Cuando llegamos a la edad de dieciséis años, pudimos enfrentarnos realmente en algo que fue importante para mí. No podía haber cosa más maravillosa que el amor platónico experimentado al mismo tiempo por la despampanante Edelmira Trespalacios, mi vecina de patio, quien tenía veinticinco años, y estaba casada con don Quintiliano Mariscal, el dueño del único cabaret del pueblo.

Nosotros, unos imberbes en el arte del amor, teníamos de amiga mutua a Blanca Palma; muy apetecida por todos los estudiantes del colegio que todavía no habíamos perdido la virginidad en el cabaret. Estudiábamos desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde. Almorzábamos, y luego de una calurosa siesta, hacíamos las tareas con Carmelo hasta las seis de la tarde. Tratábamos de terminar rápido las labores para ponernos a fisgonear a la hermosa Edelmira, quien, a esa hora recogía la ropa puesta a secar al sol, en su patio.

La primera vez que nos acercamos a Edelmira fue aquella tarde que el balón de fútbol cayó a sus dominios. Al pasar a rescatarlo, no expresamos saludo alguno, porque nos sonrojamos al ver aquel cuerpo color chocolate. Ella, con todo el desparpajo de esos senos que al agacharse parecían salir de la blusa, nos pasó el balón, y esto dio para romper el hielo. Por la noche, con el recuerdo de la vecina, volvió a aparecer entre las sábanas el fantasma de Blanca Palma. 

A partir de aquella tarde, nos volvimos contertulios con la agraciada mujer, y no hubo necesidad de arrojar intencionalmente el balón a sus lares. Lo que yo no sabía era porqué Carmelo se despedía muy rápido después de hacer las tareas, con el argumento que iba a jugar baloncesto; pero en realidad, más tarde mi di cuenta que su escapada recaía en la sala de mi vecina. Me molesté con Carmelo, porque además me tramó con el cuento que a Edelmira la tenía tragada a punta de películas, hasta el borde de casi llegar a fornicar. Yo no me dejaría joder, y soñaba también con esa carne morena; además empecé a notar con pudor y vergüenza que tenía sueños húmedos, por la falta de relación directa con una mujer, porque al cabaret de don Quintiliano no dejaban entrar a menores de dieciocho años.

Entonces, decidí escribir un diario de mi relación ficticia con Edelmira, y dejarlo abierto de manera intencional a la vista de Carmelo, para que cayera en la trampa de leerlo. Pero, no se percataba, porque su mirada la tenía fija hacia el patio vecino. Con toda la alevosía, le puse más pimienta a la narración, con el propósito de impresionar a mi rival y lograr que no volviese jamás a mi casa, para quedarme como único pretendiente de la bella Edelmira.              

Sin embargo, Carmelo tenía engolosinada a Edelmira. Se volvió cotidiana la narración de las películas mexicanas que veía todos los viernes en el teatro local. Le contó de manera dramatizada el ciclo de las películas en blanco y negro del cine mexicano. La primera en narrar fue la de «Ansiedad», entre Libertad Lamarque y Pedro Infante, sobre dos hermanos a los que el destino los separa; la segunda fue la película «El peñón de las ánimas», protagonizada por María Félix y Jorge Negrete, a cerca de la rivalidad de dos familias, que se agudiza con el romance de dos jóvenes de sus estirpes; y la última fue «La malquerida», de Dolores Del Rio con Pedro Armendáriz, sobre el amor de un hombre con su hijastra, que le dañó la vida y acabó en tragedia. Pero Carmelo, a pesar de tanta saliva gastada, lloradas fingidas, y lamentos a grito pelado, nunca recibió por parte de Edelmira ni un apretón de mano, ni un beso en la mejilla.

A pesar de la buena asistencia al teatro, el dueño, preocupado, notó que la presentación del ciclo de «cine manito» no fue del agrado del público, quien estaba ávido de ver más acción.

Solicitaban de manera exagerada que las balas cruzaran por todo el caluroso local, desde luneta, pasando por palco hasta llegar a galería. Luego, para atraer a los espectadores, programó el ciclo de cine de vaqueros en cinemascope y tecnicolor, en donde el «tipo» de la película enfrentaba a los bandidos, rescataba a la mujer en peligro y transgredía las normas con la excesiva ingesta de trago, la jugada tramposa de cartas y la trifulca en la cantina.    

Aquel viernes se inició la primera presentación con el spaghetti western «Django», protagonizado por Franco Nero. Fue el acabose total. Los espectadores de la parte alta de galería, emocionados, comenzaron a arrojar chupones de naranjas, bolas de goma de mascar y bolsas de maní confitado a los espectadores de luneta. Hubo que parar varias veces la película, llamar a la policía para impartir el orden; y permitir que la función pudiese llegar al The End.

 

Motivado con los resultados obtenidos, en la semana siguiente presentó «El Álamo», con John Wayne. Los ánimos fueron incrementándose, hasta que al próximo viernes llegó la película del western bravo «El bueno, el malo y el feo», con Clint Eastwood, la cual sólo pudo ser presentada en el horario de vespertina, porque volvió a parecer la algarabía de los espectadores y, con tanta interrupción, al empleado se le trabaron los rollos que proyectaba la cinta hacia la pantalla, y empezó a presentar escenas traspuestas unas encima de otras. Esto enardeció más a los espectadores, quienes gritaban “cuadro, cuadro, arreglen eso, o devuelvan la plata, porque de lo contrario no respondemos”. Efectivamente, para la última función de la noche, el teatro, que era de madera, había sido completamente destruido por la efervescencia de la gente. Con el cierre de la sala de cine, Carmelo no tuvo historias que contar a Edelmira. Ella, desanimada, no le atendió más visitas en su casa, y mi rival se volvió celoso hasta con su sombra.                                                                                                                                                

El bendito día en que por curiosidad leyó mi diario, Carmelo se cayó de espaldas. Enseguida, se dirigió con mis historias donde Edelmira y, como era obvio, ella desmintió esos falsos testimonios, que solo de una mente perversa como la mía podrían haber salido. Lo despachó con una cachetada, como hacen las mujeres valientes con un granuja a quien descubren sus malvadas intenciones. No contento con la respuesta recibida, y lleno de rencor, Carmelo caminó hacia el cabaret de don Quintiliano, pero tampoco lo dejaron entrar por no tener la edad permitida. Como pudo, se las arregló para que el supuesto cornudo lo escuchara, y leyera la historia de amor de su infiel esposa escrita en mi diario. Esa noche, se escucharon gritos y golpes en la casa de mis vecinos. Si no es por la intervención de mi papá, hubiese sido asesinada la otrora hermosa Edelmira, quien quedó desfigurada con la mano de golpes que recibió del mancillado esposo. Trastornado por la ira que no podía contener, Don Quintiliano, botaba espuma por la boca, le mostró a mi papá el diario que yo había cocinado con mucho picante; amenazó con matarme si no le decía la verdad, y negara todo lo escrito en él. De casa a casa, mi papá pegó un grito que me hizo levantar de la cama. Al acudir a su llamado, abrió el diario delante de don Quintiliano y de la aporreada Edelmira, y les aseveré que todo era ficción; pero, el deshonrado esposo no me creyó, a pesar que confesé que la única mujer de mi vida era hasta ese momento la solitaria Blanca Palma. Regresamos a la casa, y mis padres decidieron aquella madrugada que la solución para yo no ir al “barrio de los acostados” era enviarme a la Capital a terminar el bachillerato, en el colegio de curas franceses, en donde habían estudiado los jóvenes de la «creme» del pueblo.                                                                                                                     

Entonces, viajé a la Capital. Mi ex amigo quedó solo, y descuidó los estudios, porque don Quintiliano, para agradecer su gesto de ser tan lambón, le permitió entrar al cabaret por la puerta de atrás, para que no lo viera la policía. A Carmelo le quedó gustando el ambiente del lupanar; se volvió cliente habitual; olvidó a Edelmira Trespalacios; abandonó los estudios; y se convirtió en un «chivo» más como Victoriano Currea, quien tenía pieza propia en el burdel.

A Quintiliano Mariscal también le cambió la vida, su esposa quedó parapléjica por la golpiza recibida, y al no tener a otro familiar que la cuidara, le tocó a él hacerlo, dejando la administración del cabaret en manos de Carmelo Casanova.                                                    

Cuando terminé la secundaria, logré estudiar en la universidad Licenciatura en Literatura Universal. A partir de ese episodio tan vergonzoso, nació en mí la maña de escritor, que se inició con el falso testimonio que le hice a la despampanante Edelmira Trespalacios, pero que me sirvió para comprender que no sólo me había sacado del paso a un rival, sino también años después, para divertirme con el arte de escribir; conseguir a través de cartas amorosas una mujer de tiempo completo; y olvidar el fantasma de Blanca Palma.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

                          No quería dejar vestigio de nada

Después de extraños sucesos, que en principio a nadie inquietaron, la mamá notó con asombro que su casa de madera de dos pisos se estaba encogiendo.

Una mañana bajó la escalera de madera que la conducía al primer piso, y vio que faltaba el último escalón. No se preocupó y brincó; se regocijó al mirar que todo estaba bien: el pozo de agua y el artificioso jardín de las rosas. Caminó hasta el pozo, y con el calabazo sacó agua para regar los rosales.

La semana siguiente, observó que al pozo le faltaba la tapa, y pensó que alguien no quería dejar vestigio de nada. Pero un mes después, cuando a la escalera le faltaron cinco peldaños, y se hacía imposible alcanzar el primer piso, se alarmó, y creyó que era el ladrón de gallinas quien estaba desbaratando la casa, como represalia porque ella le había prohibido a la nuera hacer negocios con animales robados. Sin embargo, aquella contrariedad fue disipada por el olor del sancocho de pescado que preparaba su nuera en el fogón de leña, y decidió no bajar             

A los dos meses, había desaparecido parte de la cocina; entonces todos se alarmaron y fueron en grupo hasta la estación de policía a poner la denuncia. La investigación judicial no dio resultado alguno.                       

Un año después, la mamá murió de tristeza por haber quedado atrapada en el segundo piso, y no poder regar los rosales.                                                                            

Una madrugada de aguaceros torrenciales, se vino abajo lo que quedaba de la casa. Un amigo dio albergue al hijo y su familia, pero se marcharon a los dos días porque a la nuera no le gustó la edificación de cemento y los alimentos cocinados en estufa de gas; lo de ella era la enfermiza obsesión por la madera y los fogones de leña.                                      

De la casa sólo quedó un terreno sucio, y la preocupación porque no encontraron quién la comprara. Después de cierto tiempo, el hijo enfermó, y en su estado preagónico, la esposa le reveló el misterio de la extinción de la casa: sólo ella lo sabía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                          

                                              

 

                                                 OSCAR SEIDEL

                    

              OBRA LITERARIA EN OTROS

                   

                   MEDIOS ESCRITOS

 

 

 El olor nauseabundo de Puerto Perla

Por José Miguel Alzate. Columnista del periódico El Tiempo.

 El epígrafe es tomado de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Sintetiza el final de un pueblo donde el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo que invade todas las calles, que nadie sabe de dónde viene y que obliga al Gobierno Nacional a buscar la manera de contrarrestarlo. El diálogo de Rulfo, que sirve de epígrafe al libro El dulce olor de Puerto Perla, escrito por Óscar Seidel, profesor de la Universidad del Valle, predice el final que en la novela tiene el pueblo. Un hombre pregunta por qué Comala se ve tan solo, como si hubiera sido abandonado. La respuesta que recibe es: “No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie”. Desde ese mismo momento el lector identifica un pueblo que, por los asesinatos y los malos olores, es abandonado por sus habitantes.

Óscar Seidel necesitó noventa páginas para contar una historia intensa. Su prologuista, el escritor Fabio Martínez, advierte que El dulce olor de Puerto Perla es una novela minimalista, porque su autor parte de un microcosmos para narrar esa hedentina que se riega por todo el pueblo. Con esto quiere decirle al lector que, no obstante, la novela no abarca un universo amplio, muestra en pocas páginas cómo un pueblo del pacífico colombiano se resiste a convivir con un olor que impregna todo el ambiente. La narración se inicia con el llamado que le hace Jazmín, una vecina del barrio Las Flores, al personero municipal, para que trate de hacer algo en bien de la comunidad. “Hay un olor en Puerto Perla que nos tiene desesperados”, le dice cuando lo alcanza en la calle antes de llegar a su despacho.

Memo, Fausto y Manolo son tres ancianos que, por su lengua mordaz, en Puerto Perla todos les temen. Jubilados, con más de ochenta años cada uno, se reúnen en el parque para hablar sobre lo que pasa en el pueblo y para recordar su historia. En los primeros capítulos indagan de dónde viene ese olor que transformó el medio ambiente, que, según ellos, provocó cambios en los estados de ánimo de las personas, ocasionó malestares estomacales en los niños y disminuyó el deseo sexual de los hombres. Manolo dice que en el pueblo la gente se acostumbró a convivir con los malos olores. Fausto, por su parte, reconoce que ahí siempre se ha vivido en emergencia sanitaria. Mientras tanto, Memo le echa la culpa de la hedentina a los productos químicos que en el terminal marítimo bajan de los barcos.
¿De dónde viene ese olor que invade las calles de Puerto Perla? El alcalde dijo en una reunión que podía ser algo arrastrado por un aguacero que había caído esa semana. El jefe de sanidad

piensa que pudo haber sido ocasionado por una marea alta que se metió a las casas construidas a la orilla del rio. Los ancianos del parque dicen que pudo traerlo La Ñoca, una mujer que

nunca se bañó, duró diez años sin cepillarse los dientes, y se caracterizaba por sus malos olores. La mujer había desaparecido desde hacía varios años. Pero ese hedor insistente le hace pensar a la gente que ha reaparecido. Fue una mujer a quien una infección le deformó la nariz. Dormía en una banca de la plaza. Debido a los olores que expedía, una tarde se la llevó el carro de la basura. Desde ese día, nadie volvió a saber de ella.

Para estructurar la historia, Óscar Seidel recurre a la oralidad, construyendo el relato a través de diálogos donde los ancianos cuentan cómo fueron esos hedores que por temporadas se despertaron en el pueblo. En una conversación, el jefe de sanidad le recuerda al alcalde cómo combatieron la peste del mal olor de las axilas que en un tiempo vivió la población. Le recomienda, entonces, a una mujer, según él, doctorada en aromaterapia, para que les brinde una “asesoría odorífica”. La dama sacaba la hedentina fumigando las casas “con la quema de una mezcla de enebro, tomillo, bálsamo y ámbar”. Contratada con veinticinco millones de pesos, organizó hogueras que fueron encendidas en puntos estratégicos. El olor nauseabundo no se fue. Pero el alcalde se echó al bolsillo el diez por ciento del contrato.

El mal olor que se mete por las narices de los pobladores de Puerto Perla debe interpretarse en la novela como una metáfora de su realidad. El narrador que esporádicamente aparece en el texto cuenta que, en las noches, las ánimas deambulan por sus calles. Según lo narra Óscar Seidel, en una prosa que, no obstante, la economía narrativa, retrata con pincelazos afortunados su ambiente, el último agente viajero en visitar a Puerto Perla se vuelve loco “por el silencio que reina en el lugar”. El hedor que obliga a la gente a abandonar el pueblo lo produce también la corrupción. El alcalde se enriquece adjudicando contratos a sus amigos sin el lleno de los requisitos legales, y un fiscal recibe seiscientos millones de pesos para fallar un proceso a favor de un narcotraficante.
Puerto Perla es un pueblo a orillas del mar pacífico, reconstruido después de un incendio, que sobrevivió a la amenaza de un tsunami, pero no pudo sobrevivir al mal olor. Esa población puede ser Tumaco, el pueblo donde nació el autor del libro, que se formó al vaivén de las olas, sin que nadie lo descubriera ni lo fundara. De pueblo humilde pasa a convertirse en población próspera. Todo debido al auge que toma el cultivo de hoja de coca. Con el crecimiento vive la desgracia. Atraídos por esa bonanza llegan los actores armados. Paramilitares, guerrilla y delincuencia común lo convierten en un escenario de muerte. Chango, un muchacho que jugaba billar, se enrola con la guerrilla y se convierte en jefe del frente que produce cocaína. El Gobierno desplaza 1.000 hombres para darle captura, pero no lo atrapan.

El dulce olor de Puerto Perla es una novela que narra la desesperación de los habitantes por el mal olor. El único que no siente esos hedores es el Raja-muertos, un hombre que tenía anestesiado el olfato de tanto convivir con los muertos. Durante varios años fue el encargado de realizar las autopsias a las víctimas de la violencia, que enterraba en su propio cementerio, acondicionado en un lote del municipio del cual se apropió. Seidel dice que hasta el Papa se quejó de la hedentina cuando visitó a Puerto Perla. “Estoy muy extrañado con el olor del pueblo”, dijo. Olor que también los ancianos chismosos le adjudican a Merejo, un personaje que un día se encontró una guaca. Tenía en la pierna una llaga purulenta que emanaba un mal olor. Había sido enterrado esa semana en el cementerio del Raja-muertos.

 

 

 

PERIÓDICO SUR, LIBROS EN TIEMPOS DE PANDEMIA. PASTO

         “El dulce olor de Puerto Perla”            

                    de Oscar Seidel

Por: Henry Manrique

El poder premonitorio de la literatura es un hecho innegable, el arte habla en primera instancia, luego lo hacen los otros u otras expresiones, llámese otro tipo de texto, quizá, no literario. En este sentido Oscar Seidel, Escritor nacido en la ciudad de Tumaco, puerto nariñense, nos brinda la novela corta “El Dulce Olor de Puerto Perla”. Publicada en el año 2019, acaso aún lejana, en la fecha, a la situación que nos ocupa ahora, que   nos deprime y evidentemente nos hace vulnerables; la pandemia. En la obra de Seidel, ese es el pretexto, una epidemia que cubre a todo el puerto, invadido por la peste del mal olor. Bajo este referente, en nombre de tres personajes: Memo, Fausto y Manolo la historia del puerto en su diversidad social, cultural y en especial política va pasando.

Cabe anotar que “EL Dulce Olor de Puerto Perla”, también, remite a pensar en esa gran obra de Patrick Züskind quien propone que Grenouille, personaje del Perfume, nace en el lugar donde los olores son más poderosos, el mercado de pescado, el personaje nace sin olor. Es hermosa esa figura, esa antítesis, donde la putrefacción es más intensa, se nace sin olor. De aquí la responsabilidad de todos, la de buscar o pretender oler a humano, eso es todo, la recuperación de ese perfume, es decir, apropiarnos de la fragancia que nos humaniza. Es encontrarnos. Oscar Seidel, del mismo modo, nos remite, en una triada, pues, a los personajes a quien se le atribuye el mal, son el retrato de seres aislados o sometidos a los vejámenes propinados por los poderosos. Ñoca, Majin y Merejo. Menospreciados, pero con hechos de vida que se pueden contar.

En El Dulce Olor de Puerto Perla, es posible referenciar la crítica poderosa que en la voz de Memo, Fausto y Manolo se efectúa; la inoperancia administrativa, la politiquería, la inutilidad de las empresas del estado, el robo, la coima, el narcotráfico, el desplazamiento; es decir, la realidad que se enfoca desde la región del pacifico se generaliza al país que, en forma casi natural crea personeros, jefes  de sanidad y alcaldes inútiles que no entienden que la peste son ellos, son los que emanan el mal olor.

Finalmente, en “El Dulce Olor de Puerto Perla”, sin que los obesos puedan salir de su encierro en los inodoros, o desde que Chango, jugador de billar hace su última jugada o entre tanto el Raja- Muertos, marinero extraviado zurce el cadáver final, o la acción de Jazmín que junto a las mujeres levantan la voz, o frente al hecho del contagio general del mal olor, es decir, en el ámbito creado, la respuesta es el ¿desarraigo provocado? Esa solución es posible pero no humana, pues, el querer irse o el ser exiliados del lugar de lo ensueños es como ser expulsado por segunda vez del paraíso.

El Dulce Olor de Puerto Perla plantea la necesidad de buscar una fragancia que huela a ser humano, es decir, la imperante necesidad de encontrarnos, no fuera de sí, sino en el interior mismo, que es en realidad el lugar que habitamos, desde ahí no puede haber existencia.                

   

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 Personaje destacado: Oscar Seidel                                                                                      

Por: Pablo Emilio Obando Acosta                                                                                                      

Durante este tiempo de covid19 Oscar Seidel Morales no ha dejado descansar su pluma y ha puesto a prueba su talento y su intelecto innovador. Su saber cultural lo ha entregado al servicio de su gente, de su tierra, de su bello Pacífico que se dibuja en cada una de sus palabras y sus relatos. Lleva el mar en su sangre, las olas en sus venas, la brisa en su pensamiento marino.
En las redes virtuales ha realizado interesantes y novedosos eventos culturales y literarios que han permitido un poco de solaz y alegría a muchos nariñenses y colombianos. Elabora y diseña un taller virtual de cómo escribir un cuento, lo mismo que el taller virtual de sugerencias para reseñar una novela y nos ha obsequiado unos magníficos relatos sobre el Pacífico nariñense. Son muchas las voces de agradecimiento y reconocimiento a su digna labor cultural. Es un hombre sensible, sencillo y profundo, de una exquisita conversación y de un don de gentes inigualable. Respira cultura, la transmite y su sola presencia es una evocación de la Palabra.
El Pacífico nariñense tiene en él a un verdadero embajador cultural y literario. Su pluma y su palabra se han constituido en ese puente espiritual entre los hombres y los pueblos. Hijo del mar, viajero de los vientos, Palabra hecha de vientos y soles.
Oscar Seidel Morales ocupa un honroso lugar en la literatura colombiana, sus amigos coinciden en afirmar que es un caballero, un señor en todo el sentido de la palabra, un gentleman que sabe que sus pensamientos se visten de la brisa pura de ese Tumaco. Hermoso que recorre cada uno de sus pensamientos.
Gracias al maestro Oscar Seidel por compartir su saber en estos tiempos de covid19, por permitir una sonrisa en medio de un confinamiento y por hacer generosa presencia en el corazón y en el espíritu de los hombres, sedientos de luz, de palabra y de libertad.

 

 Revista Pijao Reseñas:

A Oscar Seidel Morales

Por Kongo Kimbiza

Es tiempo de resaltar,
Tumaqueño que ha dejado
Muy alto este litoral.

 

Siendo Ingeniero Industrial
No ha perdido el acento
De pueblo y esa esencia
La muestra a todo momento.
El marcado sentimiento
Sembrado en su 'Puerto Perla'
Para añorarla y quererla
Resaltándola a quintales.
Ese Tumaco que mueve
A Óscar Seidel Morales.

 

En los altos pedestales
Se centra como cuentista,
En una obra renombrada
Que suma una larga lista.
Destacado novelista
Y ciudadano ejemplar,
Y no para su escalar
Ni su peso consagrado
Su paso tan destacado
Es tiempo de resaltar.

 

Criado bajo el singular
Influjo de la marea,
Ha creado un universo
Donde lo nuestro recrea.
No es complicada tarea
Para un hombre tocado,
Por este suelo sagrado

Que anida en su cabeza
En un puesto de grandeza
A Tumaco ya ha dejado.

Estudiante condecorado
De nuestro amado Liceo,
Y como ejecutivo

Es muy largo el galanteo.
Pero su mayor trofeo
Es haber nacido acá,
Tumaqueño de verdad
Una marca excepcional.
Que coloca a relucir
Muy alto este litoral.

 

 Periódico EL PAÍS

Volver a Tumaco

Por: Medardo Arias Satizabal

Hace veinte años todavía la isla del Morro en Tumaco lucía como Varadero en Cuba en el primer lustro de los 80. Vegetación natural, ningún hotel y sólo el rumor del mar al frente, entre ranchos de guano.

Acabo de regresar de Tumaco, donde fui invitado por el evento La Marea Literaria del Pacífico, y me he llevado más de una sorpresa. Donde antes prosperaban pequeños bosques de icacos y palmeras, junto a la playa de El Morro, una de las más bellas del país, con un arco natural de roca marina labrado por el mar, el turista de Cali y otros lugares del mundo encuentra varios hoteles, todos con piscina y un servicio de lujo; ahí, Villa del Sol, de Miriam Velasco, Los Corales, Barranquilla y el viejo La Red, de David Paredes, renovado.

La Red fue por mucho tiempo el único albergue en ese paraje. Construcción en madera, inicialmente, presentó un restaurante con balcón a la playa. Paredes criaba sus propios cangrejos y los alimentaba con afrecho de coco y plátano maduro, para delicia de los visitantes.

El resort Villa del Sol, en el lugar más apartado de El Morro, en medio de un bosque de palmeras, mereció cuatro estrellas, y está bien en cualquier lugar del mundo.

Por mucho tiempo los caleños, a sólo 50 minutos de vuelo, han visitado Tumaco. Maritza Uribe de Urdinola y Marta Hoyos tuvieron casa en Bocagrande, a la que invitaban a Tejadita. El artista se inspiró en esos manglares y en algunas escenas campiranas, tiendas, mercados, de Tumaco.

La Marea Literaria del Pacífico fue organizada por el gestor cultural y otro día alcalde de Tumaco, José Carabalí, y por el periodista Jefferson Sánchez, corresponsal del noticiero que dirige Mauricio de la Rosa en Pasto.

En compañía de los escritores Oscar Seidel Morales, Fabio Martínez y William Vega, pudimos hacer contacto con la comunidad cultural del archipiélago tumaqueño, a través del conversatorio en la Cámara de Comercio, el taller literario en el Salón Tumaco del Villa del Sol y el homenaje a Faustino Arias Reynel, el poeta y compositor de ‘Noches de Bocagrande’. Arias Reynel, barbacoano, dejó para la posteridad su bellísimo poema ‘Mi pueblo’. Los tumaqueños lo recuerdan con cariño.
Fue también alcalde de la población e Intendente del Putumayo.
Contrasta toda esta riqueza artística y cultural de Tumaco con las heridas que ha dejado la guerra en los últimos años, la misma que ha cobrado innumerables víctimas en la población civil. Para ello, el sacerdote español Luis Fonsillos, desde la Diócesis de Tumaco, creó La Casa de la Memoria, un espacio que quiere ser bastión contra el olvido.

Con Oscar Seidel visitamos el colegio que fundara su abuelo hace 107 años, el Liceo Max Seidel, un plantel que requiere muchas donaciones. Libros, computadores, una mayor aproximación de los escolares a la lectura, un mayor conocimiento de la importancia que representan en el Pacífico, junto al San Rafael de Buenaventura, los más antiguos del litoral.
El puerto cuenta también con el colegio Las Lajas, fundado por Tulia Castro de Carabalí, la muy querida pedagoga recientemente fallecida. Sus
 parques y monumentos, algunos de ellos centenarios, como el que hace homenaje a la madre, camino del cementerio, hacen pensar en un puerto que tuvo mejores tiempos y merece mejor futuro. El monumento que recuerda a Segundo Castillo Garcés, ‘Caballito Garcés’, el intérprete de ‘La muy indigna’ y ‘Mi canalete’, se erige hoy con su guitarra, frente al ‘Max Seidel’. Tumaco produce también cacao, de excelente calidad. Ya se exporta al mundo, como sus productos del mar y la madera, esta última en menor escala. Pero, este puerto podría vivir cómodamente del turismo, apoyado en los dones naturales que posee, su exquisita gastronomía. Algo que en el futuro gobierno debe recibir todo respaldo, dentro del progreso que representa la Economía Naranja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Periódico EL PAIS

ESCRITORES DEL PACÍFICO

Por: Medardo Arias Satizábal

Con Germán Patiño nos propusimos visibilizar la música del Pacífico, la misma que hoy es conocida en el mundo y tiene su nicho anual en el Festival Petronio Álvarez. En su compañía, creamos ‘Cununo 2000’, a fines de los 90, el preámbulo de lo que fuera luego el gran festival folclórico consagrado al compositor de ‘Mi Buenaventura’.

Germán, como yo, pensábamos que el currulao podía fusionarse no sólo con salsa, sino con jazz, bossa nova, soca, son cubano, y en esa primera aventura convocamos a Hugo Candelario, quien percutió las primeras notas de un bordón y un requinto que se escuchan hoy hasta en África.

No ha ocurrido así con la literatura, la cual continúa ‘invisibilizada’ por el canon nacional y las universidades, con honrosas excepciones. Desde la Universidad del Valle, el profesor Fabio Martínez, novelista, ha propugnado desde siempre por dar a conocer a los autores del Pacífico, al tiempo que impulsa desde ahí el Doctorado de Estudios Afroamericanos.

Hoy, por iniciativa de los escritores Óscar Seidel, Flóver González y Baudilio Revelo, entre otros, acaba de nacer la Fundación de Escritores del Pacífico, la misma que en palabras de Seidel, “quiere visibilizar a los autores de esta parte de Colombia”.

Seidel, autor tumaqueño, es nieto del notable pedagogo alemán Max Seidel, quien creó en Tumaco un instituto de altas calificaciones, tanto como el Pascual de Andagoya en Buenaventura. Acaba de publicar ‘En el mar de sus recuerdos’, un libro de cuentos y relatos donde es posible, por la vía del humor y la caracterización de personajes, aproximarse a ese otro mundo que es el litoral del Pacífico.

El Premio Nobel trinitario V.S. Naipaul, de origen indio, llegó a la cima con narraciones de un mundo particular del Caribe, un paisaje de nativos, casi privado. Es lo que hace también el poeta Moro Manzi, desde una prosa decantada, rigurosa, pero no por ella dulce al oído de la memoria. En ‘Ramas’, uno de sus libros más recientes, nos dice: “Ambrosía: según los antiguos era nueve veces más dulce que la miel; empero, él nunca quiso probar la inmortalidad…”. O la más alta ironía, ese recurso de la inteligencia: “El que combatía con las fieras en el circo romano, nunca pudo domar a su mujer…”.

El presidente de la Fundación, Baudilio Revelo, está dedicado hoy a la investigación en tradición oral. Una de las cosas que más ama en la vida es hacer trabajo de campo. Va a los pueblos y aldeas del litoral para recoger relatos de viejos pescadores y marineros. De ese trajinar, surgió uno de sus más comentados libros, ‘Cuentos para dormir a Isabella’, publicado por la Biblioteca de Autores Afrocolombianos, cuya curaduría realizó Germán Patiño para el Ministerio de Cultura.

En este encuentro con los escritores del Pacífico, he vuelto a ver a Hernando Revelo, médico y poeta, hermano de Baudilio, considerado uno de los más notables escritores del Litoral, junto a Alfredo Vanín. Hernando es autor de ‘Naufragios’, un libro esencial para comprender la cultura del mar y de los ríos en el Pacífico.

Ahí también, en la naciente fundación, Enrique Cabezas Rher, el inmenso novelista de ‘Miro

tu lindo cielo y quedo aliviado’, Premio Vivencias, obra fundacional de ese territorio ficcionable que llamamos Buenaventura.

Entre los nuevos autores del Pacífico, algunos no están en el radar de la literatura colombiana. Hablo por ejemplo de Miguel Carvajal, el único soldado de Buenaventura que se alistó en Vietnam, quien gentilmente acaba de obsequiarme su libro ‘El dragón nunca muere’, donde hace confesiones desde las entrañas de esa absurda guerra. El libro está ilustrado con algunas fotos, mapas, escenas de guerra.

Carvajal tiene un antecedente en esa experiencia militar; la de Jaime Millán, otro porteño conocido popularmente como ‘Chigua’, quien peleó en la guerra de Corea; ‘Chigua’ ya no está, pero su vida bien hubiera valido un libro.

 

 

 

 

 

 

  

REVISTA IN CONTRI

 

 

HISTORIAS DE HOY

El dulce olor de Puerto Perla: la nueva obra de Óscar Seidel

SEPTIEMBRE 19, 2020

ISABELLA PRIETO

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Puerto Perla es un pueblo a orillas del mar Pacífico, reconstruido después de un incendio, que sobrevivió a la amenaza de un tsunami, pero no pudo sobrevivir al mal olor. Esa población puede ser Tumaco, el pueblo donde nació el autor del libro, que se formó al vaivén de las olas, sin que nadie lo descubriera ni lo fundara. De pueblo humilde pasa a convertirse en población próspera. Todo debido al auge que toma el cultivo de hoja de coca. Con el crecimiento vive la desgracia

 

El escritor del Pacífico colombiano, Óscar Seidel presenta su nueva obra El dulce olor de Puerto Perla, les compartimos el texto introductorio y su prólogo.

 

Texto introductorio del escritor y periodista José Miguel Alzate

El epígrafe es tomado de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Sintetiza el final de un pueblo donde el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo que invade todas las calles, que nadie sabe de dónde viene y que obliga al

Gobierno Nacional a buscar la manera de contrarrestarlo. El diálogo de Rulfo que sirve de epígrafe al libro El dulce olor de Puerto Perla, escrito por Oscar Seidel, predice el final que en la novela tiene el pueblo. Un hombre pregunta por qué Comala se ve tan solo, como si hubiera sido abandonado. La respuesta que recibe es: “Así es. Aquí no vive nadie”. Desde ese mismo momento el lector identifica un pueblo que, por los asesinatos y los malos olores, es abandonado por sus habitantes.

Con esto quiere decirle al lector que no obstante la novela no abarcar un universo amplio, muestra en pocas páginas cómo un pueblo del Pacífico colombiano se resiste a convivir con un olor que impregna todo el ambiente. La narración se inicia con el llamado que le hace Jazmín, una vecina del barrio Las Flores, al Personero municipal, para que trate de hacer algo en bien de la comunidad. “Hay un olor en Puerto Perla que nos tiene desesperados”, le dice cuando lo alcanza en la calle antes de llegar a su despacho.

Memo, Fausto y Manolo son tres ancianos que, por su lengua mordaz, en Puerto Perla todos les temen. Jubilados, con más de ochenta años cada uno, se reúnen en el parque para hablar sobre lo que pasa en el pueblo, y para recordar su historia. En los primeros capítulos indagan de dónde viene ese olor que transformó el medio ambiente, que según ellos provocaron cambios en los estados de ánimo de las personas, ocasionó malestares estomacales en los niños y disminuyó el deseo sexual de los hombres. Manolo dice que en el pueblo la gente se acostumbró a convivir con los malos olores. Fausto, por su parte, reconoce que ahí siempre se ha vivido en emergencia sanitaria. Mientras tanto, Memo le echa la culpa de la hedentina a los productos químicos que en el terminal marítimo bajan de los barcos.

¿De dónde viene ese olor que invade las calles de Puerto Perla? El alcalde dijo en una reunión que podía ser algo arrastrado por un aguacero que había caído esa semana. El jefe de Sanidad piensa que pudo haber sido ocasionado por una marea alta que se metió a las casas construidas a la orilla del río. Los ancianos del parque dicen que pudo traerlo La Ñoca, una mujer que nunca se bañó, duró diez años sin cepillarse los dientes, y se caracterizaba por sus malos olores. La mujer había desaparecido desde hacía varios años. Pero ese hedor insistente le hace pensar a la gente que ha reaparecido. Fue una mujer a quien una infección le deformó la nariz. Dormía en una banca de la plaza. Debido a los olores que expedía una tarde se la llevó el carro de la basura. Desde ese día nadie volvió a saber de ella.

Para estructurar la historia Oscar Seidel recurre a la oralidad, construyendo el relato a través de diálogos donde los ancianos cuentan cómo fueron esos hedores que por temporadas se despertaron en el pueblo.

En una conversación, el jefe de Sanidad le recuerda al alcalde cómo combatieron la peste del mal olor de las axilas que en un tiempo vivió la población. Le recomienda entonces a una mujer, según él, doctorada en aromaterapia, para que les brinde una “asesoría odorífica”. La dama sacaba la hedentina fumigando las casas “con la quema de una mezcla de enebro, tomillo, bálsamo y ámbar”. Contratada por veinticinco millones de pesos, organizó hogueras que fueron encendidas en puntos estratégicos. El olor nauseabundo no se fue. Pero el alcalde se echó al bolsillo el diez por ciento del contrato.

El mal olor que se mete por las narices de los pobladores de Puerto Perla debe interpretarse en la novela como una metáfora de su realidad. El narrador que esporádicamente aparece en el texto cuenta que, en las noches, las ánimas deambulan por sus calles.

Según lo narra Oscar Seidel en una prosa que, no obstante, la economía narrativa retrata con pincelazos afortunados su ambiente, el último agente viajero en visitar a Puerto Perla se vuelve loco “por el silencio que reina en el lugar”. El hedor que obliga a la gente a abandonar el pueblo lo produce también la corrupción. El alcalde se enriquece adjudicando contratos a sus amigos sin el lleno de los requisitos legales. Y un fiscal recibe seiscientos millones de pesos para fallar un proceso a favor de un narcotraficante.

Puerto Perla es un pueblo a orillas del mar Pacífico, reconstruido después de un incendio, que sobrevivió a la amenaza de un tsunami, pero no pudo sobrevivir al mal olor. Esa población puede ser Tumaco, el pueblo donde nació el autor del libro, que se formó al vaivén de las olas, sin que nadie lo descubriera ni lo fundara. De pueblo humilde pasa a convertirse en población próspera. Todo debido al auge que toma el cultivo de hoja de coca. Con el crecimiento vive la desgracia. Atraídos por esa bonanza llegan los actores armados. Paramilitares, guerrilla y delincuencia común lo convierten en un escenario de muerte. Chango, un muchacho que jugaba billar, se enrola con la guerrilla, y se convierte en jefe del frente que produce cocaína. El gobierno desplaza mil hombres para darle captura, pero no lo atrapan.

 El dulce olor de Puerto Perla es una novela que narra la desesperación de los habitantes por el mal olor. El único que no siente esos hedores es el Raja-muertos, un hombre que tenía anestesiado el olfato de tanto convivir con los muertos. Durante varios años fue el encargado de realizar las autopsias a las víctimas de la violencia, que enterraba en su propio cementerio, acondicionado en un lote del municipio del cual se apropió. Seidel dice que hasta el Papa se quejó de la hedentina cuando visitó a Puerto Perla. “Estoy muy extrañado con el olor del pueblo”, dijo. Olor que también los ancianos chismosos le adjudican a Merejo, un personaje que un día se encontró una guaca. Tenía en la pierna una llaga purulenta que emanaba un mal olor. Había sido enterrado esa semana en el cementerio del Raja-muertos.

Prólogo de J. Mauricio Chaves Bustos

El dulce olor de Puerto Perla inaugura el estilo en el uso de la economía de la palabra que emplea su autor, atrapando al lector de manera inmediata en la lectura del texto. La trama transcurre en el puerto de Tumaco, conocida también como “La Perla del Pacífico”, lugar donde la ficción toma cuerpo enmarcado dentro de un clásico de la literatura universal, “La náusea” de Sartre, utilizada más como una antinomia, ya que en Puerto Perla todos tienen conciencia de ese mal olor que termina por ahuyentar a todos sus habitantes, contrario a los burgueses descritos por Sartre, ya que estos terminan por no advertir la realidad que los circunda; al igual que en La Peste de Camus, el autor en la trama pone de relieve la carencia de una moral universal, manifiesta en los politicastros que terminan por desconocer el origen del mal olor, desviando recursos, robando lo poco que hay en los erarios públicos, cuando la verdad la pestilencia emana de sus propios cuerpos, una metáfora de la corruptela que ha acompañado a la mayoría de políticos de Tumaco, de Nariño y de Colombia, por no ir más lejos.

El aislamiento también cobra cuerpo dentro de la esencia de la trama de la novela de Seidel,

como una actitud autoimpuesta en primer lugar, quizá una crítica a la endogamia de las castas politiqueras de la región Pacífica nariñense, una actitud que luego se extiende y se impone de afuera, por parte de los gobiernos centrales, una crítica también al mal manejo político que se ha hecho con la región desde Pasto y desde Bogotá; esto, no impide acusar a los habitantes de Puerto Perla, cuya culpabilidad la buscan dentro de los mismos habitantes, especialmente de los pordioseros y menesterosos, cuando la peste finalmente la tienen todos, sin excepción alguna.

La realidad y la ficción se entrecruzan en el detenido y austero relato que hace su autor, no es difícil imaginar las críticas que van y vienen detrás de los escenario y los personajes que Seidel maneja con atinado acierto, no en vano en uno de los capítulos se señala que las tres catástrofes que ha padecido Puerta Perla son los incendios, el tsunami y el actual Personero, tres verdades manifiestas dentro del historial para quienes husmeamos y curioseamos los anaqueles del pasado del territorio narrado, donde convergen comerciantes usureros, guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, sin que se excluyan entre sí, para finalmente quedar las islas desiertas, esperanzados con que el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo.  

Este libro logra un el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo, que realmente da gusto leerlo y releerlo.

 

 

 

 

 

REVISTA INCONTRI

Immigrati italiani nel Pacifico meridionale

Por: Oscar Seidel

Anno 50 # 3 - gennaio / febbraio 2021

Texto introductorio

Oscar Seidel, autore colombiano, ci conduce in un viaggio “surreale” attraverso il racconto di tre episodi “fiabeschi” che con molta probabilità hanno inteso raccontare episodi familiari realmente accaduti ma arricchiti di elementi “teatrali” che facilmente hanno attratto l’interesse del pubblico del tempo. Episodi che riguardano famiglie italiane giunte in Colombia sin dalla fine del XIX secolo e che descrivono situazioni in cui è centrale il tema della medicina, della salute e della formazione delle generazioni nate in Colombia ma formatesi in Italia. Ringraziamo l’autore per questa coinvolgente narrazione.

Por: Olimpia Niglio

 

                 “Erezione Idraulica”

La presenza di immigrati italiani nel Pacifico del Sud è nota da secoli. Molti di loro arrivarono in queste terre attratti dall’oro e altri per diffondere la fede cristiana. Queste storie che ora racconto sono fatti realmente accaduti o un po’ romanzati. Il porto fluviale di Barbacoas vide una forte presenza di immigrati europei nel XIX secolo, che, attratti dalla ricchezza aurifera del fiume Telembì, arrivarono per realizzare un proprio patrimonio economico, solido come l’oro a 18 carati che estraevano dalle sue miniere. Le famiglie italiane che si distinguevano erano: Escruceri, Andreotti, Rosasco, Dall’Orso, Manosalva, Valente, Manzi, Gallo, Solari e Cosanostra.

Questi imprenditori del metallo prezioso realizzavano le loro esportazioni di lingotti attraverso i porti di Iscuandè e Tumaco. Con il passare del tempo, stabilirono buone relazioni con le famiglie Marques e Benítez, i cui antenati erano nati a Barbacoas, e che, a causa del boom commerciale del porto marittimo, decisero di trasferirsi dalla foresta vicino al mare. Fu così che ebbe luogo la seconda ondata di immigrazione italiana, che favorì l’apertura di uffici commerciali con forti legami con l’Europa. Ma non tutti gli antenati italiani volevano dedicarsi al commercio e alcuni giovani suggerirono ai loro genitori di mandarli a studiare nel paese dei loro nonni. Uno di questi giovani era Giacomo Manosalva, che decise di studiare medicina all’Università di Palermo e viaggiò verso quel porto del Mediterraneo sulla nave “El Durazzo”, che ogni tre mesi salpava da Tumaco verso l’Europa. Nel 1926, a Tumaco si diffuse la pandemia di malaria, una malattia tropicale che quasi decimò la popolazione nativa, poiché non c’erano medici o antibiotici nella città e il nuovo ospedale non poteva far fronte all’epidemia. Approfittando del fatto che Giacomo Manosalva aveva già terminato i suoi studi di medicina, si misera in comunicazione con lui attraverso il famoso telegramma di Marconi, affinché tornasse urgentemente in Colombia e aiutasse con la sua preparazione a sconfiggere il flagello.

Un giorno, mentre era nel suo ufficio, il dottor Manosalva ricevette la visita di sua cugina Gina Cosanostra, che disse che il suo problema non era la malaria, ma l’impotenza del marito. La visita non durò molto, poiché il medico prescrisse alla cugina di dare a suo marito un bicchiere d’acqua ogni giorno prima di andare a letto, e quello sarebbe stato il santo rimedio della Madonna.

Era l’alba. Molti aspettavano notizie positive, dato che tutta la città era al corrente della prescrizione. Verso le nove del mattino, visto che Gina Cosanostra non si era presentata nello studio del dottor Manosalva, lui stesso decise di andare a casa sua. Quando arrivò alla casa, trovò il marito e la moglie ancora addormentati e doloranti. Il dottore non ci mise tanto a chiedere cosa fosse successo. Gina Cosanostra raccontò che la sera prima, per assicurarsi che il marito portasse a termine l’atto coniugale, aveva dato da bere a Parmenio un’intera brocca d’acqua e non un bicchiere come le era stato suggerito; di conseguenza, il marito non aveva potuto far nulla, se non andare in bagno in continuazione fino all’alba.

La notizia si diffuse molto velocemente nel porto. I tre personaggi furono lo scherno di tutta la comunità e i loro nemici inglesi distribuirono un opuscolo che descriveva l’invenzione della falsa “erezione idraulica”. Per evitare il disprezzo del pubblico, le due famiglie decisero di trasferirsi in Italia. Alla prima occasione che si presentò, si imbarcarono sulla nave “El Cèrigo”, che in quel momento era ancorata nella baile.

 

    “L’Università Nazionale è stata salvata”

Molti anni dopo, negli anni ‘60, i “Bachiches” stavano partecipando ad una festa sontuosa, come si usa festeggiare la fine dell’anno a Tumaco. Da un momento all’altro, Bruno - il cugino “camorrero” - cadde con la faccia a terra e si scatenò l’inferno. Il giovane Salvatore guardava il mare dalla finestra, visto che la festa era per i grandi. Suo fratello Giacomo - che era al terzo semestre di medicina all’Università Nazionale - era anche lui assente, ripassando il libro di Anatomia che avrebbe usato nel prossimo semestre.

Siccome il cugino non si svegliava, il padre di Salvatore lo vide sdraiato sulla finestra e gli gridò di andare a chiamare Giacomo, perché si occupasse di quella massa informe stesa a terra. Giacomo si mise diligentemente gli occhiali con le lenti d’ingrandimento, appese lo stetoscopio che i suoi genitori gli avevano regalato per Natale e con tutta la solennità di un medico cominciò a controllare il paziente. Gli misurò la pressione del sangue ed era tutto sotto controllo, gli massaggiò il cuore e riuscì a sentire qualche battito, ma Bruno non si svegliò. Intanto, durante la festa, la tensione cominciò ad aumentare; il padre era già scoraggiato perché Giacomo non rianimava Bruno. Subito il giovane studente medico iniziò ad analizzare il paziente e premette lo stomaco con entrambe le mani; e subito si sentì “un forte gas con odore di mozzarella”. Zio Francesco, che assisteva alla perizia del futuro medico, nel vedere la rianimazione di Bruno, non poté che esclamare “L’Università Nazionale è stata salvata”.

La festa continuò tra la musica napoletana, soprattutto “La Donna è Mobile” e “Funiculi Funiculà”; un grande applauso fu dedicato a Giacomo per il miracolo compiuto e i “Bachiches” non videro mai loro padre così felice come quella notte di Capodanno.

 

 

                       

                                

                                   “Pieno di scarafaggi”

Nel 1970, fu la prima volta che il dottor Michael sentì che il suo giovane cugino Benito era “pieno di scarafaggi” in una riunione della famiglia Malatesta. Facevano parte di quella generazione di giovani di origine italiana che arrivarono nel Pacifico nariano tra il 1925 e il 1970, alcuni per esercitare la loro professione, altri per gestire il commercio del legname, con cognomi come Bernardi, Bornacelli, Montini, Minervini, Natale e Maglioni.

Il raffinato Benito aveva studiato nel collegio dei gesuiti di Pasto, e la sua formazione era quasi al limite tra il divino e il perfetto. Il dottor Michael, che aveva fatto i suoi studi di medicina a Guayaquil, fu incuriosito dal presunto problema del suo giovane cugino, e senza fare domande o consultare nessuno della famiglia Malatesta, volle curarlo dal lato clinico e non dall’aspetto sociologico.

Disperato per non aver trovato alcun rimedio, il dottor Michael decise di consultare come ultima opzione lo zio Dardo, che era un avvocato di sinistra dell’Università di Nariño. Gli consigliò di non “perdere tempo” cercando di curarlo clinicamente, poiché la soluzione era mandare il raffinato Benito a Bogotà a studiare e in cinque anni avrebbero visto come gli scarafaggi sarebbero usciti dalla sua testa. Tutta la famiglia era d’accordo. I genitori di Benito, stanchi della sua rigidità mentale, decisero che il loro figlio doveva essere in armonia con le idee liberali e lo iscrissero alla Scuola di Diritto dell’Universidad Libre, le cui teorie era massoniche.

Dopo qualche tempo, tornò al porto, si laureò come avvocato e nella festa di benvenuto che gli fu fatta, uscì con tutta la dottrina rosacrociana, il che spaventò tutti i Malatesta della riunione.

Zio Dardo, che era rimasto a bere vino con suo fratello Gabriel e il dottor Michael, non faceva che sbraitare che sarebbe stato meglio lasciare gli scarafaggi dentro la sua testa.

 

 

 

Voló demasiado lejos (Er ist weit geflogen): Cuentos cortos bilingües en español y alemán. (German Edition) Edición Kindle

Edición en alemán de Oscar Seidel (Author) Formato: Edición Kindle

 

TEXTO INTRODUCTORIO
Ante la avalancha de narraciones que quieren abarcar un gran universo, hay escritores minimalistas que prefieren partir de un microcosmos para narrar sus ficciones literarias. Estos escritores son, por lo general, modestos no solo en el arte de contar, sino también en su forma de narrar, que siempre es breve y económica. Este es el caso del narrador colombiano Oscar Seidel, quien se inició en la literatura con el relato corto, y hoy nos entrega su primer libro de cuentos cortos traducidos al idioma alemán. Seidel, cuyo abuelo fue un pionero de la educación en la ciudad costera de Tumaco (Colombia), nació en esta ciudad, bañada por las aguas del mar Pacífico, y donde los ancestros africanos, producto de la esclavitud y el cimarronaje, aún continúan vivos. Como nieto de alemanes afincados en el Pacífico colombiano desde principios del siglo XX, Seidel ha sido un escritor bifronte al que le ha tocado beber de la cultura europea y de la cultura de raíces afrocolombianas.
En los cuentos y relatos de Seidel abundan cuestiones e inquietudes enmarcadas en una dinámica mitológica. Su sentido literario está anclado en un entorno donde se unen las fuerzas de los seres imaginarios y reales. Es de admirar de este autor cómo elabora en un estilo fluido y llamativo su sensible versatilidad artística. Oscar Seidel hace vivir las memorias y los dinamismos de las acciones humanas que desfilan por el mundo de la fantasía regional junto con los cíclicos movimientos marinos, el correr de los ríos, y la enigmática selva, donde rondan sus personajes cuyas acciones se ajustan en aforismos, refranes y alusiones incisivas. Se percibe en sus escritos la visión sobre las fuerzas naturales que fluyen, se armonizan y se conservan unidos en el andar de la vida humana.

EINLEITUNG
Bei der Flut von Erzählungen, die ein ganzes Universum umfassen, gibt es minimalistische Autoren, die lieber von einem Mikrokosmos ausgehen, in dem sie ihre Geschichten erzählen. Diese Autoren sind im Allgemeinen eher bescheiden. Nicht nur in der Kunst, sondern auch in ihrer Art und Weise zu erzählen, die eher kurz und knapp ist. Dies ist auch bei dem kolumbianischen Erzähler Oscar Seidel zu beobachten, der in der Literaturszene mit dem Schreiben von Kurzgeschichten begann und uns heute seinen ersten ins Deutsche übersetzten Kurzgeschichtenband vorlegt. Seidel, dessen Großvater ein Pionier des Bildungswesens in der Küstenstadt Tumaco (Kolumbien) war, wurde in der Stadt geboren, die vom Pazifik umgeben

bist und in der die afrikanischen Wurzeln, als Produkt der Sklaverei und der Maroonage,

weiterleben. Als Enkelsohn von Deutschen, die sich Anfang des 20. Jahrhunderts am kolumbianischen Pazifik niedergelassen haben, ist Seidel ein Schriftsteller mit zwei Gesichtern: einer, der sich aus der europäischen Kultur sowie aus den afrokolumbianischen Wurzeln bedient. Seidels Geschichten und Erzählungen sind voll mit Fragen und Bedenken, die in einer mythologischen Szenerie verpackt sind. Ihr literarischer Sinn ist in einer Umgebung verankert, in der die Kräfte von imaginären und realen Wesen zusammenkommen. Es ist bewundernswert, wie dieser Autor sensible gestalterische Vielseitigkeit in einem flüssigen und eindrucksvollen Stil herausarbeitet. Oscar Seidel erweckt die Erinnerungen und den Schwung menschlicher Handlungen zum Leben, die sich durch die Welt der heimischen Fantasien ziehen. Dies kombiniert er mit den zyklischen Bewegungen des Meeres, dem Lauf der Flüsse und dem geheimnisvollen Dschungel, in dem seine Charaktere umherstreifen, deren Handlungen in Aphorismen, Sprüchen und prägnanten Anspielungen aufeinander abgestimmt sind. Man nimmt in seinen Schriften die Sicht auf die Kräfte der Natur wahr, welche auf dem Weg des menschlichen Lebens zusammenfließen, harmonieren und erhalten bleiben.

 

 

La Sirena Varada: Año II, Número 11, México.

                                             No podía dormir

Estaba destinado que Simoncito no alcanzaría la edad adulta debido a su nacimiento prematuro. Durante los primeros cinco años de existencia, la familia Vélez no se percató del poco crecimiento; daban por normal la situación, al fin y al cabo, la baja estatura predominaba en la casa.                                                                  

     Ellos no sabían que los espíritus por las noches llevaban a Simoncito al mundo de la fantasía, puesto que, si dormía, amanecería más veterano. En aquel mundo, vivían Peter Pan «el niño que nunca crecía, y odiaba el mundo de los adultos»; Michel Jackson «el rey del pop que quería vivir siglo y medio rodeado de niños»; don Fulgencio «el hombre que no tuvo infancia»; y otros seres, que siendo adultos querían comportarse como niños, sin tomar responsabilidad de sus actos.                                                             

    Cierta noche, el vigilante del barrio se dio cuenta que la ventana del niño Simón estaba abierta y con luces encendidas. Pensó que tal vez sus padres habían olvidado de cerrarla, y siguió haciendo la ronda. En días posteriores, el vigilante notó lo mismo, y decidió averiguar el porqué de la anomalía. Tamaña sorpresa se llevó aquella noche que no dio la ronda completa; se quedó más tiempo viendo la ventana en cuestión, y presenció cómo un grupo de espíritus llevaban al niño Simón al espacio sideral en una nube de estrellas. Muy temprano, trajeron a la criatura más sonriente que nunca, y el vigilante entregó el turno.                           

     Para calmar su asombro, el vigilante decidió consultar en los libros de magia y alquimia, y descubrió que los antiguos creían que el sueño hacia envejecer, porque las células al no estar en movimiento se deterioraban, y que la verdad se encontraba en la agitación del reloj biológico. Impresionado con la teoría, fue donde el alquimista Londoño, quien tenía fama de estar buscando el jarabe de la eterna juventud, y le comentó el suceso. A Londoño se le arregló la situación económica, puesto que tomó poder de «la teoría del no dormir para no crecer»; dejó abandonadas sus investigaciones sobre el brebaje de plomo que estaba recetando, y pronto obtuvo clientes ávidos de aplicar el descubrimiento.                                                          

     Los padres del niño Simón no estaban enterados de aquel fenómeno de la ciencia, y por precaución decidieron cerrar la ventana con cadena y candado. Aquella noche, los espíritus no pudieron llevárselo, y Simoncito amaneció diez años más viejo. Sus padres, al verlo con cuerpo de jovenzuelo, pero sin la madurez emocional, quedaron abismados con el crecimiento acelerado y no encontraron explicación, hasta que el vigilante quien estaba disgustado con el alquimista Londoño, porque se había vuelto rico con su teoría, decidió contar la verdad.     

     Al anochecer, el joven subió a la terraza de la casa, para tener un encuentro con sus antiguos amigos. De manera fugaz aparecieron, comentaron todo lo que había pasado, y decidieron que a la siguiente noche harían el último viaje al mundo fantástico. El joven Simón escribió una carta a sus padres despidiéndose porque no volvería jamás, y adujo que era mejor vivir la fantasía que la cruel realidad de su familia y del país.                                                                                             

     Aquella noche que la madre se dio cuenta que el joven no estaba en la casa, ya era tarde para lamentaciones, y ante el clamor de ella para que apareciera su hijo, los espíritus lo

 devolvieron a la tierra. Sin embargo, tenía que pagar la estadía en el mundo de la eterna niñez, junto a unas personas más que regresaron a sus diferentes países de origen. La decisión de los espíritus fue que crecerían de manera normal hasta los cuarenta años, pero con aserrín dentro de la cabeza, sin una gota de materia gris. Nadie protestó por aquella condición, con tal de tenerlos vivos, y de regreso a casa.

Hoy, la gama de viajeros que alguna vez estuvieron en el mundo de la fantasía, administra sus países y manejan la política regional. Nunca maduraron.                                                     

¿Qué podemos a hacer?                      

 

 

 

 La Sirena Varada: Año II, Número 8, México.

       

      Por un puñado de billetes                              

Era Mercedes la modelo alemana más cotizada de la casa comercial. El día que el ganadero la vio en la ciudad, quedó hechizado. Sin discusión alguna, ofreció un gran fajo de billetes por ella. Todos quedaron impresionados con la propuesta; nada había que hacer, una vez más aquel hombre podía adquirir lo que quisiera.                                                                               

La vida que soportó al lado de este campesino sin modales, no tuvo nombre ni adjetivo. La trataba a patadas con sus sucias botas montañeras; le arrojaba el humo de sus malolientes tabacos, y la enloquecía con su estridente música de carrilera.                                                                            

Juró desquitarse de aquel patán con plata. Podía ser el dueño del pueblo y sus alrededores, pero le había llegado la hora. Aquella tarde, al regresar de la finca, pasado de tragos lo excitó con su rugido de fiera germana y le alborotó el ego, con funestas consecuencias.  Cuando llegó la ambulancia, recogieron a la vera del camino, el cadáver del agropecuario. Ella fue llevada a la Clínica de Reparación. Al verla, el mecánico solo atinó a decir: “Tan hermosa que era la señorita Benz”.


La Sirena Varada: Año II, Número 7, México.

                   ¿Cuándo llegará?                                   El día de su boda, la mujer sugirió al novio no destapar los regalos que habían recibido. Intrigado el esposo por aquella acción tan extraña, preguntó el porqué de dicha propuesta. Tenemos que guardar las cosas para cuando llegue el momento respondió.                                                                                                            

Al cabo de muchos años, la esposa murió. Al abrirle el closet, cayeron al suelo uno tras otro, los numerosos regalos sin destapar: la hermosa pijama de satín con encaje Chantilly que nunca se puso, porque prefirió dormir todas las noches con una desalentadora quita pasión de tela sencilla; las costosas gafas Cartier sin utilizar en la luna de miel, para evitar que se quebraran; la vajilla Baviera de doce puestos, dado que comía en platos desechables para omitir lavar; y los vencidos turrones de Alicante que no probó jamás.                                                                              

Había llegado el momento, sí, pero de regalar todas esas cajas, porque en el ataúd no cabían.

 

 La sirena varada: Año 1, Número 4, México.

                           Sangre

Con sevicia metió el cuchillo al cuerpo desnudo, cortó cabeza y corazón, y sacó las vísceras. Miró con morbo por si faltaba un órgano más para extirparlo. Luego cogió el cuerpo inerme, lo expuso al fuego a temperatura de 150 grados centígrados, dejó pasar tres horas y exclamó a su mujer: “Ya está listo el pavo para la cena de Navidad”.

 

 

 

 

 

 

 

 

La sirena varada: Edición Anual 2017, México.

 

 

                                                     Morir de ganas

 

En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio, escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero. Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que mi cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV Concurso de Relatos Moleskin 2019. España. Finalista.

 

 

                                     Nadie ganó esta guerra 

 

Resumen La alegría que reina en el Pacifico colombiano se ve interrumpida por la llegada de grupos foráneos, que destruyen el patrimonio cultural y económico de la región. Unos campesinos intentan huir de su territorio ancestral, pero son capturados. Obligados a guiar a estos insurgentes, traman la huida y los hacen desaparecer en un guandal. Al regresar a sus casas no encuentran nada. Se ha acabado la historia familiar y ancestral. Acuden a la justicia del pueblo, pero no localizan al Fiscal, quien ha renunciado por las amenazas recibidas. El Personero intenta juzgarlos, pero no tiene atribuciones. Se desplazan a la Capital, y en unión con otros desplazados conforman un colectivo que presiona al Gobierno Central para que ponga en cintura a los grupos insurgentes, consolide la Paz, y pueden por fin recuperar a sus familias y sus territorios. Palabras claves: Fiesta, marimba, alabao, grupos al margen de la ley, patrimonio moral y económico, mata de coca, cultura ancestral, guandal, tierra de nadie, desplazados, paz. Narración Ayer llegó al pueblo un grupo de campesinos huyéndole a la peste de los grupos al margen de la ley. Les informaron que fueran donde el Personero a poner la denuncia, porque el único Fiscal había abandonado el cargo al estar amenazado:

 

— ¿Qué tiene por declarar? preguntó el Personero.

—Vea, doctor, respondió uno de los campesinos: Nuestro caserío era una fiesta hasta que llegaron los hijos de puerca a cambiar nuestras costumbres. Todas las noches le pedíamos a Changò que nos protegiera. Retumbaban la marimba y el cununo, y el biche se saboreaba con placer para arrecharse y bailar con las mulatas. Aquella noche del alabao se aparecieron. No solo se contentaron con destruir nuestros cultivos y apoderarse de nuestros bienes, sino que violaron a nuestras mujeres. El escarnio público a que se vieron sometidas cambió por completo el entorno familiar, muchos hijos para no ver en el futuro convertidas sus madres y hermanas en prostitutas, prefirieron enrolarse en el ejército, y algún día vengar esta afrenta. Desde aquel momento, cambió nuestro patrimonio moral y económico.

— ¿Qué acciones tomó la comunidad del caserío?

— Los hombres tuvimos que huir de la zona porque nos obligaron a sembrar la mata de coca; nosotros somos campesinos dedicados a explotar el bosque, y no íbamos a cambiar de un momento a otro nuestra cultura ancestral. Llevábamos cuatro horas de andar por el monte con rumbo desconocido, cuando los bandidos nos atraparon. Marchamos un buen rato amarrados y golpeados por una gente que no es de nuestra región. ¡Ah!, y para colmo nos asignaron buscar la comida y cocinarles. Fue la oportunidad que nos dieron para empezar la venganza y tramar la huida. Nos adentramos en el monte, cazamos guatines y micos, y descolgamos de los árboles una semilla roja diarreica para sazonar la comida. Al rato les servimos; después de haber comido cogieron una churria tenaz, y como se limpiaban el rabo con la hoja de la mata de rascadera, quedaron deshidratados con el culo colorado, y no pudieron desplazarse con

rapidez.

 

— ¿Ustedes, sufrieron algún castigo por esa acción?

— No, doctor, ellos estaban muy enfermos. El único consuelo que nos dio fue que estaban más perdidos que nosotros, y se enloquecieron con la picadura del jején y las víboras. Después de haber caminado durante cuatro días, el jefe de la cuadrilla me obligó a colocarme al frente para guiar a esta mano de hombres sin destino, hasta un lugar en donde se pudiera ver la luz del sol. Habíamos recorrido cierta distancia, cuando reconocí el territorio: los árboles de mangle y guayacán me hicieron recordar que estábamos cerca al profundo guandal,

que años atrás se tragó a mi compadre. Con señas informé a mis otros tres paisanos sobre el plan que iba a realizar más adelante del camino, y con la mirada los previne para no entrar de primeros al pantano, sino esperar a que yo los condujera a su destino final.

— ¿Dónde quedaron los cadáveres de los insurgentes?

— En lo profundo del pantano.

— ¿Qué hicieron luego de cometer ese delito?

— ¿Cuál delito doctor? — Si lo que hicimos fue en defensa propia. Esa mañana, riéndonos llegamos victoriosos a nuestros ranchos. Nadie nos recibió, nuestras mujeres e hijas se habían escondido. Tomamos la decisión de irnos para siempre de allí, porque eso se volvió tierra de nadie, sin Dios ni autoridad.

— Si les aplicara la Ley, tendría que abrirles un expediente por asesinato.

— ¡Maldita nuestra suerte! por punta y punta nos persiguen.

— Por ahora quedan subjúdice, ya que no puedo decidir su caso. Los declaro interinamente culpables.

— ¿Usted de qué se las está picando, doctor?

— Si usted no es el Fiscal. A usted le ordenaron recibir las quejas por violación de los derechos humanos, no que se las diera de Fiscal.

 — ¡Qué falta nos hace tener una representación en el Congreso de la República, que nos defienda de todos estos badulaques!

 

No existía otra alternativa: el grupo de campesinos desplazados emigraron a La Capital, dado que no tenían ninguna seguridad jurídica:

— Señor Alto Comisionado, afuera hay un grupo de desplazados del Pacifico que quieren hablar con usted —dijo la secretaria del despacho.

— ¿Qué problema de orden público hay?

—Mándelos al Ministerio del Interior.

— Doctor, esa gente no quiere ir para ningún lado. Dicen que, si usted no los atiende, se quedaran aguantando frío hasta que los escuchen. Les da lo mismo morir aquí en La Capital que allá en su territorio. Que de todos modos van a morir, sí no ponen en cintura a los insurgentes.

— Bueno, hágalos seguir.

 

El vocero de los desplazados hizo el análisis de la penosa situación que se estaba viviendo en la región. Manifestó que el conflicto no era culpa de ellos, que no lo habían propiciado.

 Dijo que era un problema de Estado, por el olvido secular al que habían sometido al Pacifico. El Alto Comisionado trato de convencerlos que ya habían tomado medidas de hecho con la presencia de la policía y el ejército, y que por ahora no podía el gobierno central hacer más. Los campesinos salieron desalentados de la reunión, pero no se amilanaron; a su territorio

 

llegarían algún día con soluciones efectivas al conflicto.

Con el tiempo, organizaron un colectivo de desplazados que tuvo eco en otras regiones del país, y que eran víctimas del mismo flagelo. Su presión fue tan grande que el gobierno central los escuchó y tuvo que negociar con los grupos insurgentes. Hoy con la firma del acuerdo de Paz recuperaron su patrimonio, su familia y la memoria cultural que habían perdido. En el Pacifico no hubo venganza alguna contra los grupos al margen de la ley que se acogieron a la justicia. ¡Aquí nadie ganó en el conflicto! ¡El único que jamás perdió la guerra en este territorio ancestral fue Changó!

¡Después de muchos años, el Pacifico volvió a ser una fiesta!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII Concurso de Relatos y Microrrelatos de Viaje Moleskin 2018. España. Finalista.

                          La pareja de enamorados

La pareja de enamorados se iba a separar para siempre, ella marchaba a estudiar al exterior. El novio, enloquecido arrancó las manecillas de todos los relojes del puerto para vivir de manera eterna la despedida. Hoy los habitantes sufren una rutina perenne, nada sucede, todo es igual: el tiempo se detuvo.

                             La soledad aterradora

Para soportar la soledad aterradora de aquel lugar, el agente viajero compró en la ciudad un transistor de pilas de dos bandas que le sirviera de compañía en las noches largas.                                                        La primera semana de su estadía en la selva, el transistor no agarró ninguna emisora. A los sesenta días que regresó a la ciudad, trajo un radio de cuatro bandas y tampoco funcionó. Igual aconteció al cuarto mes siguiente con un aparato más grande, y seis meses después pasó lo mismo con otro equipo que le regaló el abuelo, el cual en sus buenos tiempos captaba los discursos del caudillo liberal.                                                                                                           

En el transcurso de los días observó a un loco con un gran radio que llevaba encima de sus hombros, y pensó que esa era la solución para amainar el silencio. Le propuso compra, pero el demente no hizo caso. Indagó sobre aquel extraño personaje, y le respondieron que era el último agente viajero en llegar antes de él.                                                                                      

Esta mañana, en el escritorio del gerente depositaron una carta de renuncia procedente de la selva profunda.

                       En mi viaje a la Habana

En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio, escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero. Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que mi cuerpo.      

                  Sus padres la entregaron

Sus padres la entregaron al jefe del aserradero, con el fin de salvarla de la peste de tuberculosis, que diezmaba a la población infantil en la selva. Los árboles se agotaron, y la empresa maderera trasladó sus equipos a otro lugar muy distante. Nadie supo cuándo ni a dónde se llevaron a la indígena.                                                                                                                  

Hablaba lenguaje ininteligible, y solo se hacía entender con señas. Comenzó para la jovencita el periplo de conocer un mundo raro y costumbres diferentes. De su memoria se borraron las imágenes de la familia, y del sitio que la habían sacado. Nunca preguntó nada.                                                                                                           

El hogar adoptivo se acabó porque murieron los padres, y cada hijo tomó su camino. Solitaria en la vida, se trasladó a otro pueblo, y amasó cierta fortuna vendiendo pescado en el mercado.                                                                                                                                              

El día que llegó de la selva aquella canoa, a vender sus productos en la galería del pueblo, desembarcó un anciano. La observó, y el corazón le dijo algo. De regreso, en la canoa viajó alguien a la selva, en búsqueda del tiempo perdido.                           

                             Al buque que viajaba

Al buque que viajaba hacia el Mediterráneo lo atrapa una fuerte mareta. El agua empieza a entrar por el casco averiado de la nave. El Capitán da la orden de desalojar. Todos cogen sus chalecos salvavidas y se embarcan en los botes auxiliares. Pregunta el Capitán al Suboficial si toda la tripulación abandonó la embarcación. El Suboficial corre presuroso a chequear si no hay nadie más en cubierta. Para su asombro, encuentra a un abogado, Regresa donde el Capitán, y le informa que el jurista no saltará al mar hasta que la orden no venga por escrito.

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                 Un sueño intranquilo

Goyo Venté despertó con la sensación de haber tenido un sueño intranquilo. No solo era el efecto del confinamiento por la pandemia del Coronavirus que azotaba al planeta, sino que el gobierno nacional había decretado el cierre parcial de todas las actividades comerciales que había menguado sus ingresos económicos. Pensó ante esta situación, litigar de medio tiempo como abogado que era, profesión que dejó de ejercer por los pocos clientes que tenía en Puerto Perla, y además porque se cansó de perder todos los pleitos que los clientes le asignaron. Pero, los juzgados también estaban cerrados a pesar que el juez, el secretario y el mensajero recibían sus salarios cumplidos, y esto lo obligó a seguir como vendedor de mostrador ya que sus salidas a la zona rural quedaron suspendidas.

Esa mañana, poco a poco, al quitarse la cobija descubrió su transformación en un cucarrón picudo: sus cuernos en la cabeza, los tres pares de patas, y su cuerpo dividido en tres regiones: el abdomen abombado, el caparazón que sustituyó a su espalda, y un pico alargado para alimentarse de las hojas y del tallo de las palmas de coco y chontaduro. Pese a la gravedad de la situación, la primera preocupación de Goyo Venté fue la de justificar su nuevo estado físico en el empleo. El turco Abdul, dueño del almacén donde Goyo trabajaba, decidió ir a buscarlo a su casa debido a su inusual retraso, que, pese al nuevo horario implementado, no había incumplido hasta ayer. Goyo hizo un gran esfuerzo por abrir la puerta de su dormitorio y, entonces, el turco y la familia Venté se percataron de su nueva forma: la de un enorme cucarrón picudo. Este era un animal desplazado de su lugar de origen por la talada de madera, y por los sembrados de coca, la otra peste que llevaba azotando a la región desde hace muchos años, a la que no pudo vencer un destacamento de 9.000 soldados desplegados por toda la costa. No teniendo más opción para un nuevo hábitat, el picudo encontró en las palmas de chontaduro y de coco el lugar ideal para alimentarse y reproducirse.
Goyo Venté, hasta ese momento había guardado el secreto que en su última correría por el campo quedó traumatizado, y todas las noches soñaba con la plaga del cucarrón picudo, que tenía en aprietos económicos a todos los campesinos para vender sus productos en buena calidad; información que no fue divulgada para evitar que llegarse a oídos del turco Abdul, y éste de inmediato cortara el crédito a los campesinos que venían pagando con puntualidad.

Al principio, la familia Venté no supo cómo hacer frente a la nueva situación. Su padre se enfureció y lo despreció porque Goyo no volvió a trabajar, y puso en problemas la manutención de todos. El turco Abdul, quien lo había humillado y criticado por su forma de trabajar ahora en el mostrador, pues no cortaba bien los metros de la tela popelina Canciller, aprovechó la situación del Coronavirus para despedirlo, asunto que le causó una gran depresión. Sin embargo, su hermana Miguelina, la cual sentía gran cariño por Goyo, se apiadó de él y se encargó de alimentarlo con chontaduro y hojas de cocotero, y además limpiarlo y cuidarlo. Después de asear su habitación durante un tiempo, la hermana comenzó a repudiarlo por el fuerte olor a escarabajo que desprendía y por el excremento redondo que dejaba en el piso. En otra ocasión, a la madre le dio un vahído al ver su intención de volar hacia la ventana.

Entonces, el padre culpó al cucarrón picudo de los males sucedidos y le pegó con la escoba de yarè para acribillarle, sin lograr su cometido gracias a que se interpuso la hermana. En ese proceso de transformación, se desdibujó poco a poco su identidad. Goyo perdió importancia en el momento en que fue dependiente de Miguelina y se descubrió como una pieza inútil, un badulaque, una carga para sus padres y su hermana. El sentido de la responsabilidad que Goyo tenía con su familia lo hizo sentir culpable en el momento en que se dio su metamorfosis. Goyo llegó a la conclusión que era mejor estar muerto que vivo y se abandonó a sí mismo. El sentimiento de culpa y la frustración lo condujeron a su fin. Por primera vez, imploró a la naturaleza para que el Coronavirus lo exterminara. Pero, él ni los empleados de la brigada de salud del municipio sabían que el virus no afectaba a los escarabajos.                                                         

La economía familiar se vio amenazada debido al estado de Goyo, además, ni el gobierno nacional, ni el departamental y menos el municipal, le dieron el tratamiento adecuado a la pandemia. Fue tanto el desespero de los habitantes que tuvieron que cuidarse con hojas de “matarratón” y hacer buches de agua del mar. Entonces, la familia Venté realizó algunos ajustes en la casa: recortó los gastos del hogar; redujo a dos las comidas en el día, y alquilaron varias de las habitaciones desocupadas a nuevos inquilinos, que habiendo venido del campo a vender sus productos quedaron “enchuspados” en Puerto Perla, sin poder regresar a sus veredas de origen. Fue entonces, cuando a Goyo le agarraron las ganas por volar para salir de esa oscura y maloliente habitación. Quiso escapar de aquel sitio, que además lo tenía sin poder dormir, porque los vecinos del barrio en su mayoría aglutinados en grupos de jóvenes nativos, llevaban celebrando el alabao de nueve días del velorio de un “compa”, que se lo llevó la peste del narcotráfico por una merca que no entregó.

La transformación de Goyo Venté se produjo de manera acelerada; del cuerpo humano de aquel locuaz vendedor de telas y camisas ya no quedaba nada. Su familia, como lo había abandonado, no se dio cuenta en qué momento se convirtió en un bicho cualquiera. Una noche, pudo escapar del obligado confinamiento, con tan mala fortuna que al volar pasó cerca de uno de los campesinos hospedados en la habitación alquilada de su casa, quien cansado del zancudero y de la rumba eterna de algunos vecinos que no dejaban pegar el ojo, lo confundió en la oscuridad, y con un abanico de rampira estrelló su cuerpo contra la pared segándole la vida.

 

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           Los acuarelistas del mar

Fuimos dos pintores bohemios cuya obsesión era dibujar el mar. Mi compañero de farras y labores, Miguel Ángel, pintaba mejor cuando estaba ebrio. El cuadro más importante que hizo fue “La bahía iluminada”, que no alcanzó a terminar porque lo empeñó en la taberna del francés Jean Pierre —de quien decían había llegado prófugo de la prisión de Cayena—, antes de morir en su última borrachera. Me había comprometido con él a que, si fallecía, yo le daría las últimas pinceladas como muestra de mi admiración por su obra. Fue entonces cuando decidí retirar “La bahía iluminada” de la taberna, en donde se había convertido en un espectáculo para los ojos de todos los clientes; sin embargo, la cuenta era tan alta que sólo quedó la opción de retar al francés a ver quién aguantaba más la ingesta de aguardiente. Si yo perdía le entregaría todas mis acuarelas marinas, y si él, yo dispondría del cuadro “La bahía iluminada”.

La apuesta duró cinco días seguidos, con esporádicos descansos para desayunar y comer. El único testigo fue el hijo del tabernero, autorizado para traer comida y más aguardiente cuando se acabasen. Al quinto día, a las tres de la tarde, el tabernero se desmayó de la borrachera. Descolgué el cuadro y regresé tambaleante al taller con la intención de que, a los tres días, después de descansar y reponerme, iría al sitio desde donde mi amigo Miguel Ángel pintó “La bahía iluminada”.

El día del compromiso estaba nublado el firmamento. Manejé la canoa hasta el sitio desde donde se divisaba la bahía. Tenía en mente y espíritu dicho paisaje, y terminé el cuadro de unas cuantas pinceladas. En realidad, la obra quedó perfecta, pero al regresar a la cabaña me cogió la tormenta, el cuadro se mojó, desapareció el boceto, y sólo quedó una mescolanza de colores como una pintura abstracta. Acongojado, lo colgué en el taller con la esperanza de que volvería a pintar “La bahía iluminada”.

Con el correr de los días me arropó una nostalgia terrible; la pereza y la desazón se apoderaron de mí, hasta que la quietud se vio alterada por la llegada a la isla de un barco con turistas franceses. Tamaña sorpresa me llevé por parte de esos personajes, quienes arrimaron a mi cabaña y observaron lo que quedaba del cuadro de mi amigo. Después de contemplarlo por buen rato, el guía de la excursión me manifestó que ellos estaban decididos a comprarlo. Asombrado por esa locura —puesto que yo sólo veía en él una mescolanza de colores— decidí venderlo; al final, allí no estaba reflejada “La bahía iluminada”.

El cuadro abstracto se exhibió en el Salón des Independants de París, con el título de “Acuarela 301” de un tal Kandinsky. Debido a la cotización del cuadro, me enteré de que lo estaban subastando por millones de francos; esto me pasó por ser tan idiota y desprendido del dinero, y desde ese momento algo en mí se murió por la injusticia cometida, que me trajo consecuencias muy funestas.

Me estresé, mi vida cambió, y tomé una determinación ante el acoso al que me vi sometido por parte del Museo de París y del fantasma de Miguel Ángel, que se puso furioso, y apareció todas las noches con el reclamo de no haberle cumplido: no volvería a pintar acuarelas. Tiré al mar todas mis obras, la paleta de colores, los pinceles y demás elementos de pintura. En cuanto a los franceses —que me presionaron para que pintara más acuarelas marinas y les

pusiera el sabor del trópico con el fin de impresionar a los críticos de arte—, tuve la pésima idea de presentarles al tabernero Jean Pierre, quien estuvo preso en Cayena por falsificar cuadros de pintores famosos. Todavía negocian con arte abstracto.

Ahora soy pintor de brocha gorda en el Ministerio de Obras Públicas. Trazo la línea amarilla divisoria de la nueva carretera que une esta isla con el continente. Ya veré hasta dónde llego. Si el ánima de mi amigo vuelve a aparecer “le pinto la cara” con mi indiferencia.

 

                                La hija de Olokun

Cuenta la Oralidad del Pacífico Sur que, cuando Sara no pudo soportar tanto sofoco, se puso alerta porque pensó que le había llegado muy temprano el climaterio. Ante la displicencia continua de su marido Jacobo para tener hijos, decidió que era el momento del «ahora o nunca». Investigó en la Santería y en la mitología yoruba para ver a que Orisha se encomendaba con el fin de quedar preñada. Invocó a Yemayà la diosa del mar, representante de la fertilidad; le rezó a Olokun el Orisha del océano, ser andrógino mitad pez y mitad hombre, representante de las riquezas del lecho marino y la salud, pero, sus oraciones no fueron escuchadas.

Acudió donde los maestros vicheros y las sabias guisanderas del Pacifico Sur, para que le dieran la receta de cómo motivar a su consorte en la recarga de energías. Siguiendo sus consejos, el primer día sirvió en el desayuno una copa de arrechòn, y a la mañana siguiente suministró un vaso de tomaseca. Desesperada, el fin de semana le dio de beber una totuma de curao con pimienta negra, y tampoco el hombre se puso sabrosón. Los amigos santeros de Jacobo, creyeron que éste había invocado a Shangó, porque pasó durante esos días en una sola rumba de viche y baile, pero de aquello de la virilidad, nada. Entonces, Sara optó por cambiar el menú y cocinar con otra sazón: hoy seviche de piangua, mañana sancocho de ñato, y traspasado mañana caldo de reculambay, y vuelva y repita, pero al final, todo fue tiempo perdido.

En su soledad, con el deseo de tener un hijo, Sara fue todas las tardes a la playa a meterse al mar para calmar la ansiedad. A sus cuarenta años no tuvo pudor para nadar desnuda, y varias veces se quedó dormida soñando que un ser del océano la poseía. Fueron muchos los días que cumplió este ritual. En el puerto se regó el rumor que estaba desvariada, pero su marido no lo creyó aquel día que le contaron. Decidió él mismo averiguar el asunto, hasta que una vez la encontró con toda la hermosura de su cuerpo al aire libre, y apoderado de una calurosa pasión la convidó a hacer el amor. Para evitar chismes, se metieron desnudos al mar, y después de unos cuantos minutos de consumado el idilio, tuvieron que salir del agua porque comenzaron a picar las aguamalas y las ortigas.

A las cuatro semanas, tuvieron la feliz noticia que habían engendrado un bebé, y durante todo el tiempo del embarazo, Jacobo se dedicó a cuidar a Sara con brebajes inventados y comidas balsámicas. A los nueve meses nació la niña. Al principio todo era felicidad. Con el transcurrir de los días, notaron que la criatura tenía la cabeza grande y redondeada, cara graciosa, brazos y piernas muy corticos, en la nariz aparecían dos huequitos; las demás partes del cuerpo eran las de una niñita normal, pero no se podía parar, sino que sus movimientos los hacía acostada.

El desaliento total se presentó la primera vez que llevaron la niña al consultorio del médico Manosalva, para que diagnosticara dicha anormalidad. El médico les explicó que era una rara enfermedad llamada Focomelia, que causaba en los bebés un desarrollo deficiente de los huesos largos de las extremidades, lo que hacía que estas fueran más cortas de lo normal y, en casos extremos, que las manos, el pie o incluso los dedos surgían directamente del tronco y que era muy dada en las mujeres de la costa que tomaban el medicamento Talidomida, para soportar las náuseas en los tres primeros meses del embarazo. La madre no entendió nada de ese concepto científico, y más bien recordó que en aquel momento de éxtasis en el mar, sintió que un tizón se le introducía hasta las entrañas, como si el dios andrógino Olokun la poseía al mismo tiempo que lo hacía Jacobo. Al salir de la consulta, fueron la burla de todos, y en la algarabía les gritaron que habían engendrado una niña andrógina.

La madre, avergonzada, resolvió criar a su hija un poco alejada de los otros niños, y se conformó con verla en la playa en donde se divertía «como pez en el agua». El padre fabricó una tina de madera y la llenó con agua salada para reemplazar la cama, en donde ella pasaba la mayor parte del día, puesto que tenía dificultad para caminar, y para integrarse con los amigos de la escuela. Nadie, excepto la niña, se percató que ella sólo jugaba con los Ibeyis, los Orishas menores que la protegían de las aflicciones.

Al cumplir los diecisiete años, la joven habló con sus padres sobre la posibilidad de irse del puerto hacia una isla muy distante, en donde nadie la conociera, y poder vivir con tranquilidad el infortunio de haber sido engendrada mitad humano y mitad cetáceo. Los padres aceptaron su decisión ya que ella no tenía la culpa de haber nacido así; más bien, se echaron la responsabilidad por fornicar desnudos dentro del mar. Una mañana, zarpó en una canoa adaptada con motor fuera de borda y bastantes provisiones y gasolina para el viaje sin retorno, y… desapareció.

Durante días, los vientos impulsados por la Orisha Oyá la acompañaron hasta llegar a una isla desconocida. Con la destreza que tenía pudo armar su bohío, y disponer de los frutos tropicales para sobrevivir. Cierta noche, cayó un fuerte aguacero acompañado de vientos huracanados, sintió que por la ventana la estaban observando. Con todo el sigilo, prendió una vela, salió al exterior, y tomó por sorpresa al hombre desconocido. Asustada, pensó en correr, pero el tipo aquel era más ágil y fuerte, y de una manera amable la persuadió para que se tranquilizara, y comenzó a explicar quién era: “Soy Salvador, un marino desaparecido tres veces en los mares del mundo. Vivo al otro extremo de la isla. Llegué aquí tratando de olvidar a mi mujer Policarpa, a quien abandoné por andar embarcado. El destino me castigó con vivir solitario, después de que fui el más enamorado en todos los puertos”.

Pasado cierto tiempo, y ante el asedio despiadado a que fue sometida por Salvador, decidieron convivir como pareja. Con el devenir de los años no tuvieron hijos. Fundaron un pueblo al que llamaron «San Marino». El pueblo tuvo un progreso inusitado debido al arribo permanente de barcos del Lejano Oriente, que hacían tránsito en su ruta hacia el Pacifico Sur, y que influyeron para crear una zona libre para vender todo tipo de mercancías.

A los años, sus ancianos padres, Jacobo y Sara, decidieron ir a comprar electrodomésticos a la zona libre de «San Marino», gracias a que un pescador amigo les informó haber reconocido a su hija en ese sitio, donde ella tenía una bodega. Al encontrarse, la felicidad fue total, salvo, por la preocupación manifestada sobre su esposo Salvador, quien no había regresado desde hace un año, cuando zarpó hacia la China a comprar mercancía barata, y con el pretexto de buscar un viejo amigo llamado Singa, quien le enseñó a conocer los secretos del alma, cuando navegaron por los siete mares.

De Salvador, jamás se tuvo noticia alguna. El día que se le agotó la paciencia de tanto esperar al que nunca llegó, sin despedirse de sus familiares, la mujer se introdujo al mar. Acompañada por un cortejo de anfibios, nadó muchos kilómetros hasta llegar a la línea que delimitaba el horizonte, y ahí, en el profundo fondo marino, en donde absolutamente nadie sabe que hay, encontró las huestes del Orisha Olokun, su verdadero padre biológico, a quien acompañó en su reino para siempre.

 

 

La promoción cultural de El Diario con “Las Artes”

Por: Augusto Mejía González                                                           

El periodismo, es una profesión tan maravillosa, que se lleva en la sangre. Mi gran amigo Rubén Darío Franco Arbeláez, presidente del PRI, en nuestro departamento; periodista, poeta y novelista, nos ha contado que tuvo la fortuna de que el ex Magistrado Doctor Javier Ramírez González, humanista y amigo de las letras, tuvo la idea de dar nacimiento al Diario del Otún de Pereira, que fue editado inicialmente en el Periódico “La Patria” de Manizales; y que él mismo – Rubén Darío- era el encargado de llevar desde la cra.9a No 21-71, todo el contenido del Diario a la Patria, en donde se publicara desde el 1º de febrero de 1.982. Luego el Doctor Javier, trasladó a sus hijos Luis Carlos y Javier Ignacio Ramírez Múnera la dirección del Periódico.                                                                                                           

El Poeta, escritor e historiador Juan Alberto Rivera Gallego, nos relata en su artículo del domingo 2 de agosto 2020: “Las Artes 32 Años con La Cultura”, cómo el 6 de agosto de 1.988 apareció el primer número De Las Artes en tabloide, bajo la dirección del Formidable crítico de cine Germán Ossa; hasta la edición 100 aparecida el 8 de septiembre de 1.990 Luis Alberto Berón asume la dirección, del tabloide Las Artes, hasta el 5 de julio de 1.998; y desde el 12 de julio del 98, Juan Alberto Rivera Gallego, tiene la dirección hasta el presente, quien culmina su relato afirmando que: “La apuesta por un medio cultural, es una apuesta a largo plazo; no de ganancia inmediata pero seguro siembra ideas que serán fundamentales para el futuro”. Descollante la edición No.1.600 de Las Artes al cumplir 32 años de su publicación continúa.

Vale la pena destacar los textos de Oscar Seidel, el Tumaqueño, ingeniero Industrial de la U.T.P. y especialista en finanzas en EAFIT, de Medellín; periodista de El País y El Occidente de Cali y en el Magazín de El Espectador de Bogotá; De cuentos y relatos en La Tarde y El Diario del Otún y autor de tres libros: 1) El Mar de sus recuerdos; 2) El Dulce olor del Puerto Perla (La Del Otún) y 3) hasta cuando me persigues, con su artículo: “La Formación de una Casta” Seidel nos habla de lo que significaron los “Leopardos” entre 1.920 y 1.930 en Colombia, oponiéndose a los Partidos Tradicionales.

Dice Oscar Seidel que el nacionalismo de los Leopardos, no era explícitamente fascista; aunque las tesis del Fascismo Europeo tenían éxito en una numerosa rama del Conservatismo Colombiano. Para Seidel: “Los Leopardos y/o Los Greco Caldenses acabaron con el predominio de la Escuela Antioqueña”.

Como pueden ver los amables lectores, la actual situación de Colombia nos dará la oportunidad de hacer muchas comparaciones, entre la historia y la actual confrontación que vive nuestra amada Patria.

 

 

 

 

 

 

 

 e-Kuóreo  Revista de Minicuentos de Colombia

                         La carta bajo la lluvia
 

Al caer sobre el techo de zinc, el aguacero sonaba como una máquina de escribir de infinito tecleo. Todas las noches el Ciego le escribía a su amada al compás de las gotas de lluvia; al llegar la medianoche tenía que terminar un párrafo para que no se evaporara con el sol de la madrugada. Logró enviarla cuando apareció el verano: al abrirla, emergieron gotas de letras que la salpicaron de amor.

 

 

Concursos DIVERSIDAD LITERARIA. Madrid. España. Seleccionado.

 

I Concurso de Microrrelatos “Micro Atardeceres” (2018).

 

                              Ido con el tiempo

 

El atardecer lloró su desgracia al aparecer la noche.

 

 

V Concurso de microrrelatos "Inspiraciones nocturnas" (2018).

 

                    La carta bajo la lluvia

 

Al caer sobre el techo de zinc, el aguacero sonaba como una máquina de escribir de infinito tecleo. Todas las noches, el Ciego le escribía a su amada al compás de las gotas de lluvia; al llegar la medianoche tenía que terminar un párrafo para que no se evaporara con el sol de la madrugada. Cuando apareció el verano logró enviarla: al abrirla, emergieron gotas de letras que la salpicaron de amor.

 

 IV concurso Microrrelatos de “Micro terror” (2018).

                                             Con justa causa

 

Cuando la mujer confesó su crimen al Juez, explicó estar agobiada por su fracaso matrimonial y su fallida relación romántica. Pero nadie que la conocía en el pueblo podía imaginar que esa joven, que parecía adorar a su esposo, fuese la misma que lo mató. La confesa no dio una detallada descripción del crimen, sin embargo, logró conmover y contar con el apoyo de todos sus vecinos. En el juicio indagó el Juez a la culpable:

- ¿Qué fue lo primero que su marido dijo aquella madrugada?

- ¿Dónde estoy, Consuelo?

- ¿Y por eso usted lo mató?

- Si su Señoría, mi nombre es Socorro, y lo asesinaría otra vez si se volviese a equivocar.

 

 

 III Concurso de Microcuentos “Microfantasías" (2018).

 

                                                            Allí

 

Los amantes que se reunían en el viejo muelle de pescadores, convirtieron el lugar en el aliado de sus citas clandestinas. Un fuerte temblor sacudió el pueblo, y ahora no pueden volver a verse. El maremoto acabó con el sitio donde se acariciaban con pasión desenfrenada.

 

 

 

VII Concurso de microrrelatos "Pluma, tinta y papel" (2018).

 

                                                Lágrimas Negras

 

El día que la amada partió, el enamorado comenzó a llorar lágrimas negras que le tiznaron la cara. Con el tiempo, su casa oscureció. La tinta que brotó de los ojos sirvió para escribir una carta pidiéndole que regresara. La misiva no tuvo respuesta. Fue entonces, cuando el pueblo amaneció inundado por una marejada negra que salió de la casa del desdichado.

 

 

II Concurso Internacional Haikus "Entre sílabas anda el juego". (2018)                                                  

                                     Playa Silente

La arena recuerda con nostalgia cuando era roca.

 

 

IV Concurso de microrrelatos "Sensaciones y sentidos". (2017).

 

                                                        Sin sentido

 

Se encontró el cadáver en la mañana. Fue el hombre más rico del pueblo. Hubo total consternación. En su vida, jamás fue al médico. No tuvo preocupaciones familiares. No le faltó alimento, y sus negocios iban de maravilla. Medicina legal dictaminó: muerte por exceso de felicidad.

 

 

IV Concurso Internacional de Microrrelatos “Porciones del alma” (2017).

                                                  Morir de ganas

 

En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio, escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero. Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que mi cuerpo.

 

 

 

 

FINALISTA DEL VIII CONCURSO LITERARIO “CANYADA D’ART”. 2017. Madrid. España.

                                 

                     Ardientes plegarias

El incendio arrasó con las casas vecinas de la isla. Los bomberos no lograron detener el incendio. No hubo agua ni estaban dotados de motobombas y mangueras para extraer el líquido del mar. Sólo alumbraba el resplandor de la candela. La mujer llena de pánico abrazó el cuadro de algún santo que vio en la pared, y le pidió con plegarias que la protegiera. Sin embargo, la vivienda fue consumida por el fuego. Arrojó el cuadro, lo pisoteó, y maldijo su suerte. Fue entonces cuando ella se percató que algo había salido mal: había tomado por equivocación el cuadro del general Santander.

 

 


 

                  Revista virtual Microcuento.es. España.2018.

                                         

                                    La rebelión de las notas

 

Furioso por no lograr concluir la décima sinfonía, Beethoven quitó de la partitura el minué donde más se alegraban las notas. Inconformes y rabiosas, las corcheas escaparon del pentagrama y se instalaron para siempre en los oídos del músico

 

                             El coche se detuvo

El coche se detuvo…había llegado a su final.

 

                              Virgus

Era virgen por donde la mirase. El día que murió, tenía diecisiete años. El médico apesadumbrado porque no encontró cura a la enigmática enfermedad, tomó una fotografía de aquella sonrisa que reflejaba el cadáver. Al revisar la placa fotográfica, dictaminó con asombro: orgasmo celestial.

 Antología Poética / PEN Colombia de escritores

ECOS Revista literaria y cultural N.4- Bogotá, 2021

 

               Haikus de un idilio en el mar

El atardecer llora su desgracia al aparecer la noche.

La agonía del alcatraz se refleja en la puesta del sol.

La bahía silencia sus luces al encender el fuego.

La barca se pone celosa al marino mirar la luna.

El tiburón se enerva lujuriosa delfín lo excita

La palmera cimbra su cintura al tocarle los duros cocos.

El cielo estornuda vientos para enfriar el bohío.

La brisa se vuelve huracán para despeinarla con ira.

La mar ahoga mi corazón me le entregué a la mulata.

La manglería grita con el hachazo mortal.

El rio se duerme al penetrar en el silente estero.

El caracol se enconcha lo trataron como cangrejo.

La arena recuerda con nostalgia cuando era roca.

La gaviota viaja sobre la ola hasta llegar a la playa.

El amanecer lucha con la estrella para despertar el día

 

Tercer Concurso Internacional Versos Compartidos de Microrrelato de Misterio de Uruguay. 2017.

 

                                    Sangre

Con sevicia metió el cuchillo al cuerpo desnudo, cortó cabeza y corazón, y sacó las vísceras. Miró con morbo por si faltaba un órgano más para extirparlo. Luego cogió el cuerpo inerme, lo expuso al fuego a temperatura de 150 grados centígrados, dejó pasar tres horas y exclamó a su mujer: “Ya está listo el pavo para la cena de Navidad”.

 

Pacífico Literario: obras literarias para enaltecer al Pacífico colombiano

 

Con el propósito de resaltar la literatura del Pacífico colombiano, el Ministerio de Cultura presentó hace unos días en Cali la colección Pacífico Literario, un conjunto de obras escritas por autores provenientes de esta región, quienes entre sus páginas enaltecen, relatan y escudriñan en la historia, las costumbres y la cultura del litoral.

En total son 7 obras literarias entre las que se encuentran 2 compilados sobre la historia del Valle del Cauca en el siglo XX y otro de poesía joven del departamento. Además, entre los escritores se encuentran personas provenientes de Tumaco, Buenaventura, Barbacoas, Nariño, y Guapi, Cauca.

Tras la presentación de las obras, los vallecaucanos ya las podrán encontrar en la Biblioteca Departamental de Cali y próximamente estarán disponibles en toda la red de bibliotecas del departamento, así como también en escenarios como la Feria del Libro y el Festival Petronio Álvarez.

Al respecto, Mónica Perlaza, directora de la Biblioteca Departamental, manifestó que con las obras se logran resaltar “los valores de nuestro Pacífico en el ámbito cultural, permitiendo que la memoria histórica, la tradición oral y las nuevas narrativas lleguen a las manos de los vallecaucanos y de los lectores de la región Pacífica”.

Tres cuentos, tres historias en Buenaventura

El libro escrito por el docente y escritor bonaverense, Luis Álvaro del Castillo, narra una serie de historias en la que se exaltan los paisajes y relatos de lo que fue la Buenaventura de los años 60, la “Buenaventura distinta, respetuosa y tranquila”, como dice el autor.

Hay historias de ficción y otras en las que se combinan con la realidad. Son diferentes historias articuladas con una misma narrativa que tiene como fondo imaginar los paisajes del Pacífico y de Buenaventura”, destacó del Castillo.

Centrar la historia en la ciudad portuaria y en los momentos que incluso una vez Álvaro del Castillo vivió, es de los hechos que más le emociona al exponer su obra en la colección Pacífico Literario, pues permite acercar un poco más estos relatos a más públicos.

“Escribir sobre Buenaventura es encantador y placentero. Es un orgasmo literario el poder escribir sobre mi tierra. Buenaventura para mí duerme en las entrañas del corazón; las historias y andanzas me hacen sentir orgullo porque es retomar las secuencias del pasado y plasmarlas en un collar de letras”, expresó.

El dulce olor de Puerto Perla

Esta historia escrita en el año 2018 por el ingeniero y escritor Óscar Seidel, dedica sus letras a Tumaco y aprovecha sus líneas para realizar un análisis profundo de lo que ha sido la realidad de sus habitantes y del mismo territorio.

Seidel, quien es tumaqueño de nacimiento, recoge entre las líneas que escribió diversas temáticas entre las que se combinan situaciones ficticias y reales sobre lo que sucede dentro del territorio que una vez lo vio nacer.

“En la novela hablo de las catástrofes, los incendios, del tsunami, la clase política y la presencia de la violencia que permea los valores de la región. Se juntan todos estos elementos en una región tan hermosa y entran también personajes locales a los que les hago homenaje”, manifestó el partícipe de la colección Pacífico Literario.

La novela que también se puede encontrar en Amazon como e-book, hace además un homenaje a la oralidad del Pacífico colombiano y a la diversidad étnica que habita en esta región del país.

“Nosotros tenemos una oralidad rica. En el Pacíficos somos ‘triétnicos’, entonces cuando se narra desde la costa Pacífica se puede encontrar que hay una gran amplitud oral que no tienen otras regiones del país”, aseveró.

Junto con las ya mencionadas obras, Memoria visual vallecaucana en el siglo XX; Benkos Biohó, un verdadero héroe de Félix Domingo Cabezas Prado; Diálogo de aguas, por los esteros de la afroralidad en el Pacífico colombiano de Baudilio Revelo Hurtado y Hernando Revelo Hurtado; Poesía joven del Valle del Cauca y Naufragios, poemas de Hernando Revelo Hurtado, son el resto de las obras literarias que enaltecen al litoral en la colección Pacífico Literario. 

 

 

Finalista Sexto Certamen Internacional de Micro lectura

Género Cuento de Argentina. 2020.

                           

                                La raíz del mal

Muchos burgueses y gente de la monarquía fueron encarcelados; la sentencia del Tribunal Revolucionario de ser ejecutados en la guillotina no se hizo esperar. Llegó el día predestinado. La víctima sentada en la silla, solitaria, y con un dolor profundo, observó al verdugo acercarse con sus instrumentos de tortura; por un momento hubo un prolongado silencio, y luego fue interrumpido por un grito lastimero: había sido extraída la muela de María Antonieta, la Reina de Francia, quien en un acto de vanidad pidió ser atendida en su celda por el dentista, antes de ser ejecutada.

 


                               El submarino U-1550

La última vez que vi a Ulrich See fue en Buenaventura. En ese entonces, él estaba tratando de convencer a un grupo de marineros pensionados de la Flota Mercante Grancolombiana, para que le ayudaran a sacar a flote un submarino U-1550 que permanecía en el fondo del mar, cerca de la Ensenada de Utrìa.                                                                                            

Contaban los que lo conocieron, que este capitán de fragata alemán había llegado al Pacifico colombiano, después de atravesar el Estrecho de Magallanes, y navegar en dirección Noroeste de Colombia. Venía con la misión encomendada por el Fuhrer de establecer una base de submarinos para atacar a los navíos y barcos de bandera norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras cumplían con su misión, se terminó la guerra en 1945, y a toda la tripulación del U-1550 le quedó difícil retornar navegando a su tierra, ya que los Aliados controlaban los mares del Pacifico y del Atlántico. Sin embargo, lo hicieron aprovechando la cercanía con el Canal de Panamá, ya que se embarcaron de manera clandestina en un buque de bandera italiana que hacia la travesía hasta Europa. Todos se fueron, menos Ulrich See, quien de manera obstinada siguió en el sumergible hasta hundirlo en la Ensenada de Utrìa. Para ocultarse del FBI que perseguía por toda América a militares nazis, tuvo que internarse en la selva del Pacifico entre Saija y Rodea, y para sobrevivir se dedicó a la dura labor de tumbar árboles para vender su madera aserrada.                                                                                                                                              

Fue así como vine a conocer la historia de Ulrich See, ya que mi padre era gerente de una empresa exportadora de madera, y en uno de los tantos viajes que hizo por dicha región, se lo presentaron los nativos. Contaba con detalles mi padre, que él vio en el armario de Ulrich, el viejo y conservado uniforme negro de cuero, la cruz de honor de la armada nazi, y la bitácora de su periplo desde el puerto de Dresde.                                                               

Después de mucho tiempo, en una reunión de amigos en el Hotel Estación de Buenaventura, narraron cómo Ulrich See pudo sacar a flote el U-1550, pero con tan mala fortuna que se había oxidado todo el cuarto de máquinas y la zona de torpedos. Finalmente tuvo que venderlo como material de chatarra a unos comerciantes paisas, quienes hicieron el negocio de su vida, ya que el submarino había sido construido con acero fundido en la fábrica Krupp de Prusia.                                                                                                                         

Ayer caminaba por la Plaza de Caicedo en Cali, y en una de sus bancas vi a un grupo de personas asombradas con lo que uno de ellos narraba. Pude preguntar del porqué del tumulto, y uno de los contertulios me dijo en voz baja, que el narrador era un anciano con imaginación desbordada, el cual siempre manifestaba que había capitaneado un submarino alemán U-550, pero que nadie le creía semejante historia. Seguí mi camino, y pensé que muchas veces lo verosímil lo confunden con la realidad.

 

Periódico EL BONAVERENSE

OSCAR SEIDEL: EL EJECUTIVO DEL AÑO 1986 DE BUENAVENTURA.

Por Carlos Astorquiza Salazar 

Candidatura presentada y sustentada por el doctor Rubén Darío Sánchez.

 Me corresponde presentar al doctor Oscar Seidel Morales para la nominación del Ejecutivo del Año 1986, de acuerdo con los parámetros de la Cámara Junior de Colombia. Considero que el doctor Oscar Seidel Morales reúne estas condiciones que exige la Cámara Junior para exaltar a los ejecutivos más brillantes de cada región del país.

Sus datos personales son: Oscar Seidel Morales. Edad: 34 años. Casado, 1 hijo. Ingeniero Industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira. Especializado en Finanzas. Estudió idiomas en el Colombo-americano. Tiene como aficiones el periodismo escrito y la literatura. Práctica el fútbol, el tenis y el baloncesto. Habla también el inglés.

Trabaja actualmente en Fundelpa. Cargo: director ejecutivo, siendo sus funciones: Planear, programar, ejecutar y controlar las actividades de la Fundación como un todo. Ejecutar las políticas y directrices emanadas del Consejo Directivo, consagradas en los estatutos. Posiciones anteriores: Corpopular-Pereira, Subgerente, 4 años. Industrias Bacarat-Pereira Subgerente, 1 año. Nacional Fiduciaria-Pereira Subgerente, 3 años. Ha sido catedrático de la Universidad Católica Popular de Risaralda en Pereira, en el área de Economía y Finanzas.

Publicaciones: Columnista página Ejecutivos, diario Occidente, de Cali. Asociaciones a que pertenece: Club Rotario, miembro principal; Club Rotario, miembro activo: Acolpe, socio honorario. Referencias personales: Oscar Mazuera, director ejecutivo CVC.; Jaime Carvajal, Fundación Carvajal: Armando Caicedo, Miguel A. Caro, Agustín Escandón.

PROYECCION A LA COMUNIDAD

 Se ha proyectado a la comunidad en la siguiente forma:

Foros: • Transporte multimodal y puerto seco: Era una bomba latente para los intereses de Buenaventura, y por iniciativa de Oscar Seidel se promovieron dos foros a los que asistieron los proponentes de este proyecto y las fuerzas vivas de la ciudad, las cuales aprovecharon para sentar su voz de protesta y rechazar esta medida contra los intereses económicos de Buenaventura. Es así como no se ha vuelto a hablar de ello.

 • Foro sobre problemática turística. Se invitó a Cortuvalle a la cual se cuestionó e instó a trabajar por Buenaventura a fin de establecer un plan de acción para habilitar el muelle turístico. Así mismo, se logró que la Capitanía no pusiera tantas trabas a los lancheros. Consciente de la actualización profesional de los funcionarios de Colpuertos, logró que el Colombo Americano dictara dos cursos a este personal. Igualmente, en el momento se están dictando cursos de inglés en convenio con el colombo-americano, dirigidos a la clase ejecutiva del Puerto.

• En lo relativo a la microempresa vemos cómo se ha desarrollado este sector al generar 85 empleos directos, capacitar 110 microempresarios y fundar 22 tiendas, por un valor de $19.500.000. • Logró un convenio con el Sena para capacitar el sector hotelero de La Bocana sobre cómo atender al turista.

• Promovió en el Bajo Calima la creación de tiendas, a las cuales se carnetizó para que éstas a su vez se provean de víveres en la Cooperativa de Tenderos, abaratando el costo de la canasta familiar ya que aquí se vende a un 09% menos que los mayoristas de Pueblo Nuevo.

LIDERAZGO

 Coordinador del área 4 -Avenida en el Club Rotario.5030. Coordinador del mes de la Juventud; programado en octubre de 1986 por el Club Rotario, se realizó en varios Colegios a los cuales se les dictó conferencias sobre valores huma-nos, orientación profesional, programación deportiva. Así mismo se institucionalizó el concurso mejor bachiller de Buenaventura. Asesor financiero de Funda-Esperanza. Elaboró el presupuesto para la construcción de la Clinimóvil. Ideó y programó un temario para capacitar ejecutivos locales trayendo conferencistas de altura como: Alberto Merlano (vicepresidente-Ecopetrol) En busca de la excelencia. Álvaro Valencia Tovar-Liderazgo Empresarial en Colombia. Luis Prieto Ocampo-Modelo de Gerencia que requiere el país. Despojándose de su investidura gerencial se compenetra con microempresarios y tenderos capacitándolos en proyectos de Investigación, Costos, Mercadeo y Contabilidad.

CAPACIDAD EJECUTIVA

Considerando que es parte integrante de Fundelpa, vemos cómo el Consejo Directivo de esta traza las directivas y políticas a seguir y Oscar Seidel las ejecuta de forma que colme las aspiraciones del usuario y satisfaga a la Junta Directiva.

Pero no quiere decir que solamente sea un ejecutar de lineamiento trazado por este consejo. Como integrante de él tiene derecho a voz y voto y es así como ha propuesto y se han ejecuta-do sus siguientes ideas: Programa de Idiomas (curso de inglés para ejecutivos porteños). Impulso a proveeduría de tenderos planificando y logrando créditos con: Convenio con el SENA para capacitar el sector turístico y hotelero. Creación de Acolpe, capítulo de Buenaventura. Programa de conferencias y almuerzos diálogos. Foros sobre transporte multimodal y puerto seco.

Para terminar, su capacidad ejecutiva se comprueba al recibir Fundelpa con $908.000 de déficit y en dos años la ha logrado rescatar pues en 1985 se obtuvo un superávit de $49.000.

LOGROS ALCANZADOS INDIVIDUALMENTE

Debido a su permanencia en Fundelpa, ha hecho que esta entidad se convierta en el polo de desarrollo para el estudio de la problemática del Litoral Pacífico. Por su acción ejecutiva en Fundelpa, la ha convertido en una eficiente generadora de desarrollo del sector de la microempresa y ha colaborado en el mejoramiento del nivel de vida del sector informal de la economía porteña.                                  

                                                                                                          

   Información de Oscar Seidel

Biografía

Nació en 1952 en Tumaco. Colombia. Terminó sus estudios de Ingeniero Industrial en la Universidad Tecnológica de Pereira en 1977.Se graduó de Especialista en Finanzas en la Universidad EAFIT de Medellín en 1980.                                                                                   

Se inició como colaborador de los periódicos El País y Occidente de Cali, El Puerto, y La Batalla de Buenaventura. Ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, en donde le han publicado cuentos y relatos, y de La Tarde y el Diario del Otún sección LAS ARTES de Pereira; Página10 de Pasto.                                                                                                                       

 Le han publicado sus escritos en Las2Orillas de Bogotá, la Revista Letralia de Venezuela; Revista La Sirena Varada de México, y Revista Ekuóreo de Colombia. Ha sido incluidos en diversas antologías de relatos y microrrelatos en Colombia, España, Uruguay, y México.                                                                                                       

Fue el director ejecutivo de la Fundación de Escritores del Pacífico Colombiano —Fuespacol.                                                                                                                             

Bibliografía                                                                                                                                         

Autor de los libros " En el mar de sus recuerdos" (Cuentos.2017), “Max Seidel El Pedagogo Alemán” (Biografia.2018), “El dulce olor de Puerto Perla”” (Novela.2018) y “¿Hasta cuándo me persigues?” (Novela.2019), “Contra el destino nadie la talla” (Cuentos y Relatos. 2021), “Voló demasiado lejos” (Cuentos y mini cuentos bilingües. 2021), y “En busca de la semilla” (Novela.2021).                                                                                         

Coautor del libro de relatos "Que todo el mundo te cante" (2016) y del libro de Microrrelatos “110 palabras” (2016) del taller Palabra Mayor de Cali.                                                                                                      

Figura en la antología de cuentos “La Marea Literaria del Pacifico (2019) y en la antología Narrativa Colombiana (2022).

Premios                                                                                                                                               Durante su actividad estudiantil recibió la Medalla a la Excelencia al mejor alumno del Liceo Nacional Max Seidel de Tumaco en 1968.En su vida profesional fue condecorado como el Mejor Ejecutivo del Año Cámara Junior de Colombia de Buenaventura en 1986.                                                                                                                       

La Fundación Cesar Egido Serrano y el Museo de La Palabra de Madrid. España, lo nombraron Embajador del Idioma Español de su país en el mundo, en el 2018.

 

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